El lado oscuro de la luna

 

 

11/05/2026 | por Grupo Areópago


 

 

 

 

 

 

Es en la Edad Moderna donde las relaciones entre religión y ciencia comienzan a tomar caminos diferentes. En este momento, aparece una nueva cosmovisión que se aleja de la verdad revelada a otra basada en el empirismo, lo cual suponía poner en duda los principios tradicionales de fe. Este camino, así y todo, es ya en la edad contemporánea cuando se bifurca sin solución. La ciencia es especializa en materias y los grandes pensadores con la razón por bandera rechazan la creencia en Dios por considerarla sobrenatural. Los grandes debates sobre racionalización crean un clima de secularización cada vez más elevado y el hombre comienza a alejarse de su creador.

Es cierto que desde el siglo XIX hasta nuestros días la ciencia ha conseguido avances inconcebibles en tiempos anteriores. Teorías como la de la ¨Evolución de las especies¨ de Darwin, avances en el campo de la Física con nuestras concepciones de la materia, el tiempo y el espacio, experimentos en el ámbito de la biología acerca del conocimiento de la vida o estudios en la disciplina matemática después aplicables a sectores tan útiles como la ingeniería.

Pero si existe un ámbito realmente sorprendente en todo este proceso científico, este es sin duda el espacial. Que un ser humano pueda ser capaz de trasladarse al espacio exterior supuso y sigue suponiendo un gran hito para la ciencia en general y la astrofísica en particular. Desde que la antigua URSS, en 1957 pusiera en órbita el primer satélite artificial cuyo nombre, ¨Sputnik¨, ya ha pasado a la historia o desde que Neil Armstrong en 1969 pisara por primera vez la luna muchos han sido los viajes interestelares y muchos los descubrimientos que en ellos se han realizado. Además, ¨la conquista del espacio¨, como siempre se ha denominado a todo este proceso, no únicamente era una evolución científica natural, su repercusión iba más allá, afectando a aspectos filosóficos y teológicos. Se trataba de ser conscientes del nuevo papel que la identidad humana jugaba en este nuevo juego en el que ampliar el conocimiento sobre el universo podía suponer una nueva posición de superioridad para el hombre. La razón triunfaba sobre la fe y conducía al ser humano a la victoria.

En estos últimos días cuando la estación espacial ¨Artemis II¨ se encuentra en plena misión espacial en el que será el viaje en el que el ser humano va a llegar a estar más lejos de la tierra, en el momento cumbre en el que se alcanza ¨la cara oculta de la tierra¨, ese lugar que la tradición popular atribuye a lo desconocido, el astronauta Víctor Glover no habla de sensaciones ni de victorias, ni siquiera de aspectos técnicos. Su único mensaje es el mensaje de Cristo de¨ amar al prójimo como a ti mismo¨.

Justo en este momento el paradigma del científico ateo se cae por si solo, siglos de conflicto y controversia entre ciencia y fe se van al traste y el ser humano, tan cerca de la luna, ese astro que entendemos como cambiante, seguramente una metáfora perfecta de nuestra misma naturaleza, es consciente de su propia pequeñez y entiende que la ciencia que le ha llevado hasta allí no es nada sin una fe que la sustente en sus pilares fundamentales. Entiende, como diría San Pablo, que puede ser capaz de realizar las mayores proezas pero que sin amor nada valen. Quizás debíamos ir al ¨lado oscuro de la luna¨ para entenderlo.

 

 

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