Opinión
21/04/2026
La abuela de Ana Iris Simón
José María Alsina Casanova
El otro día, un amigo me recomendó escuchar una entrevista que le habían hecho a la periodista de El País, Ana Iris Simón. Me interesó conocerla más a fondo porque me había impresionado su último artículo sobre lo ocurrido en torno a la eutanasia de la joven Noelia.
La entrevista no tiene desperdicio https://www.youtube.com/watch?v=fLofozlzAIs. Ana Iris habla con el corazón en la mano y se adentra sin reservas en su proceso de conversión y en su encuentro con Cristo.
Habla de su familia: la paterna, de marcado carácter ateo y anticlerical; y la materna, de tradición religiosa, en la que destaca de manera especial la figura de su abuela. Cuando Ana tenía nueve años y estaba a punto de recibir el bautismo y la primera comunión, su abuela falleció. Su recuerdo, sin embargo, ha dejado una huella profunda e indeleble en su vida.
Con el paso del tiempo, la propia Ana Iris reconoce sin rodeos: «Si ella creía en Dios y yo creía en mi abuela —para mí el mejor ser humano que ha existido y sigue existiendo en mi memoria—, entonces aquello debía de ser verdad». Resulta significativo que, entre influencias tan diversas como las del entorno familiar paterno, el ambiente cultural de su juventud o una sociedad cada vez más secularizada, fuera precisamente la fe sencilla de su abuela María, natural de Castuera (Extremadura), la que marcara de forma decisiva su camino.
El testimonio de Ana Iris me trajo a la memoria la meditación que el papa Benedicto XVI ofreció el 11 de octubre de 2010, con motivo de la inauguración de la Asamblea General del Sínodo dedicada a las Iglesias Orientales. En aquella ocasión, el Papa se refería a la fuerza de las ideologías modernas, a las que llegó a describir como «divinidades» que amenazan con desfigurar nuestro mundo.
A partir del pasaje del Apocalipsis sobre el dragón y la mujer, Benedicto XVI señalaba cómo esas corrientes dominantes —que se presentan como la única forma racional de entender la realidad— intentan arrinconar la fe. Sin embargo, añadía que la «tierra que absorbe el río» es precisamente la fe de los sencillos, capaz de resistir sin estridencias y de custodiar lo esencial.
Con gran lucidez, Benedicto XVI describía el recorrido de las ideologías de corte racionalista, con las que en los últimos tiempos se ha intentado socavar los fundamentos de la fe, tanto desde fuera como desde dentro de la Iglesia. Frente a este diagnóstico, proponía el remedio evangélico, siempre vigente: la fe de los sencillos.
En esta misma línea, surge también el recuerdo del papa Francisco en el primer aniversario de su muerte. Uno de los rasgos más destacados de su pontificado ha sido el lugar central que otorgó a la fe de los humildes, a la que definió como «verdadera espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos», elevándola a la categoría de «verdadero lugar teológico» (Evangelii Gaudium, nn. 124 y 126).
Desde esta perspectiva, resultan especialmente elocuentes las palabras que dirigió a los «sabios y entendidos de este mundo» en su última encíclica, Dilexit nos, sobre el Corazón de Jesús: «Que nadie se burle de las expresiones de fervor creyente del santo y fiel Pueblo de Dios que, en su piedad popular, busca consolar a Cristo» (n. 160). Y, en continuidad con esta idea, añadía: «Invito a todos a preguntarse si no hay más racionalidad, verdad y sabiduría en ciertas manifestaciones de ese amor que busca consolar al Señor que en los actos de amor fríos, distantes y calculados de quienes pretendemos poseer una fe más reflexiva, cultivada y madura» (ibid.).
En la abuela de Ana Iris se encarnan de forma sencilla y luminosa estas enseñanzas de Benedicto XVI y del papa Francisco. Su testimonio invita a una reflexión serena: las ideologías que parecen imponerse no tienen la última palabra. La fuerza discreta del Evangelio, vivido con autenticidad por los humildes, sigue abriéndose camino en la historia. Conviene, por ello, volver la mirada hacia esa escuela silenciosa de fe —la de los sencillos—, donde, en medio de la discreción de lo cotidiano, se custodia y se transmite lo esencial que puede sostener la fe de las generaciones futuras.