Tribunas

Impresiones de anochecer

 

 

Ernesto Juliá


Anochecer.

 

 

 

 

 

En nuestro caminar, llegamos a la noche. Desde pequeño me he sentido empujado -alentado, quizá sería mejor- a pasear con el día ya anochecido; y andar, solitario y en silencio, en medio de la oscuridad no interrumpida por el alumbrado urbano. Impregnado en la noche, se vive de otro modo el latir de la tierra, el fulgor de las estrellas, el aroma de toda la creación.

¡Y que gozo, abandonarnos a la noche sin nostalgia, adentrarnos en ella, casi de puntillas, y solicitarle que nos haga partícipes de su misterio! Gozo que quizá un día vislumbró Rainer Maria Rilke al escribir estos versos en sus "Poemas a la noche":

 

"y de pronto comprendí que andas conmigo y juegas,
oh tú, crecida noche, y te miré asombrado...
...tú, elevada noche,
no tuviste vergüenza de conocerme. Tu aliento
pasaba sobre mí. Tu dilatada seriedad, compartida
con sonrisa, penetró en mí".

 

Unos reciben la noche como amiga, otros la rehúyen, como un enemigo con el que no se consigue nunca hacer las paces.

Quienes la acogen amistosamente disponen su espíritu para escudriñar el amor virgen escondido en la oscuridad y en el silencio. Quizá con un cierto temblor, como Rilke:

"Si sintieras, oh noche, como yo te contemplo, como mi ser retrocede al impulso
de querer arrojarse confiado en tus brazos.
¿Puedo asirlo de modo que mi ceja, al arquearse de nuevo
salve tan vasto caudal de mirada?".

 

Sé que no encontraré palabras para cantar la belleza de la noche -aunque pida ayuda a los poetas-; quizá porque las palabras agotan su servicio en el esfuerzo de tratar de entender­nos entre nosotros; y la noche es tierra cuajada para el escondido dialogar humano del alma con el espíritu, que se abre y prepara para la inefable comunicación -y no solo diálogo- entre el hombre y Dios, su creador.

La noche es criatura de Dios, y, como todas las criatu­ras, un regalo de Dios al hombre. Sin su tiniebla, ni siquiera el sol reluciría. Sin el descanso que nos ofrece, nuestro caminar en la tierra quedaría reducido a una simple locura; toda nuestra persona perdería el rumbo, la orientación, y no sólo el sistema nervioso. El silencio y la oscuridad de la noche abren al hombre horizontes ilimitados, más lejanos e impenetrables que los escondidos en la mar brava, y que apenas afloran al filo de las crestas de las olas de la mar océana.

Y la noche guarda un silencio y una oscuridad para la juventud; una oscuridad en el silencio para la madurez; un silencio en radiante oscuridad para la plenitud del vivir. La noche enriquece nuestro escudriñar; nos invita a penetrar rincones no explorados, y los ojos, incapaces de aguantar la mirada al sol, se abren caminos mirando las estrellas, y llegan a desentrañar el misterio que esconde la noche: el misterio de no tener el hombre otro horizonte que la Vida Eterna, el Cielo.

Para quienes la esperan como enemiga, el alma de la noche se agota en la tiniebla y en el vacío; y su imagen parece un adelanto de la nada.

La noche figura entonces, y se presenta, hermanada con el silencio y la oscuridad. Trágica­mente hermanada. Como si la oscuridad no fuese otra cosa que tiniebla, y el silencio escondiese la asechanza del vacío y del agobio. Juan Ramón Jiménez escribió:

"Se va la noche, negro toro
-plena carne de luto, de espanto y de misterio-,
que ha bramado terrible, inmensamente,
al temor sudoroso de todos los caídos".

 

Ante semejante enemigo, no queda otro recurso que el intentar aniquilarlo, o huir de él. Se aniquila la noche llenándola artificialmente de ruido y de falsa luz, en espera del alba. El candoroso silencio musitado se convierte en griterío ansioso, disfrazado de sonrisas más o menos de máscara. Y la oscuridad radiante del universo a cielo raso, se trasforma en tiniebla de túnel que excluye las estrellas de nuestra mirada.

La noche adquiere un matiz distinto cuando aúna su misterio al de la enfermedad. Algunos enfermos aguardan su llegada con ansiedad, temerosos con un doble pavor: de que el sueño no llegue, y la angustia pueda convertir las horas hasta el amanecer en la figura de la muerte, de la propia muerte; o de que, si al final el sueño les vence, pueda convertir­se en el último dormir terreno.

En la noche el hombre es consciente, sin rubor ni vergüen­zas, de su penuria, de su indigencia y hasta de su miseria. Ya ha descubierto, sin maravillarse, que todo santo tiene algo -o mucho- de miserable; y que cualquier miserable está en condicio­nes de tener algo -o mucho- de santo. Ha saboreado confirmar lo que ya en cierto modo preveía: que el hombre no se jubila: quien se queda en tierra, a la hora de hacerse las barcas a la mar, prepara las redes y los aparejos para la faena de mañana. La mejor pesca siempre es en la noche.

Quizá se siente más indefenso ante tantos miedos que le asaltan en los momentos menos oportunos. Quizá. Y, sin embargo, vale la pena afrontar el riesgo para que al fin llegue la noche a ser luz, como de alguna manera profética anuncia el Salmista:

"y la noche será mi luz en mis delicias
porque la noche, como el día, será iluminada";

 

y añadió San Juan de la Cruz:

"¡Oh noche que guiaste,
oh noche amable más que la alborada;
oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada".

 

De alguna manera lo vislumbró también Gibran, que en "El Profeta", dejó escrito:

"Yo no puedo enseñaros como rezan los mares, los montes, las forestas.
Vosotros podéis descubrir su orar en el fondo de vuestro corazón,
Tended el oído en las noches pacíficas, y oiréis murmurar,
"Dios nuestro, alas de nosotros mismos, queremos con tu Voluntad.
...
No podemos pedirte nada; Tu conoces nuestra indigencia antes de que nazca;
Nuestra necesidad eres Tu; al darnos más de Ti mismo, nos das todo".

 

Dios se nos ha dado a Sí mismo en el Niño Jesús que hemos cantado con nuestros labios, adorado con nuestra inteligencia, recibido en nuestro corazón, con los pastores, con los magos, con María y con José. ¿Ha iluminado su Luz, la oscuridad de nuestra noche?

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com