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La verdad: la verdad en sus tipos, exigencias de la verdad, el deseo del hombre por conocer la verdad, la verdad y la mentira

 

 

 

06 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Hace veinte siglos un procurador romano, llamado Poncio Pilatos, hizo esta pregunta a un judío llamado Jesús de Nazaret: «Y... ¿qué es la verdad?». Y esa pregunta quedó sin ser respondida. ¿Por qué? Jesús no quiso contestarla. ¿Por qué?

El término verdad se le suele colocar al lado de otros términos sinónimos: autenticidad, coherencia, honestidad, sinceridad, integridad, transparencia, hombre de una sola pieza.

Y contrapuesto a verdad, tenemos: mentira, hipocresía, fariseísmo, doblez, engaño, duplicidad de vida, fachada, ocultamiento, ambivalencia, inescrúpulo.

 

La verdad en sus tipos

1. Verdad del ser: ser aquello que uno es, que uno debe ser. Hay verdad del ser cuando yo me comporto como persona inteligente, libre y responsable. Vivo en la verdad de mi ser cuando sé y me comporto con lo que me exige mi origen, mi fin como persona humana, cuando tengo trascendencia y sentido. Cuando uno vive la verdad de su ser vive realizado, feliz, digno y se eleva sobre todo el universo material y animal. Lo contrario a la verdad del ser es la inautenticidad.

2. Verdad del pensar: mi mente está hecha para percibir el ser de las cosas. Cuando mi mente coincide que la verdad de las cosas vivo en la verdad del pensar. Mi mente tiene que respetar la verdad de las cosas: la verdad del trabajo, del dinero, de la sexualidad, del matrimonio, del estudio, de la carrera... ¡Cuánta formación necesitamos para descubrir la verdad de las cosas, y pensar así con veracidad de ellas! Lo contrario a la verdad del pensar es el error, que puede ser consciente o inconsciente, voluntario o involuntario.

3. Verdad del hablar: decir lo que mi mente sabe que es verdad, y que lo ha descubierto así, después del estudio, la formación. Mis palabras deben ser vehículo leal de lo que pensamos. Por medio de la palabra hacemos partícipes a los demás de lo que llevamos dentro. La palabra es puente que hace transparente a los demás el corazón y la intimidad de la persona. Lo contrario a la verdad del hablar es la mentira.

4. Verdad del obrar: es la verdad del comportamiento y de la vida. Vivir como se cree, coherencia de vida entre lo que se cree, lo que se predica y lo que se vive. Si vivo esta verdad, seré sincero y cumplidor a mi palabra dada, seré leal y fiel a mis compromisos asumidos, seré equitativo y justo con los demás. Lo contrario a la verdad del obrar es la incoherencia, el fariseísmo, la hipocresía.

 

Exigencias de la verdad

Tener una conciencia recta y bien formada es la exigencia para vivir en la verdad, decir la verdad, hacer la verdad en la vida.

La conciencia moral es aquella capacidad que todo ser humano tiene de percibir el bien y el mal, y de inclinar la propia voluntad a hacer el bien y a evitar el mal.

La conciencia es esa voz interior que nos dice (o nos debería decir, si es recta): «Haz el bien, evita el mal». Ahí está la conciencia. Si yo no cumplo con mis deberes de estado y profesionales, si descuido las tareas encomendadas, si pierdo el tiempo en mi trabajo o me robo algo... la conciencia me debería decir: «Oye, eso no es tuyo... estás perdiendo tiempo... llegaste tarde... no dijiste toda la verdad».

Si soy una persona honesta y sincera... podré leer en mi corazón estas normas de ley natural, con las que todos nacemos:

- Hay que decir siempre la verdad.

- No hagas a los demás lo que no quieres que a ti te hagan.

- No mates.

- Respeta a tus padres.

- Respeta las cosas ajenas, etc.

No necesito ser cristiano o católico para escuchar esto en mi conciencia. Simplemente si hay hombre honesto, sincero, leal... escucharé, nítida, la voz de mi conciencia.

