15/01/2026 | por Grupo Areópago
La palabra sensible tiene diferentes acepciones. En el presente artículo abordamos esta palabra entendida como un adjetivo sinónimo de sentimental, afectivo o emotivo.
Aunque no siempre ha sido así, no hace falta más que retroceder un poco en la Historia y pensar en la época de la Ilustración cuando la razón lo dominaba todo e incluso se le daba tratamiento de divinidad, vivimos en un momento en el que el sentimentalismo rige nuestros comportamientos, actitudes e incluso se plasma en nuestras leyes. Tan es así que se rompen matrimonios y familias con la única justificación de que “ya no siento nada por ti”, o porque “ya se ha acabado el amor”.
A la vez que se produce esta exaltación del sentimiento, en la que también está presente el individualismo, se provoca un menosprecio de la voluntad. Por lo tanto, la voluntad, una de las características propias del ser humano, se arrincona de nuestras conductas o se la somete a lo emocional, con lo que se nos convierte en simples animales sensibles incapaces de controlar o guiar nuestra vida, vida que aparece en este caso a la deriva de nuestras emociones e impresiones.
Los cristianos hemos aprendido que los sentimientos forman parte de nuestra naturaleza y son propios del ser humano, aunque sabemos que lo sensible tiene un origen irracional y que las emociones son algo momentáneo y que acaban por desaparecer. Es por ello que tanto las emociones como los sentimientos deben ser controlados por la razón.
En esta tiranía de los sensible en la que vivimos, a todo aquel que se atreve a apelar a lo racional, a la voluntad, a la fidelidad o a la constancia, es tachado de insensible, rigorista, frío o indiferente.
Por desgracia, en la Iglesia también hemos caído en este sentimentalismo y, en algunos casos, se nos intenta llevar por el camino de la emoción como prueba de una fe saludable y vigorosa. En cierta medida es una forma de intentarnos adaptar a la sociedad actual, ya que en esta sociedad se prioriza lo subjetivo, emotivo y relativo, apelando a lo afectivo por encima de lo racional.
Y así, han comenzado a proliferar actitudes y propuestas que enfatizan lo emocional y sentimental hasta el punto de que si no hay ninguna de éstas, Dios parece que no está o que no existe. En este sentido, han aparecido movimientos novedosos; por un lado cercanos a las corrientes evangélicas de origen protestante y que utilizan sus mismas estrategias de alto grado de sugestión y de celebraciones de culto con una fuerte carga emocional, y, por otro lado, se ha ligado el primer anuncio a vivencias impactantes que ligan la conversión con la emoción.
Por supuesto que la fe tiene una parte sentimental, que en algunas ocasiones nos impresiona e incluso conmueve, pero no podemos cuestionar la parte inteligible y racional de nuestra fe, pues el mismo Dios nos quiso racionales y nos dotó de inteligencia. Dicho de otro modo, no debemos rechazar lo emocional, pero nunca puede convertirse en la finalidad del anuncio del Evangelio, ya que ni mi emoción, ni mi sentimiento, ni mi manera de vivir la fe pueden estar por encima de la existencia de Dios. Es más, en nuestro trato con Dios no faltarán los momentos de sequedad y de oscuridad en los que no sintamos nada, como les sucedió a grandes santos. Será en estos momentos cuando tenga que aparecer en nosotros la perseverancia, ligada, sin ninguna duda, a la oración personal, el ejercicio de la caridad, la formación y conocimiento de la verdad, y la vivencia de los sacramentos, especialmente la eucaristía y la penitencia.
GRUPO AREÓPAGO