Colaboraciones

 

Sobre Fray Bartolomé de las Casas

 

 

 

19 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Como «el alma humana es de tantos modos esclava» (según la sentencia de Aristóteles) el fraile, aunque oponiéndose a los malos tratos que los indios recibían, sugerirá la esclavitud de los negros traídos del África para reemplazar a los nativos de América… Es que «hay negros de todos los colores…», como decía el gran Ramón Doll.

Son estos y no su nula obra evangelizadora, los que han dado fama y han servido de base para la llamada Leyenda Negra antiespañola.

Extractos como botón de muestra:

«Una vez vide (ví), que teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales señores (y, aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros), y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen. Y el alguacil, que era peor que el verdugo que los quemaba (y sé cómo se llamaba, y aun sus parientes conocí en Sevilla), no quiso ahogarlos. Antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen, y atizóles el fuego hasta que se asaron despacio, como él quería. Yo vide todas las cosas arriba dichas, y muchas otras infinitas» (Rómulo Carbia, Historia de la Leyenda Negra hispanoamericana, Publicaciones del Consejo de la Hispanidad, Madrid 1944, 42).

Y hay más…

«Con las gentes de Indias, España no hizo más que despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas y varias, nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas, maneras de crueldad (…). Los españoles les arrebataron a los indios las comidas y los enseres más elementales, para pasar luego a quitarles las mujeres y los hijos, usar mal de ellos, y obligarlos, más tarde, a buscar en la selva el refugio salvador. Pero cuando eso no ocurría, los indígenas enfrentaban a los españoles y estos extremaban su crueldad (…), los españoles entraban a los pueblos, ni dejaban niños, ni viejos, ni mujeres preñadas, ni paridas que no desbarrigaran y hacían pedazos: como si dieran a unos corderos metidos en sus apriscos (…). Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete, o le descubría las entrañas. Tomaban las creaturas de los pechos de las madres por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas, riendo y burlando y cayendo en el agua; otras criaturas metían en la espada con las madres juntamente y todos cuanto delante de sí hallaban. Hacían unas horcas   largas que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a horror y reverencia de nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego los quemaban vivos. Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca, pegándole fuego, así los quemaban (Ibídem, 41-42).

¡Qué horror! ¡Pero qué salvajes estos españoles! Según el fraile el conquistador era la encarnación del diablo:

«Los españoles desean solo henchirse de riquezas en muy breves días (…) más que hombres parecen lobos, leones y tigres crudelísimos de muchos días hambrientos (…). Cometían grandísimas crueldades, matando y quemando y asando y echando y asando y echando perros bravos» (Ibídem, 41, 46).

Pero… ¿qué clase de cristianos eran estos conquistadores? Es natural que, si las cosas fueron así en América, más les habría convenido a los indios quedarse como estaban y no hacer uso del «derecho» de recibir la «civilización occidental». Pero veamos algunos detalles.

Las Casas siempre engloba sus dichos diciendo «los españoles», como si uno dijese hoy «los judíos» o «los nazis» o «los musulmanes». La obsesión de Las Casas es una idea: España y deseando que la Conquista sea lo más «pura» posible denuncia muchas veces sin fundamento ni precisión.

Se trata de la clásica dialectización; «españoles malos-indios buenos»: los aborígenes, eran apacibles en la tierra de la libertad, pueblos habitados por suavísimos indígenas, delicados y tiernos, como lo pudieran ser en España los hijos de príncipes y señores. Gente que «no conoce sediciones o tumultos» y del todo «desprovista de rencor», odio y deseo de venganza; para Las Casas el indio era un ser que carecía del pecado original.

Aquí nuestro dominico surgirá como el predecesor del «buen salvaje» rousseauniano.

Hay muchísima bibliografía acerca de la personalidad de Las Casas y de su «obsesión» e imprecisiones (citemos aquí solo algunas: Díaz Araujo, Enrique Las Casas visto de costado, Fundación Francisco Elías de Tejada y Erasmo Percopo, Madrid 1995, 218 y La rebelión de la nada, Cruz y Fierro, Buenos Aires 1983, 369; Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas: su doble personalidad, Espasa-Calpe, Madrid 1963, 410 pp. y El P. Las Casas y Vitoria, Espasa-Calpe, Col. Austral, Madrid, pp. 152.

