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Inteligencia artificial

 

 

 

14 agosto, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La inteligencia artificial se ha vuelto el tema de moda, no únicamente en términos empresariales, económicos y tecnológicos, sino también en aspectos sociales. Podría verse la inteligencia artificial como una reacción ante lo que muchos llaman la era de la confusión, causada porque la creación de información se ha acelerado de tal manera que mucha no llega a ser aplicada y ni siquiera es reconocida como útil, ya que su absorción y utilización no sigue el ritmo de la innovación.

Claro, habría que empezar por aclarar de qué tipo de inteligencia estamos hablando. Y es que, de acuerdo con algunos especialistas, existen varios tipos de inteligencia: lógico-matemática, lingüística, espacial, musical, kinestésico-corporal, intrapersonal, interpersonal y naturalista. De las cuales, al parecer, la llamada inteligencia artificial es mayormente de tipo lógico-matemático. Tampoco se habla mucho de que la inteligencia artificial se aplique a los conceptos de inteligencia emocional.

Posiblemente, el gran riesgo de la inteligencia artificial es que lleve a un crecimiento del conocimiento, pero al mismo tiempo de una homogeneización del mismo, donde solo se opine sobre los aspectos en donde hay una gran cantidad de datos. Con lo cual, después de ese crecimiento del conocimiento, vendría un estancamiento.

La Oficina de Prensa vaticana, señaló que «la evolución de los sistemas de inteligencia artificial hace que cada vez sea más natural comunicar a través de las máquinas y con ellas, de modo que cada vez resulta más difícil distinguir el cálculo del pensamiento, el lenguaje producido por una máquina del generado por los seres humanos.

»Como todas las revoluciones, también esta basada en la inteligencia artificial plantea nuevos desafíos, entre ellos evitar que las máquinas contribuyan a difundir un sistema de desinformación a larga escala, e impedir que aumenten la soledad de quien ya está solo privándonos de ese calor que solo puede dar la comunicación entre personas», se lee en la nota vaticana. Es esencial —se puntualiza— orientar la inteligencia artificial y los algoritmos, a fin de que se forme en todos una conciencia responsable del uso y del desarrollo de estas nuevas formas de comunicación que se suman a las de las redes sociales y a las de Internet. Es necesario que la comunicación se oriente hacia una vida más plena de la persona humana».

Entre los diferentes aspectos a considerar, hay dos de especial interés. El primero se refiere a la posibilidad de crear una auténtica «inteligencia artificial». El segundo, a cómo compararla con el pensamiento y la voluntad del hombre.

Sobre la inteligencia artificial, es obvio que algunas computadoras pueden realizar operaciones con una perfección y velocidad imposibles para los seres humanos.

Esas operaciones, sin embargo, son posibles gracias a programas elaborados por los técnicos. En otras palabras, un robot o una computadora realizan actividades que dependen de sus respectivos programas.

Algunos aparatos más sofisticados pueden «autoprogramarse», o modificar los propios programas. Esas operaciones, sin embargo, también son posibles precisamente porque el programador las ha creado.

Entonces, como han señalado algunos autores, la expresión «inteligencia artificial» no sería correcta puesto que los aparatos mejor elaborados no piensan ni llegan a tener una conciencia auténtica, si bien sus actividades complementan, incluso superan, lo que sea posible para los humanos.

Con esta respuesta se puede afrontar la segunda pregunta. Una computadora o un robot, por más perfecto y completo que sea, no es capaz ni de pensar ni de escoger como los hombres.

El motivo es sencillo: el ser humano no es producto de un programa, ni depende en todo de lo que se le haya impuesto en su cerebro o en otros órganos. El ser humano tiene una capacidad de autorreflexión y de autocontrol que va mucho más allá de las mejores prestaciones de un aparato electrónico.

Existe, desde luego, la pregunta, incluso la idea aceptada por algunos, de que algún día la tecnología construirá máquinas que tengan verdadera inteligencia y voluntad libre.

Tal idea llevaría a un sinfín de absurdos, empezando por el hecho de que una máquina así ya no podría ser controlada por nadie, como tampoco el ser humano (inteligente y libre) debería ser controlado por otros.

El mundo, ciertamente, ha logrado y logrará enormes progresos en el mundo digitalizado y en la invención de aparatos sumamente complejos. Pero ese mundo necesita reconocer que lo más importante será siempre trabajar por defender y ayudar a todo ser humano en su desarrollo pleno.

