Colaboraciones

 

Reflexiones sobre lo que diferencia al hombre de los animales (y VII)

 

 

 

19 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

A modo de conclusión

Necesitamos verdades fuertes sobre el hombre, pero no cualquier tipo de verdades fuertes. El hombre no es puro instinto, ni un simple engranaje del sistema productivo, ni una célula utilizada por el gran cuerpo de la sociedad.

Hay mucho más en cada hombre. Hay un alma, un espíritu, que no termina con la muerte, que empieza a vivir un día y camina hacia la plenitud de lo infinito. Vale cada ser humano, pobre o rico, grande o pequeño, sano o enfermo, nacido o sin nacer, del norte o del sur, porque cada uno tiene algo de divino, un soplo de Dios.

Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que tenga autoridad sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo, sobre los animales del campo, las fieras salvajes y los reptiles que se arrastran por el suelo» (Gn 1, 26). En el siguiente versículo se dice: «Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Varón y mujer los creó» (Gn 1, 27). Y en el versículo 28 se dice: «Dios los bendijo, diciéndoles: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Tengan autoridad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”» (Gn 1, 28).

El hombre es la única criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.

Que el hombre es imagen de Dios significa, ante todo, que es capaz de relacionarse con Él, que puede conocerle y amarle, que es amado por Dios como persona.

El libro del Génesis (Gn) es extraordinariamente preciso: definiendo al hombre como «imagen de Dios», pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre, aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible.

El hombre es imagen de Dios. Es persona a imagen de las personas divinas. Un ser inteligente y libre, capaz de bien y de amor, y que se realiza amando, a imagen de las personas divinas.

Nuestra alma inteligente es el gran abismo que nos separa de los animales. Gracias a Dios, los hombres somos algo más que animales. Tenemos un alma inteligente, espiritual e inmortal, destinada a conocer a Dios y a gozar de la gloria por toda la eternidad.

El hombre, como tiene alma inteligente, ve, observa, discurre y deduce. El animal, como no la tiene, ve, pero no deduce nada. No sabe discurrir. El animal obra a ciegas. Sigue los instintos que Dios le ha puesto, sin saber por qué.

La inteligencia humana nos permite pasar de lo conocido a lo desconocido.

En definitiva, «el hombre creado a imagen de Dios es un ser a la vez corporal y espiritual, o sea, un ser que por una parte está unido al mundo exterior y por otra lo trasciende: en cuanto espíritu, además de cuerpo es persona. Esta verdad sobre el hombre es objeto de nuestra fe, como también lo es la verdad bíblica sobre su constitución a “imagen y semejanza” de Dios; y es una verdad constantemente presentada, a lo largo de los siglos, por el Magisterio de la Iglesia» (san Juan Pablo II, audiencia general, 16.IV.1986).

Los que más se nos aproximan en capacidades son el chimpancé, el gorila y el orangután, pero están a años luz de las capacidades humanas. […] Cuándo y cómo aparecieron y se desarrollaron estas cualidades y capacidades que nos diferencian de los animales son cuestiones difíciles de responder. Pero lo cierto es que solo nosotros las tenemos, o solo nosotros las tenemos en un grado tan cualificado que nos hace ser distintos de los animales en el modo de ser.

La consciencia, el saber qué somos y quiénes somos, es propia del hombre. Como afirma Arsuaga, «los animales tienen, además de sensibilidad, deseos y conocimiento, pues saben y quieren, pero no parecen capaces de analizar sus propios deseos y conocimiento: no saben lo que saben ni tampoco saben lo que quieren, porque les falta el tercer ojo, el que mira para adentro. La consciencia humana se dirige también hacia sí misma, y así somos conscientes de tener consciencia».

La racionalidad nos permite conocer los bienes no solo en cuanto apetecibles, como es propio del animal, sino también en cuanto a su verdad.

Los animales con un sistema nervioso central pueden sentir y manifestar emociones (estrés, alegría, sufrimiento, dolor, etc.), pero no valorarlas ni controlarlas, aunque aparezcan cada día más estudios sobre la similitud entre las emociones de animales y las humanas.

Lo bueno y lo malo, lo recto y lo incorrecto, en abstracto y en concreto, solo es perceptible para el ser humano, capaz de descubrir valores éticos, de vivir conforme a ellos y elegir libremente entre las opciones que se le presentan en la vida real, sin condicionamientos meramente instintivos.

La racionalidad nos permite conocer los bienes no solo en cuanto apetecibles, conocimiento animal, sino también en cuanto a su verdad. A diferencia del animal, cuyos sentidos perciben el bien únicamente como término de su apetito sensible, el hombre lo puede captar además en su naturaleza, es decir, como un bien concreto y limitado que le moverá por la relación que guarde con el bien absoluto o felicidad.

Ningún animal se plantea cooperar o ayudar a los extraños; puede que suceda que una petición de ayuda termine por moverlos a actuar, pero no es lo normal. ¿Estaría dispuesta una perra a jugarse la vida por un cachorro que no es suyo?

