Tribunas

Familias 2026: ¿Gente buena haciendo lo malo? (1)

 

 

Antonio-Carlos Pereira Menaut


El Papa León XIV en la Misa por el Jubileo de las familias,
niños, abuelos y ancianos (1 de junio de 2025).
(@Vatican Media)

 

 

 

 

¿Quiere eso insinuar que las buenas familias contribuyen indirectamente al mal? ¿Tal vez mejor rotular “Gente buena haciéndole el juego al mal”? Veamos.

La vida real de las familias buenas con hijos es la que es. Que el turbocapitalismo y la tecnología disuelven todo, desde las relaciones personales hasta los refranes, es sabido. Que se ha perdido la alegría, también. Nuestras familias viven en el mundo real —no hay otro— y responden a sus características; mal podrían responder a otras. Quizá hayan aceptado sin crítica la tecnología que hay (y la que viene), los trabajos que hay, la visión de familia que hay, las leyes que hay, la economía que hay. No vivimos en burbujas.

En los últimos 50 años ese mundo ha ido alejándose de lo cristiano y, últimamente, de lo humano. Como partíamos de que Occidente era razonablemente bueno —y, más o menos, lo era—, la rana no notó que el agua se calentaba, y aún hoy, 2026, mantenemos aquella presunción genéricamente favorable a lo nuevo, sea tecnología, economía o cultura. Aunque ya estamos en un mundo post-occidental, mucha gente buena y cristiana sigue hablando como cuando las películas eran Ben Hur y Los Diez Mandamientos. En este mundo, que ya es otro —es otro, aunque la corrección política siga hablando del Occidente de siempre; comparémonos con España en 1980—unos vientos inmisericordes azotan a las familias, que viven en unas condiciones mucho más duras que vivíamos 50 años atrás, aunque nuestros ingresos y consumo fueran menores. No es sólo la guerra a la familia —que no falta— sino cuestiones en principio neutras, a menudo desapercibidas, que acaban dificultando la buena vida familiar.

Ejemplo: la cúspide de la pirámide familiar no deben ser los hijos sino los padres (J. Presas). Como me dijo una vez el gran profesor y sacerdote don Amadeo de Fuenmayor, “los hijos están bien cuando los padres están bien”. No cuando tienen muchas actividades extraescolares, grandes expectativas profesionales, gran nivel de inglés, máximo consumo; sino cuando viven en familias integradas, con hermanos, primos, amigos y fuertes relaciones interpersonales, y, repitamos, si sus padres están bien y se quieren. Esta inversión de la pirámide puede sonar contraintuitiva, pero no pasa sólo en la familia: también en una universidad lo más importante son los profesores.

 

¿Etapas, situaciones o eslabones?

«Los padres son para los hijos», dice el dicho. Sí, pero también los hijos son para los padres; si suena políticamente incorrecto, lo siento; lo contrario está disolviendo la sociedad humana. No es cuestión de que los hijos vivan para los padres, cosa imposible; es cuestión de cómo son las familias: ¿etapas o eslabones?

Hubo un anuncio de relojes que decía: “You never really own a Patek Philippe; you merely pass it down to the next generation” (y así esperaban vender; qué tiempos). Dice Tim Ingold (The Rise and Fall of Generation Now, 2024) que las familias deben ser como cuerdas, compuestas de cordeles más finos que se entrelazan y que, además, continúan. No deben ser como niveles, aislados por arriba y por abajo. Ni —cabe añadir— etapas con un claro antes y después. “Divorciado, y con mi hija ya mayor, me prejubilo y viviré dando conferencias en otros países”: ilustración perfecta de la familia como una etapa acabada que deja paso a otra nueva.

Eso pasaba antes en las películas americanas; ahora, sucede también aquí. Como si las familias fueran una situación de las sucesivas que uno pasa hasta por fin irse a la residencia de ancianos: infancia-Generation Now-residencia-cementerio. En esa «familia como situación» no encontrarán fácil acomodo ni niños ni viejos. Éstos, por su parte, se relacionan poco. “Esta separación entre jóvenes y viejos es ... una de las grandes tragedias de la era moderna” (Ingold). Adiós a “ya me decía mi abuela”; a la auctoritas del abuelo; a «los padres educan y los abuelos maleducan», porque muchos buenos padres apenas exigen. Los abuelos ven poco a sus nietos, y muchos hijos desaprueban que les riñan. Tampoco esto es excepcional: así como, en la escuela, los padres se pusieron del lado de los chicos, y no de los maestros, en la familia se ponen del lado de los hijos, no de los mayores. Así, los abuelos de hoy, incluso los muy implicados, que cargan con las mochilas de sus nietos, influyen poco en ellos. Y si poco influyen, poco los educarán.

Aun siendo la infancia y la vejez dos fases ineludibles de toda vida humana, la vida con niños y viejos es ahora un problema. Guarderías infantiles y residencias de ancianos: niños y viejos, fuera de la vida familiar. Se ha cortado “por la fuerza, y a veces brutalmente, la cuerda del engendramiento, [separando] a los niños de la compañía de sus mayores, siempre en nombre del progreso” (Ingold). Después, los viejos son visitados, incluso con mucho cariño, pero al no convivir en familia, la cuerda de Ingold, el eslabón de la cadena de las generaciones, se debilita. Una vez en la residencia, se acabó la vida familiar. Pero como educamos más por lo que somos que por lo que decimos, si no hay convivencia no hay educación.

Una pregunta. ¿Cuántos ancianos envejecen hoy en sus familias, no siendo numerarios del Opus Dei?

 

 

Antonio-Carlos Pereira Menaut
es profesor de Derecho
y autor de La Sociedad del Delirio