Divide y vencerás

 

 

02/05/2026 | por Grupo Areópago


 

 

 

 

 

 

Hay estrategias que no pasan de moda. No necesitan actualizarse, ni reinventarse. Basta con aplicarlas con paciencia. Una de ellas es tan sencilla como eficaz: dividir. Dividir para debilitar. Dividir para enfrentar. Dividir… para vencer. Y lo preocupante no es que exista. Lo verdaderamente preocupante es que funcione.

Porque, si somos sinceros, basta asomarse un poco a cualquier conversación —también dentro de la Iglesia— para darse cuenta de que algo se ha roto. O, al menos, se está resquebrajando. Nos hemos acostumbrado a sospechar. A juzgar rápido. A opinar antes de escuchar. Y casi sin darnos cuenta, hemos convertido la crítica en un reflejo automático.

Si alguien habla, se le examina. Si calla, se le cuestiona. Si actúa, se le interpreta. Y si no encaja en lo que esperábamos… se le descarta. Da igual quién sea: un obispo, un sacerdote, un laico comprometido. La conclusión muchas veces ya está decidida antes de empezar.

Y entonces ocurre algo muy serio. Que empezamos a mirarnos no como hermanos, sino como sospechosos. Y eso, aunque no lo digamos en voz alta, va erosionando por dentro la comunión. Porque una cosa es la crítica —necesaria, sana, incluso evangélica cuando nace de la verdad y la caridad— y otra muy distinta es instalarse en la desconfianza permanente. Eso no construye. Eso desgasta. Eso divide.

Y aquí es donde conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿No estaremos equivocándonos de objetivo? Mientras discutimos entre nosotros, mientras analizamos cada gesto, cada palabra, cada decisión… ¿qué está pasando con lo esencial? ¿Dónde queda Cristo en medio de tanto ruido? ¿Dónde queda la misión? ¿Dónde queda el anuncio del Evangelio?

Porque hay una trampa sutil en todo esto. Cuando la atención se desplaza constantemente hacia lo que otros hacen mal, dejamos de preguntarnos por lo que nosotros estamos llamados a vivir. Y así, poco a poco, la fe se convierte más en un análisis que en una vida. Más en un juicio que en un encuentro.

“Divide y vencerás”. Funciona también dentro. Si logramos desconfiar unos de otros, ya no hace falta mucho más. La comunión se debilita sola. La misión se enfría sola. La Iglesia pierde fuerza… desde dentro.

Y, sin embargo, ser Iglesia nunca ha sido esto. Ser Iglesia es caminar juntos, incluso cuando no pensamos igual en todo. Es sostenernos, incluso cuando vemos límites. Es querer a la Iglesia real —no la ideal—, con rostros concretos, con historias concretas, con fragilidades concretas.

También con nuestros pastores. No porque sean perfectos, sino precisamente porque no lo son. Porque son hombres llamados, como nosotros, a una misión que les supera. Y quizá hoy lo verdaderamente contracultural no sea criticar —eso lo hace todo el mundo— sino algo mucho más exigente: mirar sin prejuicio, escuchar de verdad, y reconocer que la realidad es más compleja que nuestros esquemas.

Quizá hoy lo más evangélico sea reconstruir la confianza. No una confianza ingenua, sino una confianza trabajada, consciente, que sabe ver límites sin convertirlos automáticamente en condena. Porque si todo se convierte en sospecha, si todo se reduce a juicio, si todo se filtra desde la desconfianza… ¿qué tipo de Iglesia estamos construyendo? Y, sobre todo, ¿quién sale ganando con una Iglesia dividida?

Frente a la lógica del “divide y vencerás”, el Evangelio propone otra mucho más difícil… y mucho más fecunda: permanecer, unir, cuidar la comunión. Porque al final, la verdadera victoria no está en tener razón, sino en permanecer unidos en Aquel que es la Verdad.

 

Enrique del Álamo González
Vicario Episcopal para Laicos, Familia y Vida

 

 

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