Colaboraciones

 

Karl Marx y la religión (y V)

 

 

 

30 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

En resumen, las interpretaciones que el marxismo nos ofrece de la religión —esta es la ventaja y la debilidad de las mismas— permiten soslayar el valor de las pruebas de la existencia de Dios, es decir, de los argumentos y testimonios aducidos por los creyentes, a los cuales el marxismo desacredita por adelantado y, por así decir, les anula definiéndoles peyorativamente como «reaccionarios». Lenin se expresa de este modo: «Religión, iglesias modernas, organizaciones religiosas de todas clases, el marxismo las considera como órganos de la reacción burguesa al servicio de la explotación y del embrutecimiento de la clase obrera... Cualquier defensa, aun la más refinada, la de mejor intención, toda justificación de la idea de Dios, se reduce a justificar la reacción. Es significativo lo que dice Roger Verneaux, después de estudiar las críticas a la religión formuladas por el marxismo: «Observemos solamente que en ningún sitio se ve en los escritores ateos el más mínimo estudio sobre el sentido del Evangelio ni la menor crítica del testimonio (del verdadero testimonio cristiano). Como consecuencia, estimamos que las bases de nuestra fe no están ni mucho menos quebrantadas, puesto que ni siquiera han sido atacadas» (R. Verneaux Lecciones sobre ateismo contemporáneo, Gredos, Madrid, 1971, p. 106).

El marxismo —tributario de Hegel, su «Izquierda hegeliana»— se ha presentado con las atribuciones de un mesianismo profético. Este ha sido uno de sus grandes errores y causa de su disolución como ideología omnicomprensiva. Hegel creyó que su sistema filosófico era tan perfecto que con él había llegado el fin de la Historia. Su prestigio era inmenso; fue un genio de la época romántica. «A veces se reunían trescientas personas venidas de toda Alemania para escuchar sus improvisadas respuestas. Sus discípulos le preguntaban: «¿Maestro, y después de usted, qué?». «Después de mí —sentenció el maestro—, ¡la locura!». En Hegel la modernidad llegó a su cumbre, pero a la vez comenzó su crisis. El hegelismo como tal, pronto se disolvió. Sucede que la historia no está escrita, nunca estará realmente escrita, cerrada, porque existe un factor de novedad imprevisible: la libertad, con el que no puede contar ningún determinismo, sea idealista de la Derecha, sea de la Izquierda (materialista) hegeliana, como Karl Marx. La vida sigue y la verdad como la libertad no se dejan apresar por sistema alguno, por ninguna ideología. La libertad y la verdad —estrechamente solidarias— no son una producción del hombre sino el gran don del Creador y —más tarde o más temprano—, la mente humana se da cuenta de que todo lo valioso que posee o puede poseer tiene su origen en un don que no puede haberse dado a sí mismo. Por lo mismo se ha dicho que el hombre no es que «tenga» religión, sino que «es» religión. Y siendo así, sucede como cuando se aplasta con el pie una cámara de aire o se aprieta un globo con la mano: la cubierta puede ceder en un punto más o menos grueso, pero la cámara se ensancha por otro lado. Se puede aplastar la religión en la Unión Soviética. Parece que se ha terminado, no se oye su clamor. Se cae el muro y el sentido religioso resurge de forma insospechada. Europa se descristianiza (aunque vive a expensas de los valores cristianos), y a la vez países de África, de América, de Asía, de Oceanía, manifiestan una vitalidad religiosa inesperada. Un Papa achacoso, cuya voz apenas era audible con una gran megafonía, cuyo pulso temblaba de Parkinson y con la cadera machacada, fue el líder mundial con mayor capacidad de convocatoria entre la gente joven..