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Cuando el dolor une: más de 700 personas rezando en Adamuz

 

 

 

26/01/26 | Zenón de Elea


 

 

 


Julio, el chico de 16 años que ayudó a tantas personas,
leyendo el salmo responsorial.

 

 

 

Adamuz se convirtió ayer de nuevo en un foco de luz y de esperanza. Un corazón latiendo al unísono. La Caseta Municipal, acostumbrada a ferias y verbenas, se ha convertido en un santuario improvisado donde el silencio pesaba más que las palabras y donde más de setecientas personas se reunieron no por costumbre, sino por necesidad. Necesidad de estar juntos. Necesidad de llorar juntos. Necesidad de decir adiós juntos.

Dicen que España es un país laico. Se repite como un eslogan, como una consigna que pretende ordenar también el dolor. “Un funeral laico”, dicen algunos, como si al sufrimiento se le pudiera poner etiqueta o protocolo. Pero ayer el pueblo ha respondido con otra lógica, una lógica antigua y profundamente humana: la de reunirse para rezar, incluso quienes no suelen hacerlo; la de acudir a una misa, incluso quienes no van a misa; la de encontrar cobijo en un lenguaje común cuando el alma no sabe cómo hablar.

Porque eso es lo que ha ocurrido hoy en Adamuz. Personas creyentes y no creyentes, practicantes y alejadas, jóvenes y mayores, todas juntas en un mismo gesto. Como escuché decir a alguien al salir: tenían ganas de reunirse todos en un homenaje, y qué mejor que un homenaje católico. No por ideología, sino por tradición, por raíces, por intuición y por su puesto, por creencias. Porque cuando la tragedia golpea, uno vuelve a casa, aunque haga tiempo que no pase por allí.

El obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, ha presidido la santa misa funeral por el alma de las 45 personas fallecidas en el accidente ferroviario ante más de setecientas personas en la Caseta Municipal.

Con palabras cercanas y hondamente humanas, no esquivó las preguntas difíciles. Al contrario, las puso sobre la mesa. Dijo algo que ha quedado resonando en la Caseta y en muchos corazones: “Dios estaba allí, en los mismos vagones accidentados”. Y claro, ante eso surge la eterna pregunta: ¿cómo puede un Dios permitir esto? Es la pregunta que atraviesa los siglos y que no tiene respuesta definitiva. Quizá porque no se responde con argumentos, sino con presencia.

Y el obispo prosiguió: "Estaba allí porque muchos lo invocaron al ver el inminente peligro. Y, estamos seguros, a cuarenta y cinco se los llevó en paz, a otros les curó sus heridas y los trasladó a la posada, es decir, al hospital. Se sirvió para ello de buenos samaritanos, alguno muy joven, llegados de Adamuz, de Villafranca y de otros lugares, buenos samaritanos que rescataron a los heridos de los vagones, ofrecieron los primeros auxilios, los trasladaron, organizaron el operativo…”. Recordando que Dios estaba también allí, en los hospitales, en el hogar de jubilados de Adamuz y en el Centro cívico de poniente en Córdoba, ha concluido pidiendo a todos llenarse de fe y esperanza “para levantarnos y seguir caminando”.

Dicen que España es aconfesional, pero la confesión de muchos de los familiares de las víctimas resuenan estos días. Como la de Davinchi, un joven futbolista de 18 años del Getafe, que tras la muerte de su padre en Adamuz, ha dicho en su perfil de Instagram: "Jesús es mi fortaleza". No es una frase hecha. Es la esperanza a la que agarrarse cuando todo se tambalea.

Y en la misa vimos a Julio. el chico de 16 años al que ya muchos llaman héroe, leyendo el salmo responsorial. Un adolescente proclamando palabras antiguas, cargadas de sentido, con una entereza que nos dejó sin aliento. En ese momento, toda la Caseta contuvo la respiración. No era solo una lectura. Era un símbolo. La vida joven poniendo voz al dolor de todos. La esperanza, todavía tierna, atreviéndose a hablar en medio del duelo.

Hoy Adamuz ha demostrado que la fe, más que una práctica, puede ser un lugar de encuentro. Que una misa no es solo un rito, sino un espacio donde cabe el que cree y el que duda, el que reza y el que solo calla. Que cuando el sufrimiento es demasiado grande, no sobran las preguntas, pero tampoco los gestos de amor.

El pueblo ha hablado con el lenguaje del corazón y de la fe. Y ese lenguaje, cuando se pronuncia en voz baja y en comunidad, tiene algo de sagrado. Aunque no sepamos ponerle nombre. Aunque no tengamos todas las respuestas. Aunque solo sepamos, como hoy, estar juntos.