Colaboraciones
Sobre la eutanasia
28 julio, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
En el campo sentimental de la eutanasia se enfrentarían la tolerancia con el dogmatismo; la opinión contra la imposición; la democracia al autoritarismo del tirano; el progreso frente al pecado del conservador. Evidentemente, llegados a este punto, ¿quién no querrá apoyar el progreso?, ¿acaso alguien sería capaz de declararse públicamente intolerante?, ¿se atrevería alguno a no acatar el modo y forma de la actitud democrática? Talante, tolerancia, «pan, amor y fantasía».
Desviando el problema hacia los terrenos del sentimiento, lo que se acaba discutiendo no es el estatuto antropológico que pueda tener la eutanasia de la persona humana, sino la honradez y decencia política y social de los detractores que automáticamente es puesta bajo sospecha por pecar contra la libertad y la «alegría de vivir» («un canto a la vida» era la habitual presentación de la película de Amenábar), o bien por pretender que haya asuntos que no pertenecen al terreno de la opinión sino a las reglas básicas en las que se debe sustentar cualquier debate ético. Una vez que se ha colgado al contrario el sambenito de la intolerancia, ya no es necesaria ni la escucha ni el respeto: distraído el tema de debate cada uno puede campar por sus respetos. Que se callen los obispos, los cristianos y —en general— cualquier voz disidente: la dictadura silenciosa se ha puesto en marcha. El totalitarismo no es un problema enterrado en el pasado. La manipulación de la propaganda, tampoco.
¿Aceptarían ustedes ser insultados, tachados de retrógrados, encorsetados por los prejuicios innombrables de la incorrección política? ¿Cómo no subirse al carro del progreso? No se puede ser conservador. La expresión en sí misma es fea: nos suena a lata de sardinas, a apretones, a olores rancios y digestiones pesadas. La única verdad es que no hay verdad, la única moral es que no hay moral. Sin raíces, sin pasado, sin imposiciones que no tengan su fundamento en la decisión de la comunidad, sin puntos que nos guíen, solos con nuestros votos y nuestros líderes.
Pero quizás no baste con esto. Sostener una postura limitándose a atacar al contrario es un modo de defensa que casi nunca resiste al análisis racional, a la frialdad con que debe funcionar la mente que quiere hacer pensar que cuenta con razones. Quizás la pregunta adecuada sea no si se debe ser progresista, sino que es progreso. ¿Progreso significa afirmar, defender, fomentar al ser humano? Cuenten conmigo. ¿Progreso es un camino hacia la deshumanización, la dictadura de lo pragmático, de la cadena de montaje, de la utilidad económica? Entonces que me olviden. ¿Puede el progreso volverse contra el hombre?, ¿puede el hombre aceptar un progreso que le ataque, que le subordine a planes generales o genéricos?, ¿y si a quien daña no es a usted, sino a aquellas personas que no pueden, no saben, no quieren defenderse?, ¿podríamos es ese caso admitir ese progreso?, ¿deberíamos más bien enfrentarnos contra él?
¿Acaso no es precisamente eso la libertad?, ¿poder elegir?, ¿qué haya cada vez más opciones? Los que no cantan a la vida, que es morir, con su belleza laica, son presentados bajo la apariencia de individuos escabrosos, duros, inhumanos, desagradables o sencillamente ridículos.
Quizás el tan traído laicismo no pueda tener como consecuencia otra salida que la eutanasia En él la pregunta por la muerte queda en el aire, no se quiere, no se puede afrontar.
La cuestión al final se retrotrae a lo siguiente: ¿tiene lugar en nuestra sociedad el enfermo, el débil. Cuidar del necesitado, ¿sirve de algo o no nos aporta nada?, ¿no sería más valioso que eliminar al débil el que todos invirtiéramos en el fomento de la virtud de la piedad? ¿no es eso lo que nos da el nombre de civilizados?
Uno de los principales mandamientos de la sociedad del bienestar es que el sufrimiento no debe existir. Se rebaja el nivel de la educación para que todos puedan aprobar en los colegios sin sufrir traumas; se reduce la educación sexual a técnicas profilácticas y a gimnasia erótica porque no se acepta la posibilidad de fortalecer la voluntad de los jóvenes frente a la llamada de Eros; se esconden a los muertos y se ajardinan los cementerios para que no parezca otra cosa que parques. En esta sociedad el enfermo no tiene cabida: nos pone demasiado ante los ojos la presencia del polvo.
Peter Singer apoya y fomenta que se mate a los niños que a causa de determinadas enfermedades solo pueden esperar una vida llena de sufrimientos. Uno de ellos le dijo: «Sí, sufro y he sufrido. Pero usted no puede ni imaginarse qué infinita dicha puede ser la existencia también para una persona que sufre». Evidentemente este argumento no tiene sentido para los que han reducido su vida al puro hedonismo.
El deber de los fuertes no es decidir quién está en condiciones de seguir viviendo, sino defender todas las vidas frente a aquellos que la quieren atacar en algunas de sus situaciones.