Colaboraciones

 

Cristianos, católicos, qué relación hay entre ambos

 

 

 

29 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

«Que ninguno de ustedes tenga que sufrir por asesino o ladrón, por malhechor o por meterse en asuntos ajenos. Pero si sufre por ser cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar ese nombre» (1 Pedro 4, 15-16).

Hoy escuchamos hablar mucho de los «cristianos» en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas. Hasta se oye decir erróneamente a los católicos: «Yo no soy cristiano, sino católico» o «Tengo un amigo que es cristiano». El término en nuestros días no es ya un término que hable de un grupo en específico debido a que muchos grupos religiosos aún con creencias opuestas dicen ser «cristianos».

El adjetivo «CRISTIANO», aplicado a una persona, significa básicamente «alguien que cree en Cristo y le sigue». Cristiano es aquel que confiesa haber hallado a Dios en la persona de Jesucristo, o más bien, el que sostiene que Dios mismo le ha llamado y le ha encontrado por medio de Jesús. El teólogo católico Schmaus dice algo que es válido para cualquiera que diga que se diga «cristiano» sea católico o evangélico: «Ser cristiano es lo mismo que estar en comunión con Cristo, reconocerle como Señor. Participar de su vida. El Sí a sus palabras, la obediencia a sus mandatos, tienen cuño cristiano en cuanto expresan un sí a El mismo» (Teología Dogmática III, Dios Redentor, RIALP. Madrid 1959, pág. 117).

Ser cristiano es distinto a ser «religioso» simplemente: uno puede creer en Dios y en la otra vida y tratar de dar un sentido espiritual a muchos momentos de su vida (los sacramentos) sin una referencia explícita a Jesús. Este, aunque se llame cristiano, no lo es. Es, sin embargo, un hombre religioso. Y es que el cristianismo, más que «algo» es «Alguien»: Jesucristo, punto de referencia absoluto para todo aquel que se llame a sí mismo cristiano. Lo más importante para la fe cristiana es pues la «relación» con Jesucristo, de tal modo que el cristianismo, aunque contenga exigencias morales, no puede ser reducido a un conjunto de mandamientos que hay que obedecer, así lo expresa el Cardenal Ratzinger (Benedicto XVI): «Quien reduce el cristianismo a la moralidad pierde de vista la esencia del mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, el don de la comunión con Jesús y, por tanto, con Dios» (La Nueva Evangelización, conferencia pronunciada en el Congreso de Catequistas y Profesores de Religión, Roma 10.XII.2000), y el Papa Juan Pablo II: «Urge recuperar y presentar una vez más el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida» (Juan Pablo II, enc. Veritatis splendor, 88.

La palabra «cristiano» aparece por primera vez en la Biblia en Hechos 11, 26: «En Antioquía fue donde por primera vez se llamó a los discípulos [de Jesús] “cristianos”»; y otras dos veces en Hechos 26, 28 y 1 Pedro 4, 16. Después aparece en los escritos de historiadores antiguos que se refieren con este nombre a los discípulos del Señor. Por ejemplo Tácito (Anales XV 44): «Aquél de quien procede ese nombre [de cristianos], Cristo, fue entregado al suplicio siendo emperador Tiberio por el procurador Poncio Pilato».

«CRISTIANISMO» básicamente es el modo de vida y la doctrina y de los seguidores de Jesucristo, tal y como fueron predicadas desde los primeros tiempos de la Iglesia, de hecho ya antes del año 107, la palabra «cristianismo» aparece por primera vez en la carta de San Ignacio, Obispo de Antioquia, a los Magnesios (10:3).

La palabra «católico» viene del griego «katholikos» que quiere decir universal. Jesús al dar su último mandamiento a los Doce Apóstoles les dijo: «Vayan y prediquen el evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Del mandato de Jesús proviene la idea de universalidad de la Iglesia, por eso desde los primeros tiempos se comenzó a llamar «católica» o «universal».

Los escritos de san Ignacio de Antioquia son el testimonio más antiguo que tenemos del uso del adjetivo «católica» para referirse a la Iglesia: «Donde esté el Obispo, esté la muchedumbre, así como donde está Jesucristo está la iglesia católica» (A los Esmirniotas 8:2). Posteriormente en tiempo de las persecuciones, cuando los oficiales romanos preguntaban a los primeros cristianos a qué iglesia pertenecían decían sin dudar «a la católica». En los tres primeros siglos de la iglesia los cristianos decían «cristiano es mi nombre, católico mi sobrenombre».