Existen incluso serios estudios que afirman un grado de paranoia en Las Casas y hasta de «profetismo», como señala autorizadamente Menéndez Pidal: «Holgadamente se hallaba Las Casas, en un ambiente profetista, situándose fuera de toda realidad, y, ¡con cuánta sencillez falseaba por completo la verdad de todo lo que le rodeaba!» (Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas. Su doble personalidad, 335).

Hay una constante en los escritos de Fray Bartolomé, como señalan los estudiosos de sus escritos: Las Casas siempre habla en vago y en impreciso. Nunca dice ni cuándo ni dónde se consumaron tales horrores, ni se cuida de establecer que —en caso de haber existido— se trataron de una excepción a la regla. Por el contrario, deja entrever, que lo descrito por él era el único y habitual modo de conquista y que las ferocidades destacadas en su librito debían tenerse por las que comúnmente emplearon los españoles en los 40 años a los que su relato se refiere.

Como señala el gran estudioso Rómulo Carbia, en la obra del fraile dominico «nada se concreta, ni geográfica ni cronológicamente» (Rómulo Carbia, op. cit., 46).

Una sola vez aparece en el relato el nombre de uno de los responsables de las supuestas atrocidades. En los otros casos el «tirano» (es decir, «el español») queda como cubierto por una penumbra imposible de descubrir. Todo es más y lo mismo: las fechas, las cantidades, los nombres, los lugares; todo es confuso y sin precisión. No se priva de ninguna opinión: hasta de la conquista del Río de la Plata, en donde dice, desconociendo los pormenores y no habiendo estado jamás allí, que en estas tierras australes se habían «ejecutado las mismas obras que en todas partes…» (Ídem).

En su Historia de las Indias manifiesta que vio, «con sus propios ojos», más de 30.000 ríos en la isla Es­pañola, que nunca nadie los ha vuelto a ver. En su tristemente famosa Brevísima… inventa el «genocidio» indígena. Primero son 12.000.000 de muer­tos, luego eleva la cifra a 15.000.000 y termina redon­deándola en 24.000.000. Pero aun conformándonos con los 15.000.000 —nota el estudioso Levillier— los españoles deberían haber matado 375.000 indios por año, es decir bastante más de 1.000 diarios y sin descansar ni un día en los años bisiestos… Todas estas cifras son imposibles, aun después de haberse inventado las cámaras de gas y demás prácticas del genocidio moderno. Sin embargo, las leyendas de Fray Bartolomé darán lugar a que hasta el día de hoy varios propagandistas de la Leyenda Negra sigan afirmando que la demografía americana se desplomó ante la llegada de los españoles.

Hoy por hoy ha pasado mucha agua bajo el puente y de los estudios realizados, se sabe claramente que la población nativa cayó a raíz de diversos motivos, uno de los cuales fueron las enfermedades contraídas a partir de su contacto con los europeos, ante las cuales carecían de anticuerpos, como señala Díaz Araujo en un reciente trabajo:

«Los principales problemas demográficos no fueron causados por la vesania de los encomenderos o la brutalidad de los conquistadores, sino que fueron de carácter patológico, bacteriológico e inmunológico. Empero, lo que no se aclara en grado suficiente es que la disminución poblacional registrada fue momentánea. En efecto: lo primero que hay que tener en cuenta es que la población aborigen origi­naria era muy pequeña respecto del total del territorio del continente americano; no más de un 5% se hallaba poblado. En segundo lugar, hay que evitar las enormizaciones demográficas lascasistas. Conforme a los estudios del mayor experto en estos temas, Ángel Rosemblat, la población precolombina ascendía alrededor de 13.300.000 habitantes. De ellos se perdieron 2.500.000, hasta 1570. Pero, como ya lo había hecho notar Humboldt, en el siglo XVII la población aborigen había aumentado considera­blemente, y en México había superado los niveles que existían antes del arribo de los españoles. Todo lo cual se puede verificar por la sustentación ali­mentaria, según las técnicas de cultivo de las diversas épocas» (Enrique Díaz Araujo, Propiedad indígena, 46-47).

