Opinión
15/02/2026
La felicidad, tesoro paradójico
José Antonio García Prieto Segura
Sermón del Monte. Carl Heinrich Block (1877)

Más de una vez algún lector me ha dado pie para un nuevo artículo. En el último, publicado el domingo en que el Evangelio contemplaba las Bienaventuranzas, no mencioné este pasaje porque mi tema era otro. Un lector amigo me envió esta amable sugerencia: “Espero que no te olvides de hablar de las bienaventuranzas”. Sigo su consejo, pero pondré el acento en el término “felicidad” más que en su sinónimo “bienaventuranza”, porque lo considero más atractivo.
¡Felicidad!: palabra mágica que, con solo oírla, despierta ya como un pálpito anhelante de paz, gozo y bienestar. Explicar su esencia y raíces últimas ha ocupado las mentes más preclaras, desde los filósofos griegos a nuestros días. Y como razón y fe van de la mano, no está de más recordar qué ha dicho al respecto lo mejor de la sabiduría griega.
Aristóteles, para explicar la naturaleza de la “eudaimonía”, que así llama a nuestro término felicidad, expone una rigurosa argumentación en torno a los bienes que perseguimos buscando ser felices. Cada uno de esos bienes tiene razón de fin cuando actuamos, pero exigen una necesaria subordinación entre ellos. Entonces, si esa cadena de fines-bienes no tuviera un eslabón inicial como primerísimo principio y fundamento de todo bien y la felicidad, quedaría en el aire la razón última de mi actuar aquí y ahora. Concluye que la “eudaimonía” es el bien supremo, definitivo del hombre y, por tanto, un estado de plenitud interior, permanente, fruto de una vida conforme al ejercicio del bien, es decir de las virtudes.
A esa conclusión del estagirita, la luz de la fe añade que tal bien supremo se identifica con Dios. Las tres Personas divinas en su convivencia y mutua donación amorosa, son la misma e infinita felicidad, fuente originaria de toda otra. Es lo que afirma el Catecismo de la Iglesia en su primer número, donde leemos: “Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad creó libremente al hombre para hacerlo partícipe de su propia vida bienaventurada.” Dios nos quiere felices como lo es Él mismo en su Trinidad de Personas, en la plenitud de su vida eterna de amor.
El deseo natural de felicidad y su universal sentimiento, lo señala también el Catecismo: “Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia él, el único que lo puede satisfacer” (CIC 1718). Este mismo número recoge la experiencia de otro gran filósofo, san Agustín, con palabras que nadie negará: “Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada (S. Agustín, mor. eccl. 1,3,4).”
Con las precedentes pinceladas filosófico-teológicas, se entiende bien que el Señor, en el inicio mismo de su predicación, haya querido recordarnos los caminos que conducen a la verdadera felicidad, porque eso son las bienaventuranzas. Muestran las actitudes o comportamientos de sus discípulos y de cuantos deseen participar de la felicidad y santidad divinas, ya desde ahora, aunque su cumplimiento definitivo tenga lugar en la vida eterna.
Pero es en este punto donde aparece lo llamativo y paradójico del tesoro, al oír estos enunciados: “Bienaventurados los que lloran, los que padecen persecución…, bienaventurados cuando os injurien, os persigan (…) Alegraos y regocijaos…” (Mt 5, 4.10.11) Es inevitable preguntarse: ¿puede ser camino de felicidad el llanto?, ¿el sufrir persecución…?, ¿el ser pobres de espíritu…? En síntesis: ¿cabe alegría y regocijo en realidades que me hablan de ser blanco de injurias, de sufrimiento y dolor? ¿Dónde está la clave que descifre la paradoja de semejante tesoro de felicidad?
Se despejan los interrogantes si entendemos que los comportamientos de las bienaventuranzas se han de asumir por un fin bueno, aunque resulte costoso su ejercicio. Así sucede también con el esfuerzo de los atletas para alcanzar metas preciosas. En el caso de las bienaventuranzas, además, a estas naturales motivaciones -como en el sencillo ejemplo de los atletas-, hay sobre todo una razón superior que es el amor de Dios. Y así, preferir siempre este amor antes y por delante de los bienes materiales, reporta una felicidad que esas cosas. por muchas que se posean, son incapaces de dar: es el caso de los “pobres de espíritu”. O la actitud de quien da la cara sin ocultar su fe, le llena de paz, aunque su valentía le reporte persecución e injurias e incluso la muerte, como testimonian los mártires. O la conducta de quien, al ser objeto de tratamiento injusto, reprime su irritación para no responder con la misma moneda, le hace sereno, dominador de los acontecimientos y no esclavo de ellos: es la felicidad de quien está por encima de los poderes del mundo, que Jesús adjudica a quien practica la mansedumbre: “Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra” (Mt 5, 5)
De modo análogo, el no ceder ante el espejismo de una falsa felicidad prometida por las riquezas materiales, o el no dejarse seducir por impurezas que degradan el corazón, o el compadecerse de los misericordiosos ante las penurias del prójimo, etc., son comportamientos queridos por Dios y hacen bienaventurados a quienes los practican. Por el contrario, las rebeldes conductas frente al amor de Dios conducen a la amargura e infelicidad, como vemos que sucedió con el pecado original de nuestros primeros padres. No está fuera de lugar sacar a relucir este hecho, como ahora explicaré.
En efecto: al principio mismo del Catecismo donde, según hemos visto, se nos habla de Dios como fuente y reclamo de felicidad, enseguida se recuerda que un pecado truncó ese plan, inicial, aunque Dios-Padre lo recuperaría con la encarnación de su Hijo; así, leemos: “Convoca (Dios-Padre) a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En él y por él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo (…), los herederos de su vida bienaventurada”. Jesús con su enseñanza de las bienaventuranzas restablece las promesas de felicidad verdadera, frente a las falsas prometidas por los cantos de sirena que incitan al pecado.
Aquella falsa bienaventuranza presentada por el demonio “padre de la mentira” (Jn 8, 44), con el atractivo “seréis como dioses” con que tentó a Adán y Eva, rezumaba promesas de felicidad; pero bien sabemos que abrió la puerta a todas las desventuras. Contrariamente, Jesús nos ha propuesto los ocho caminos de las bienaventuranzas, como verdaderas promesas de paz y felicidad, encarnándolas personalmente, porque “configuran el rostro de Cristo y describen su caridad” (CEC 1717). Nos invita a vivirlas como Él lo hizo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis paz para vuestras almas” (Mt 11, 29)
Dos últimas consideraciones, como ecos espirituales de todo lo anterior. Una, de san Josemaría, reflejando la continuidad entre la búsqueda de la felicidad cristiana en este mundo y su plenitud gloriosa: “Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra.” (Forja 1005), es decir quienes lucharon por vivir las bienaventuranzas. Y la otra, de san Agustín: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». (Confesiones L. 1, 1). Seguro que Aristóteles, de haberlas conocido, las habría suscrito.
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