Tribunas
19/01/2026
La Unidad de los Cristianos
Ernesto Juliá
Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026.

Este domingo hemos comenzado a vivir en la Iglesia un octavario –ocho días- para pedir a la Santísima Trinidad, la unidad de todos los cristianos. Cristianos, todos los que creemos sinceramente en que Cristo es Dios y hombre verdadero, y muy especialmente la unidad de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa Oriental de Constantinopla, por la que ya llevamos rezando muy especialmente desde el 7 de diciembre de 1965.
En esa ocasión, Pablo VI, el Papa en Roma, y el Patriarca Atenagoras I, de Constantinopla, hicieron una Declaración conjunta en la que se levantaron, y dejaron de existir las excomuniones de 1054.
Desde el cisma de 1054, con excomuniones recíprocas, y personales, entre el papa León IX y el patriarca Miguel Cerulario, esas Iglesias estaban separadas y sin ninguna relación oficial. El gesto que comenzó a romper ese estado de separación, ocurrió el 5 de enero de 1964, cuando el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I, se encontraron en Jerusalén, y se dieron “un abrazo de paz”, que preparó el camino para que, cerca de dos años después, se pudiera firmar esa Declaración conjunta de 1965 leída a la vez en Roma, en una sesión del Concilio Vaticano II, y en una ceremonia solemne en Constantinopla.
Después de rogar al Espíritu Santo que siguiera facilitando las disposiciones para el buen entendimiento entre Roma y Constantinopla, aparecían estas palabras: “Ellos (el Papa y el Patriarca) están persuadidos que, actuando así, están respondiendo a la llamada de la divina gracia que animando a la Iglesia Católica y a la Iglesia Ortodoxa, y también a todos los Cristianos, para pasar por alto las diferencias, puedan llegar a ser “Una” como el Señor Jesús ruega a Dios Padre”.
Y en el penúltimo párrafo de la Declaración señalan: “Por la acción del Espíritu Santo se superarán estas diferencias, purificando los corazones, lamentando los errores históricos, y por una decisión eficaz de llegar a un buen entendimiento y expresión de la Fe de los Apóstoles y sus exigencias”.
Para seguir promoviendo la unidad de los cristianos, Juan Pablo II restituyó a Constantinopla, en noviembre del 2004, parte de las reliquias de los patriarcas san Juan Crisóstomo y san Gregorio Nacianceno. Años antes, en 1979, él y el patriarca Demetrios I, formaron una comisión teológica mixta para revisar los detalles de la Fe sobre los que había una cierta discrepancia entre las dos Iglesias; comisión que sigue vigente.
Un gesto verdaderamente significativo en el camino de la unión, fue la presencia del patriarca Bartolomeo I, de Constantinopla, y otros patriarcas de iglesias ortodoxas en el funeral del papa Juan Pablo II. Presencia que rompió una ausencia que duraba ya varios siglos.
Benedicto XVI y Francisco, también han tenido ocasión de encontrarse con el patriarca Bartolomeo I, quien participó en la toma de posesión de Francisco, el 19 de marzo de 2013: única vez en la historia.
El Papa León XIV ha impulsado activamente el diálogo con las Iglesias Ortodoxas desde el inicio de su pontificado, buscando la restauración de la plena comunión visible. Ha hecho su primera salida de Roma, precisamente a Turquía para conmemorar el Concilio de Nicea, donde se reunió con líderes ortodoxos, firmó declaraciones conjuntas, promovió la unidad cristiana frente a la secularización y la intolerancia, y señaló que la unidad será un don de Dios.
Me atrevería a decir –y pongo estas palabras en el corazón de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia- que hoy, una Iglesia cristiana de la que se pudiera afirmar que vive “una sola Fe, un solo Bautismo, un solo Señor”, extendida en el norte y en el sur, en occidente y en oriente de las tierras habitadas, sería un punto de referencia para quienes buscan con toda el alma la Verdad que Cristo ha querido revelar a todos los hombres.
Sería la Iglesia de Cristo - “el Camino, la Verdad, la Vida- en la que los hombres podrían encontrar la razón del vivir, y el sentido a todo lo que les acontece en la vida. Y al dar un sentido a la vida de todos y de cada uno, abriría la perspectiva de la vida humana, tan corrompida por el pecado, al horizonte de la Vida eterna en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com