Pero hay peligros de deformar la conciencia. Y cuando esto pasa, es muy difícil escuchar esos imperativos de ley natural, y es muy difícil vivir en la verdad y decir la verdad. Puedo ponerme máscaras en la conciencia, caretas: soy una cosa y aparento otra; en la vida social soy así, y en la vida personal soy de otra manera, y con mi familia de otra.

Y aquí comienzan los resquebrajamientos y las grietas de nuestra personalidad. No soy sincero, no soy leal, no vivo en la verdad. Me siento mal. Incluso psicológicamente quedo afectado.

Hay que saber quitarnos las caretas, tener la valentía de arrancarnos las máscaras, para que seamos lo que somos y debemos ser.

 

Diversas máscaras o caretas

a) La conciencia indelicada: admito a sabiendas pequeñas transgresiones a mis deberes profesionales, familiares y personales. «Total, no es nada. Total, a nadie hago el mal. Total, es poca cosa».

b) La conciencia adormecida: bajo la anestesia de la juerga, la francachela, la superficialidad, el alcohol, el vicio, las mujeres... mi conciencia no reacciona, no escucho su voz. Esta dormida, narcotizada, anestesiada.

c) La conciencia domesticada. Una conciencia para andar por casa. Es conciencia mansa, que ya no produce remordimientos, angustias, desazones interiores ante el mal hecho. La he domesticado: ya no salta, ya no ruge, ya no se lanza... la tengo bien tranquila, con el látigo de la excusa y de las justificaciones.

d) La conciencia deformada: juzga bueno lo que es malo y viceversa.

e) La conciencia farisaica: afán de aparentar exteriormente rectitud moral, estando lleno por dentro de mentiras e hipocresía.

 

Urge, pues, formar la conciencia, para poder discernir entre lo bueno y lo malo, la verdad de la mentira, pues solo la conciencia debe ser el faro único que guíe nuestros pasos en la oscuridad. Formar la conciencia. ¿Cómo, con qué medios?

 

Formar la conciencia. ¿Cómo, con qué medios?

- Hacer balance de mis acciones, para ver si concuerdan a mis principios rectos y sanos.

- El consejo de un amigo formado.

- Tener un guía espiritual.

- Para los que somos cristianos católicos, tenemos el gran medio de la confesión.

 

Hablar bien y siempre con la verdad y comportarse de acuerdo con lo que se piensa.

 

Sagrada Escritura, san Bernardo, vale para todos este mandamiento

La Sagrada Escritura está llena de advertencias sobre este mandamiento. Se llega incluso a identificar a Dios con la verdad y al demonio con la mentira. Cristo vino a dar testimonio de la verdad. Es más, Él se autodefinió como el Camino, la Verdad y la Vida. Se puede consultar en el evangelio de san Juan, capítulo 14, versículo 6.

Al mentiroso hoy se le quiere llamar como aquel que «tiene chispa», tiene «aptitud para la vida» o tiene «sentido comercial» o «viveza». Pero en realidad eso no cambia la realidad: el mentiroso se daña a sí mismo, daña a los demás, daña a la sociedad y, sobre todo, desfigura la imagen de Dios en su alma.

Decía san Bernardo que la lengua es una lanza, la más aguda; con un solo golpe atraviesa a tres personas: a la que habla, a la que escucha y a la tercera de quien se habla. ¡Cuánto destrozo puedes causar con tu lengua, si la usas para el mal! Nos dice Dios, a través del libro del Eclesiástico: «Muchos han perecido al filo de la espada; pero no tantos como por culpa de la lengua» (28, 22).

¿Por qué es tan grave esto? Porque se está pisoteando también la caridad.

Un proverbio alemán dice: «El burro se delata por sus orejas; el tonto, por sus palabras». El corazón humano es una cámara de tesoros, que tiene por puerta el habla; hay quien saca bondad, amor, verdad, sabiduría; el otro saca insensatez, maldad, veneno, mentira.