Otra característica esencial que nos diferencia de los animales es el uso de un lenguaje simbólico y complejo, que requiere no solo la capacidad de conocer y abstraer, sino también la de comunicar un significado mediante palabras organizadas con sintaxis, expresando ideas abstractas o concretas de forma comprensible para los demás.

Ni siquiera los primates más cercanos a nosotros han sido capaces de crear una obra artística, por simple que pueda ser.

La capacidad de lenguaje en el animal no es posible porque carece del gen FOXP2 y, por tanto, no desarrollará jamás el área cerebral del habla. Ningún animal puede desarrollar una capacidad de comunicación similar a la humana, aunque sí una comunicación basada en simples sonidos y gestos.

Donde más se aprecia la diferencia creativa entre el ser humano y los animales es en el terreno artístico en sentido estricto. Estos carecen de arte o de cualquier aproximación al arte, mientras que se han encontrado colgantes hechos por sapiens con conchas de caracol perforadas en la cueva de Bomblos (Sudáfrica) de unos 80.000 años de antigüedad.

La práctica de enterrar a los muertos es propia del ser humano. Los enterramientos más antiguos hallados hasta el momento son los de Galilea, en Skhul y Qafzeh.

Tenemos muchas cosas que nos unen, pues también nosotros somos animales, pero el ser humano tiene unas características esenciales propias que abren un abismo en el modo de ser con respecto al resto de los animales: la libertad, la racionalidad, la eticidad, etc., nos hacen ser de un modo muy distinto al meramente animal. Esta diferencia es esencial en el terreno jurídico, haciendo que solo el ser humano pueda ser titular de derechos por su racionalidad y libertad.

Solo el ser humano, como puso de relieve Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI), es consciente de que, aunque inevitablemente debe morir, cuenta con una puerta abierta a la eternidad, lo que implica un modo único de enfrentarse a la propia muerte y a la de los demás.

Los animales, incluso siendo adultos y sin discapacidad alguna, carecen de capacidad natural para hacerse cargo de sus propias acciones: carecen de libertad y entendimiento, lo que les hace inhábiles para la responsabilidad derivada de sus acciones. Por supuesto que sienten y tienen emociones, y deben ser protegidos, pero ello no es suficiente para convertirlos en titulares de derechos.

Con el animal solo podemos aspirar a ofrecerle una buena protección jurídica, mayor en la medida en que sus capacidades estén más desarrolladas. Sería absurdo reivindicar el derecho a la intimidad, o a la educación, o a la cultura, o la libertad de expresión o de creencias, etc., para los animales, ni siquiera para el chimpancé, porque nunca podrán ejercerlos. El derecho requiere consciencia, requiere racionalidad y libertad. Sí podemos, en cambio, protegerlos.

El británico Roger Scruton nos dice que, «la misma reverencia que nos lleva a proteger la vida animal nos lleva a proteger aún más la vida humana». El propio argumento a favor de sacrificar un animal que sufre refuerza el argumento a favor de no hacer lo mismo con un hombre que sufre. «La muerte de una persona es un mal de orden distinto al del dolor y no se puede comparar con este».

Si los animales tienen derechos, entonces han de tener también deberes, cosa que evidentemente no ocurre. Supongamos que se promulga una ley para garantizar los derechos de los pollos: ¿cómo lograríamos que el zorro cumpliese su deber de abstenerse de comérselos? Si se pudiera hacer cumplir tan absurda ley, la consecuencia sería que los zorros, depredadores por naturaleza, morirían de hambre. Llevado el argumento a sus últimas consecuencias, su falsedad resulta patente.

Muy pocos se oponen a las carreras de caballos, porque los caballos son animales atléticos que claramente realizan sus cualidades en el deporte. La mayoría de los animalistas no muestran escrúpulos en tener animales domésticos pues, aunque estos se encuentran fuera de su ambiente natural, reciben el afecto, la seguridad y el confort que solo pueden proporcionar los cuidados humanos. Pero mientras que en Gran Bretaña la pesca es el deporte más popular, muchos británicos se indignan ante las corridas de toros en España. ¿Dónde está la diferencia?

La principal diferencia entre el hombre y el animal reside en la capacidad humana de trascender lo meramente natural y de reflexionar sobre sí mismo, su entorno y su propia existencia. El ser humano, a diferencia del animal, posee una vida interior que le permite cuestionar, reflexionar y aspirar a valores que van más allá de la satisfacción de sus necesidades básicas.

Si bien los animales tienen inteligencia y capacidades notables, el ser humano se distingue por su capacidad de introspección, razonamiento abstracto, comunicación compleja, moralidad, cultura y la búsqueda de un significado más allá de lo inmediato.

La capacidad del ser humano de replegarse sobre sí mismo, su autoconciencia, las relaciones entre el yo y su cerebro, etc., nos parece que siempre quedarán fuera de la experimentación científica.

Aun siendo cierta la escasa diferencia genética entre el hombre y el chimpancé (apenas un 2%), responde Nicolás Jouve de la Barreda (biólogo y catedrático emérito de genética) que esa simple diferencia del 2% supone 63,5 millones de diferencias puntuales (el ADN tiene unos 3.175 millones de pares de bases nucleotídicas), diferencias que abren en la práctica un abismo entre uno y otro.