Colaboraciones
El odio
06 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Uno de los fenómenos humanos más dolorosos consiste en la aparición de odios que tienen «fundamentos» equivocados e injustos.
Por ejemplo, cuando se odia a todos los ciudadanos de un país de modo indiscriminado por los delitos cometidos por algunos ciudadanos de ese mismo país.
O cuando se desprecia a toda la familia de un delincuente cuando el mal fue realizado solo por el culpable, no por sus allegados.
O cuando se anatematiza a todo un grupo religioso por los errores e injusticias cometidos por algún miembro de ese grupo.
O cuando se insulta de corruptos a todos los miembros de un partido político porque hay miembros en ese partido que son acusados de corrupción, cuando es más que posible que otros sean honestos y justos.
La lista podría ser mucho más larga, pero esos y otros muchos casos muestran la irracionalidad de ciertos odios que se convierten en condenas sumarias e incluso en agresiones contra inocentes.
Desde luego, también el odio «justificado» hacia quien sí es culpable puede ser maligno y provocar daños desproporcionados. Pero el odio contra quien nada ha hecho es tan peligroso que ha llevado, a lo largo de la historia, a masacres absurdas y a lágrimas de víctimas que nada tenían que ver con los delitos de otros.
Ante tantos odios sin fundamento, y también ante odios excesivos, hace falta una dosis decidida de sentido común, de apertura de mente, y de amor sincero a la justicia, para condenar cualquier agresión sobre inocentes y para curar a quienes incurren en odios dañinos.
La historia humana está llena de miles de páginas oscuras que surgen de odios irracionales y malignos. Frente al dolor de las víctimas, y frente a la necesidad de justicia, vale la pena emprender con seriedad compromisos eficaces para marginar esos odios, para promover mentes y corazones que sepan respetar a los inocentes, y para buscar caminos que lleven a castigos adecuados para los culpables (y solo para ellos).
Existe odio. Se lee en insultos en Internet. Se escucha en comentarios entre conocidos. Se ve en gritos de rabia de unos contra otros.
Ese odio, a veces, entra en la propia vida. Surge ante una injusticia. Se nutre del recuerdo. Se aviva al ver el cinismo de un culpable no castigado.
En sus formas extremas, el odio lanza sus flechas contra grupos enteros de personas, contra nacionalidades, contra clases sociales, contra categorías profesionales, contra todos los miembros de un partido.
Otras veces queda circunscrito hacia personas concretas. Es un odio que al menos evita la injusticia: se concentra hacia aquella persona que nos traicionó, que nos hizo mucho daño. Pero no por ello deja de destruir el corazón de quien lo alberga.
Porque el odio, aunque a veces uno no se da cuenta, corroe a quien lo cultiva, y lo pone siempre en esa pendiente resbaladiza que lleva a los insultos en público, a las agresiones, incluso a la violencia.
No resulta fácil apagar el fuego del odio cuando ha crecido día a día, sobre todo si ha cristalizado en el deseo de venganza y en actitudes internas de rabia insatisfecha. Además, a veces escapa de uno mismo, contagia a otros, y se convierte en un mal que no termina.
Muchos conflictos sociales surgen desde el odio y lo alimentan. Conflictos políticos viven del odio hasta «aprovecharlo» para aumentar el número de votos. Incluso llegan a asaltos contra gente inocente o a guerras absurdas.
En el Catecismo de la Iglesia católica (2303) leemos: «El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave».
Cristo invita a perdonar, a no dejarse atrapar por esa rabia interior que destruye a quien la acepta y que abre espacio a heridas mayores.
El mal se vence con el bien, la injusticia con la verdad unida a la misericordia, la ofensa con la mansedumbre (cf. Rm 12, 17-21; Mt 5, 43-48).
Ya hay demasiado odio en nuestro mundo. Si empezamos a arrancar sus pequeñas raíces de nuestro corazón, y si pedimos a Dios que nos dé la fuerza de perdonar y de acoger incluso al enemigo, empezaremos a vencer el odio y a irradiar aquello que tanto necesita nuestro tiempo: el amor auténtico.
El odio por la Iglesia católica viene desde todos los frentes y uno de estos ataques, es el que dice que la Iglesia católica es «corrupta, inmoral y plagada de delitos», es el más típico.
Nadie se detiene a pensar que ningún católico entendido discute que haya inmoralidad, delitos y corrupción en la Iglesia católica. Lo hemos sabido siempre. De hecho, el mismo Señor Jesucristo dijo que las ovejas y las cabras estarían mezcladas y que el trigo y la paja crecerían en el mismo terreno.