Así que la Iglesia desde sus comienzos se ha llamado «cristiana» o «católica» indistintamente. La Iglesia católica es la que conserva íntegra toda la doctrina entregada «de una vez a los santos» (Judas 3), y esto no por los méritos individuales de sus miembros sino por un don gratuito de Dios. Los católicos actuales conservamos las mismas doctrinas de los primeros discípulos de Jesús y los apóstoles, es decir, creemos en lo mismo que creían esos a quienes se llamó «cristianos» en el siglo I (hay una continuidad histórica entre la iglesia primitiva y la Iglesia católica actual), por lo tanto, si a alguna iglesia le queda mejor el nombre «cristiana» es a la católica.

Para ser cristiano hay que relacionarse con Dios por medio de Jesucristo y de su Iglesia: «Quien se relaciona con el Dios de Jesucristo es el creyente que recibió el bautismo, optó por seguir a Jesús e ingresó en una comunidad para difundir el Reinado de Dios en el mundo. Hasta tres círculos concéntricos integran la personalidad del yo cristiano: el bautismo, el seguimiento de Cristo y el Reino de Dios» (Sánchez, Urbano, 2002. Las relaciones hombre-Dios en el tercer milenio. Madrid, BAC; p. 113).

Para ser cristiano se tiene que compartir la fe de todos los cristianos en la Resurrección de Jesucristo y aceptar sus consecuencias, lo que en la mayoría de las Iglesias desemboca en el bautismo (en nombre de la Trinidad en la mayoría de las iglesias históricas tal como se manda en Mt 28, 20. La Iglesia católica (y en esto estamos de acuerdo con los protestantes históricos y los ortodoxos) nos dice que quien pose este bautismo es «cristiano». Pero para ser un cristiano «completo» se requiere además lo que se llama la «ortodoxia (recta creencia)» y la «ortopraxis (recto actuar)», o sea, creer toda la doctrina que heredamos de los primeros y que es fielmente custodiada en la Iglesia católica y dar testimonio de una vida según el evangelio, es decir de vida «cristiana».

«No se puede ser cristiano y creer al mismo tiempo en la reencarnación o en la «energía universal» (tal como los seguidores de la new age), o creer que Jesús es el arcángel Miguel y no Dios Eterno (tal como los adventistas o los testigos de Jehová), o creer que la Trinidad son en realidad tres dioses, dos de los cuales poseen cuerpo de carne y hueso y que el universo está poblado por millones de dioses (tal como los mormones). No se puede ser cristiano totalmente si se niega que la voluntad de Jesús es el que haya una sola Iglesia y que dure hasta el fin del mundo (Mt 16, 18ss.), no se puede ser cristiano cabal si no se acepta que durante la Eucaristía el pan y el vino de la consagración son transformados por el poder del Espíritu Santo en cuerpo y sangre de Cristo» (Jn 6; 1 Cor 11, 23-32; Ignacio de Antioquía, a los Esmirniotas, 8:1).

Pero lo más importante es que no se puede ser cristiano si se vive como si Dios no existiera. Si no doy testimonio de mi nombre de cristiano, como alguien que pertenece a Cristo y que sigue sus enseñanzas hasta la muerte, como los primeros (consecuencia de haber aceptado su señorío en mi vida). Como decía san Ignacio de Antioquía, poco antes de su martirio: «Lo único que para mí habéis de pedir es fuerza, tanto interior como exterior, a fin de que no solo hable, sino que esté también decidido; para que no solo, digo, me llame cristiano, sino que me muestre como tal. Porque si me muestro cristiano, tendré también derecho a llamarme así, y entonces seré de verdad fiel a Cristo, cuando no apareciere ya en el mundo» (Carta a los Romanos, III, 2).

Es un error decir «nosotros no somos cristianos, sino católicos» al negarnos ese nombre que viene de la Biblia y que siempre nos ha pertenecido, le damos la razón a tantos grupos que se lo apropian, ellos dicen: «Ya ven, los mismos católicos aceptan que no son cristianos».

«Más ahora tenemos un único nombre, mayor que todos aquellos [de los patriarcas del AT]; NOS LLAMAMOS CRISTIANOS, hijos de Dios, amigos, un solo cuerpo. Esta apelación nos obliga más que cualesquiera otras y nos hace más diligentes en la práctica de la virtud. No hagamos nada que sea indigno de tan gran nombre, pensando en la gran dignidad con la que llevamos el nombre de Cristo. Meditemos y veneremos la grandeza de este nombre» (S. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Juan, 19, 2-3. Año 390).