Si bien a partir del siglo XVI el desequilibrio demográ­fico se acentúa y el decrecimiento se hace notorio, las razones hay que buscarlas en distintas y complementarias causas:

«La transmisión de enfermedades europeas, el cambio en el reacondicionamiento económico y social, el desajuste alimentario, las epi­demias incontrolables, la reducción de la fecundidad, el desgano vital hasta el suicidio anómico del que hablaba Durkheim, el tras­lado de ciudades, y por supuesto, los enfrentamientos armados de distinto calibre» (Antonio Caponnetto, op. cit., 118).

Todo ello permite en la actualidad sopesar los dichos de Las Casas.

Pero él no solo infla los números y da falsos diagnósticos. ¡Más aun! Muchas veces mutila y cambia los textos de documentos públicos conocidos, como la Bula de Alejandro VI, en la que se donan las tierras del Nuevo Mundo a la Corona de Castilla. Aquí Las Casas, al traducir el texto de la bula lo adultera con adiciones arbitra­rias, pero además también con muy importantes supresiones. Atento a ello, el historiador germano Schaëfer opinaba que Fray Bartolomé no era precisamente un testigo fidedigno, ni siquiera de las cosas que pretende haber presenciado personalmente.

Al­gunos biógrafos, para disculparlo, alegan su sangre andaluza, tan proclive a las exageraciones, pero aclara Menéndez Pidal de ser así, se trataría de «una andaluzada en grado patológico» pues todo en sus obras lo lleva a multiplicar por cien, por mil y hasta por un millón.

Ejemplo de tales desati­nos es la descripción de la destrucción de la ciudad de Guatemala en 1541, producida por el rompimien­to eruptivo del lago volcánico que la dominaba, y que Las Casas atribuye a la acción de «tres diluvios». Fue por esto que Lewis Hanke, ferv­iente lascasiano debió admitir que «la historia de la exageración humana tiene pocos ejemplos más inte­resantes que la Apologética de la Historia» (Lewis Hanke, La lucha por la justicia en la conquista de América, Editorial Suramericana, Buenos Aires 1949, 338).

Menéndez Pidal señala la incoherencia de Las Casas: «Las Casas se contrade­cía. Vive del dinero robado, para predicar que no se robase… estos contrasentidos indican que ese ultrarigorismo estaba en pugna con la realidad como parte de una mente anómala que los sicólogos ha­brán de estudiar» (Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas. Su doble personalidad, 336-337).

Tampoco lo movía un ideal de fraternidad, ya que disculpaba la esclavitud que los indios practicaban con otras tribus vecinas y en sus memoriales de 1531 y 1542 proponía la introducción de hasta 4.000 afri­canos para que, como esclavos, trabajasen en reempla­zo de los indios. Ni se distinguió por su acción caritativa, como decía su impugnador, el padre Motolinía, en carta a Carlos V: "ni aprendió la lengua de los indios, ni se aplicó ni se humilló a enseñarles.

Como señala Díaz Araujo, no era la caridad sino la publi­cidad la meta que lo desvelaba. Y esto, hay que convenir que lo obtuvo ampliamente. Primero los flamencos en 1579, y luego los hugonotes ginebrinos, los italianos, los catalanes separatistas, los fran­ceses, los norteamericanos cuando la guerra de Cu­ba, los nazis alemanes para perseguir al cristianismo y los stalinistas rusos y socialistas mexicanos, han reeditado una y mil veces sus hispanófobas obras. «Este es el hecho capital en la exaltación póstuma de Las Casas, afirma Menéndez Pidal. Cuando en España el Obispo tras su larga vejez de inefica­cia, había caído en un respetuoso olvido, en el ex­tranjero los bucaneros y los filibusteros que ambicionaban las riquezas de América, los holandeses que luchaban por su independencia, y todos los combatientes frente a la contrarreforma católica, levantaron sobre sus hombros al «Reverendo Obis­po Don Fray Bartolomé de Las Casas o Casaus» y le dieron una internacional fama de difamación que no tiene otra igual en la historia. La ansiosa ape­tencia de publicidad que aquejaba al Obispo-fraile podía estar satisfecha» (Ramón Menéndez Pidal, op. cit., 323).

«No tiene razón el de Las Casas de decir lo que dice y escribe y exprime (es un) ser mercenario y no pastor (…)» (Se puede ver el texto en Real Academia de la Historia. Col. de Muñoz. Indias. 1554-55. T. 87. fª 213-32. Citado por Miguel A. Fuentes, Las verdades robadas, Edive, San Rafael 2004, 242-243).