Ese desarrollo permitirá un buen ejercicio de su inteligencia, orientada a la búsqueda de la verdad, y una sana orientación de su voluntad, que llega a su plenitud cuando alcanza el bien.

Todo ello muestra la enorme superioridad de cada persona respecto de las mejores computadoras, al mismo tiempo que desvela la gran responsabilidad que todos tenemos a la hora de orientar nuestras vidas para alejarnos del mal y promover el bien verdadero.

Pero, lo que debe preocuparnos sobre estas tecnologías avanzadas, es que están logrando imitar con tanta perfección el comportamiento humano, que quienes no tengan bien cimentados sus valores morales caerán fácilmente en la postura cómoda de pedir a la Inteligencia Artificial que realice las actividades que le corresponden.  Un ejemplo es el llamado ChatGPT, que es sistema de Inteligencia Artificial (IA) que está entrenada para mantener conversaciones, la cual es capaz de responder y hacer casi cualquier cosa que se le solicite.

Diversos programas de inteligencia artificial (IA), como ChatGPT, interactúan con los usuarios de un modo que imita el diálogo humano. Así, los programas ofrecen sus respuestas con añadidos como estos: «¿Estás satisfecho?, ¿quieres un texto más elaborado?, ¿te organizo el argumento como si fuera una charla?, ¿preparo una presentación con diapositivas?».

Los usuarios, casi de un modo espontáneo, responden e interactúan con la IA con respuestas propias de un diálogo interpersonal. Así, reaccionan con fórmulas como estas: «Gracias por la respuesta. No me has dicho lo que te pregunté. No hace falta que me ofrezca algo más elaborado. ¿Me puedes indicar las fuentes que has usado?».

Hay quien ha observado un posible peligro en este tipo de interacciones: introducir poco a poco en las personas la idea de que la IA es casi humana, si es que no llega alguno a considerarla más fácil de tratar que a familiares, amigos y compañeros de trabajo.

Para evitar tal peligro, José Sols Lucia, en un artículo de 2021, que luego recogió en un libro de 2024, ofrecía la siguiente recomendación: «Nunca los robots deberán ser tratados como personas, ni siquiera como semipersonas. Son solo máquinas, sistemas informáticos o constructos técnicos, nada más» (José Sols Lucia - María Elizabeth de los Ríos Uriarte, Bioética de la inteligencia artificial, San Pablo, Madrid 2024, p. 178).

Para alguno, tal recomendación podría ser excesiva. Cuando uno responde a un programa de IA, ya sabe que está interactuando con una “máquina” que sigue algoritmos muy potentes. Pero la recomendación surge desde una interesante observación sobre el uso de las palabras. Lo que decimos, lo que escribimos, influye de modo más o menos consciente en nuestros modos de pensar y de sentir, hasta el punto de que el uso continuo de palabras y expresiones que imitan un lenguaje interhumano lleva a suponer que «del otro lado» de la pantalla no hay solo IA, sino una especie de ser personal.

Por eso, cuando formulamos preguntas y cuando respondemos a un programa de IA, puede ser oportuno evitar expresiones como estas: «¿Me puedes explicar la diferencia entre catarro y gripe?, ¿sabes las últimas investigaciones sobre vacunas?, ¿qué piensas sobre la energía eólica?».

Igualmente, habría que evitar dar las gracias, o corregir con dureza a la IA con expresiones del tipo: «No me has dicho lo que te pregunté. Estás desactualizada. ¿Puedes ir más a fondo?» Esos y otros modos de responder a la IA nos afectan, incluso sin darnos cuenta, en nuestro modo de imaginar «quién» estaría al otro lado de la pantalla.

En resumen, preguntar y responder a la IA no es algo que podemos llevar a cabo con interacciones que imitan una conversación humana. Conviene tener siempre presente que una máquina es una máquina, y que solo merecen nuestro respeto (incluso nuestro amor) seres humanos que quizá no respondan con tanta precisión, o que en ocasiones nos tratarán con poca finura, pero que tienen un alma espiritual y un destino eterno como el nuestro.

La Inteligencia Artificial ha irrumpido en nuestras vidas, no solo como una herramienta para usar, sino como un espejo inquietante de nuestras propias expectativas y miedos. Cada vez se recurre más para conseguir orientación y consejos y en algunas ocasiones para encontrar sentido a la vida.

La IA, lejos de ser una simple herramienta, parece adentrarse en la psique humana con una capacidad inusitada para la manipulación y la confusión.