Claro que hay inmoralidad, corrupción y delito en la Iglesia católica. ¿Qué esperaban?, ¿una secta rigurosa de blancos hacedores de buenas obras, sonrientes, de prolijo peinado, con zapatos lustrados y corbata, repartiendo folletos del Evangelio?, ¿qué esperaban?, ¿un grupo de agradables ancianas que hornean galletas y administran un comedor de beneficencia?, ¿qué esperaban?, ¿un grupo de activistas sinceros que bregan por un mundo políticamente más correcto para todas las personas por las que se debería sentir lástima? Seguramente encontrarán grupos de hacedores de buenas obras como esos, pero no será la Iglesia católica, sino más bien una suerte de secta aterradora en la que no querrían participar si tuvieran la oportunidad.
En la Iglesia católica —como en cualquier grupo de seres humanos— encontrarán a los buenos y a los malos todos mezclados. Encontrarán la agonía y el éxtasis —la alegría y la pena—, al pecador y al santo, y, ¿acaso no es eso lo que esperarían encontrar si estuvieran en la búsqueda de una religión auténtica?, ¿no es eso lo que encuentran cuando leen el Antiguo Testamento?, ¿no es eso lo que encuentran cuando leen la historia de la humanidad?, ¿no es eso lo que encuentran cuando estudian su propio árbol genealógico?, ¿no es eso lo que encuentran cuando se miran al espejo?
La razón por la que amo a la «Iglesia Católica corrupta y llena de delitos» es, en primer lugar, que todos admitimos que es así; segundo, que lamentamos que sea así; y tercero, que estamos intentando hacer algo al respecto. La Iglesia católica puede ser corrupta y estar llena de delitos, pero la Iglesia católica también es la única institución que puede hacer algo al respecto. Claro está que la Iglesia católica está llena de pecadores del mismo modo que un hospital está lleno de enfermos. El Señor no llama a los rectos, sino a los pecadores para que se arrepientan, y por ser esto así, deberíamos esperar que sean los pecadores los que respondan a la llamada, que entren a casa para resguardarse del frío y pregunten qué se necesita para que las cosas mejoren.
Entonces, no me preocupa realmente si la Iglesia católica está llena de delitos y corrupción y de una buena cantidad de pecadores, sino que me hace sentir como en casa.
Los que me preocupan son aquellos que tienen pretensiones de superioridad moral y que culpan a la Iglesia por eso. ¿Piensan realmente que son tanto mejores que los demás? ¡Caramba! Esas son las personas que me ponen los pelos de punta y no los tristes pecadores que se sientan en los bancos de la Iglesia semana tras semana. Al menos ellos saben que necesitan ayuda. ¿Y los que piensan que no necesitan ayuda? Sí, esos son limpísimos zombis que me dan escalofríos.
En un mensaje del Arzobispo de Burgos, Francisco Gil Hellín, dijo: «Una sociedad con varios millones de parados, que mata impune y sistemáticamente a sus hijos más inocentes, que administra la justicia según los colores políticos, que miente con descaro y desde las más altas instancias, que viola los pactos más sagrados, que fomenta el odio y el enfrentamiento entre sus miembros, que impide el ejercicio libre de la religión, que destruye la inocencia de los niños desde su más tierna edad, que azuza las pasiones de los jóvenes, que niega que haya acciones buenas y malas con independencia de tiempo y circunstancias, que convierte la escuela en un instrumento ideológico y el poder político en trampolín para el enriquecimiento personal y el medro de los suyos, que se empeña en no tener hijos, en una palabra, una sociedad cuarteada en sus estructuras básicas y removida en sus cimientos éticos es una sociedad decadente y enferma de extrema gravedad».
Sigue diciendo don Francisco: «Ni la justicia, ni la política, ni la escuela, ni la familia, ni la convivencia, ni la economía, ni las finanzas saldrán de la situación calamitosa en que se encuentran si las personas que son jueces, políticos, profesores, economistas, financieros, periodistas y cónyuges no cambian. En caso contrario, haríamos bueno lo que el refranero español sentenció con extraordinaria justeza y sencillez de formulación: “Distintos perros con los mismos collares”».
«El diálogo es el único camino para romper las cadenas del odio y de la venganza que aprisionan y para desactivar los dispositivos del egoísmo humano, del orgullo y de la arrogancia, raíz de toda voluntad beligerante que destruye», dijo el Papa Francisco.
Siembra odios y cosecharás tempestades humanas. Y la historia del hombre está llena de esos casos. Y en ellos se ataca a otros, por razones desde familiares, de clase social, raciales, y hasta religiosas y políticas. Sucede a todos los niveles.
El odio: un vicio opuesto a la caridad, opuesto al amor mismo.