Tenemos que agradecer a Dios que nos haya dado este octavo mandamiento.

Vale para todos este mandamiento, pero están especialmente obligados a vivirlo a fondo quienes están al servicio de los medios de comunicación social, o trabajan en el campo político, o son oradores o gobernantes o candidatos que se postulan para ser presidentes de una nación. ¡No hay que mentir!

¡Cuántas veces escuchamos discursos de presidentes que después han sido puras mentiras, o verdades a medias! ¡Cuántos nos manipulan desde la radio y la televisión!

«¡No mentirás!» —nos dice Dios.

 

El deseo del hombre por conocer la verdad

El hombre se caracteriza por su deseo de conocer la verdad y se distingue de los animales en su capacidad para trasmitirla y añadirla a los conocimientos ya acumulados por la humanidad toda.

Los pensadores de todos los tiempos —esos que se llaman filósofos porque aman la sabiduría— han tratado de responder de diferentes formas a esta pregunta. Algunos dicen que no existe la verdad por sí misma, que es algo relativo y que depende de cada persona. Hay un dicho sobre esta posición: «En esta vida, nada es verdad y nada es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira».

 

¿Qué es la verdad?

El tomismo, que sirvió a la Iglesia como base de sus estudios filosóficos y teológicos, nos da una definición de la verdad: Adæcuatio rei et intellectus (la adecuación de la realidad y del intelecto); es decir, el acto por el cual el intelecto capta la realidad.

Pero Jesús nos da otra definición a quienes creemos en Él: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). En efecto, para los cristianos, Dios es la suma verdad y el fundamento de toda verdad. Esa hambre que siente el ser humano de la verdad a final de cuentas es hambre de Dios, es el hombre que por su naturaleza tiende a Dios.

 

La mentira

Si la verdad hace libre al hombre, la mentira lo esclaviza. Todos, tristemente, tenemos la experiencia de cómo una sola mentira, aparentemente inocente, desencadena una serie de mentiras para sostener la primera. Hay vidas que se han construido sobre los cimientos falsos de una mentira. Los protagonistas de esas vidas viven siempre con el terror de ser descubiertos y de que su edificio se derrumbe.

Un mentiroso deja de tener credibilidad y prestigio moral. El que es veraz se gana la confianza de los demás y su testimonio es válido.

Podríamos resumir cuanto hasta aquí hemos dicho sobre la formación de la conciencia con la consigna de San Pablo: «Obrando la verdad en la caridad» (Ef 4, 15), verdad del ser, verdad del pensar, verdad del hablar, verdad del obrar; verdad metafísica, verdad lógica y verdad ética, aplicadas al comportamiento de la persona humana: todo un programa de vida, superior al que pudieron imaginar los filósofos de todos los tiempos.

El padre de la mentira es el demonio. Podemos decir —en general— que cuando un alma es insincera está en las garras del demonio. Además, se pierde esa unión del alma con Dios; Dios no puede vivir en una persona doble. Por la sinceridad nos mantenemos en el camino hacia el fin: Dios y alcanzamos la paz de la conciencia. La convicción es como la hermana de la sinceridad. Convicción es hacer las cosas porque yo quiero hacerlas y con un gran amor a Dios. Se actúa por convicción porque ha interiorizado sus principios, sus normas, sus certezas. La hipocresía es un derivado de la insinceridad. Se es hipócrita cuando se tiene dos caras. Cuando, por un lado, te sonríe y por otro te come, te critica, te difama. La hipocresía hace al hombre odioso ante Dios y causa repugnancia a las almas, pues ella es madre del fingimiento, de la doblez y también tiene por padre al diablo, señor de la mentira. Ella provoca, en quien la vive, insatisfacción, carencia de identidad humana y priva de la posibilidad del diálogo espontáneo y sencillo con Dios y de una relación humana cordial y recta con los demás.