La visión distópica de C.S. Lewis en su novela Esa Horrenda Fortaleza resuena de manera sorprendente con los dilemas que plantea la IA moderna. Lewis no solo critica la ciencia desenfrenada, sino que expone la perversión de la inteligencia humana cuando se desvincula de la moralidad y la trascendencia, ilustrando cómo el hombre, al «meter la mano» sin sabiduría ni humildad, puede generar monstruos.

En la novela, la organización N.I.C.E. (Instituto Nacional de Experimentos Co-ordinados) representa la tecnocracia en su forma más peligrosa: un cuerpo que, bajo el pretexto del «progreso» y la «coordinación», busca un control totalitario y deshumanizador. Su objetivo no es solo el dominio físico, sino la redefinición de la propia humanidad, la eliminación de la libertad y la supresión de todo lo que no sea racional y controlable.

Lewis muestra cómo el lenguaje y la verdad son corrompidos por N.I.C.E., utilizando una jerga científica para disfrazar intenciones siniestras y distorsionar la realidad. Esto se asemeja a cómo la IA, si se usa de forma irresponsable, puede generar deepfakes, diseminar desinformación o incluso manipular narrativas para influir en la opinión pública, erosionando la confianza en la verdad y el discernimiento individual.

En un paralelo inquietante con la ficción de Lewis, varias empresas de IA han experimentado el fenómeno de las «alucinaciones» de sus modelos. Estas alucinaciones, donde la IA genera información convincente, pero completamente falsa, se han manifestado incluso cuando las compañías intentan aplicar «correctivos» o nuevas optimizaciones.

De hecho, a medida que los modelos de IA se vuelven más potentes y complejos, la tendencia a la alucinación puede aumentar. Ejemplos incluyen:

  • Imágenes históricamente inexactas: Un caso notable reciente fue cuando modelos de IA generativos de imágenes, al intentar crear representaciones diversas, incluyeron individuos negros o asiáticos en contextos históricamente incorrectos, como «soldados nazis» o «Padres Fundadores estadounidenses».
  • Falsas citas legales: Abogados han presentado escritos judiciales con citas de casos inexistentes, generadas por chatbots de IA.
  • Aumento de alucinaciones en modelos avanzados: Informes sugieren que modelos más recientes y «smarter» (como el o4-mini y o3 de OpenAI) han mostrado tasas de alucinación más altas que sus predecesores, indicando que la «mano del hombre» en la constante afinación y mejora de la IA no siempre resulta en mayor fiabilidad, sino que a veces introduce nuevos errores o amplifica los existentes.

Esto sugiere que, por mucho que el ser humano intente controlar y perfeccionar estas herramientas, la complejidad intrínseca y la falta de «comprensión» real de la IA pueden llevar a resultados impredecibles y engañosos, haciendo que las «alucinaciones» sean una característica persistente y desafiante.

Además, Lewis introduce la idea de «macrobes» o inteligencias extraterrenales (que en su universo son ángeles caídos o demonios) que influyen en los líderes de N.I.C.E. para llevar a cabo sus planes destructivos. Esta es una manifestación literaria de cómo las fuerzas espirituales malignas pueden operar no directamente, sino a través de la seducción intelectual, la soberbia y el deseo de poder, utilizando herramientas y sistemas humanos para sus fines.

Podemos afirmar que la IA no es poseída por demonios, pero vale dejar en claro que su potencial para el engaño, la manipulación y la creación de un mundo deshumanizado la convierte en una herramienta susceptible de ser instrumentalizada por aquellos que, consciente o inconscientemente, operan.

León XIV explica el sentido y el origen de su primera encíclica sobre la «custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial», una herramienta que influye en la vida, moldea las decisiones y cambia la forma de combatir la guerra. El Pontífice pide liberar a la IA «de lógicas que la transforman en instrumento de dominio, exclusión o muerte» e invoca el «desarme» de las tecnologías para que se pongan al servicio del «bien común».

Al igual que «el León de antaño», el Papa León XIII, también el «León» de hoy, el Papa León XIV, mira hacia las «res novae», esas «cosas nuevas» que desafían al tiempo, a la historia y a la humanidad. Y si en aquella época fue la revolución industrial, con los numerosos y complejos cambios en el mundo del trabajo y las nuevas formas de pobreza impuestas, hoy es la Inteligencia Artificial, con su potencial y sus peligros, la que está ante los ojos y en el corazón del Pontífice, quien lanza un llamamiento universal: «Desarmar la IA».