Opinión

Una Iglesia que necesita recuperar la alegría

 

 

Sancho Michell, Abogado y Diplomático

Procesión de San Francisco de Asís en Santander.
Foto: Perfil de Instagram de la Cofradía de los Dolores.

 

 

 

 

 

Esta mañana he asistido a Misa en la iglesia de San Francisco de Santander y, posteriormente, como miembro de la Cofradía de los Dolores, he tenido el honor de portar la imagen de San Francisco en procesión por las calles de nuestra ciudad.

Debería haber regresado a casa reconfortado. Sin embargo, lo he hecho preocupado y, sobre todo, triste.

No por mi fe. Ni mucho menos. Quizá tampoco sea justo juzgar una realidad tan compleja por una celebración concreta. Pero hay días en los que una experiencia aparentemente cotidiana sirve para hacerse preguntas que llevan demasiado tiempo esperando respuesta.

La de hoy ha sido una celebración extraordinariamente larga, pesada, oscura y, a mi juicio, muy poco estimulante. Una de esas ceremonias en las que la solemnidad termina confundiéndose con la tristeza; el recogimiento, con la pesadumbre; y la tradición, con una forma de hacer las cosas que parece haber olvidado preguntarse si todavía consigue transmitir aquello que pretende celebrar.

Y entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿qué futuro le espera a la Iglesia católica en España si somos incapaces de transmitir la alegría de ser cristianos?

Porque el cristianismo no puede consistir únicamente en penitencia, sufrimiento, culpa y dolor. Todo ello forma parte, naturalmente, de una tradición espiritual profunda y de una concepción trascendente de la existencia. Pero el Evangelio también habla —y mucho— de esperanza, de encuentro, de comunidad, de amor, de perdón y, en definitiva, de alegría.

Uno debería acercarse a Dios y salir de una iglesia sintiéndose mejor, no más abatido.

Y no estoy defendiendo convertir la Misa en un espectáculo, ni sustituir la liturgia por entretenimiento, ni acomodar la fe a las modas de cada momento. Sería un error. Una cosa es actualizar el lenguaje y otra muy distinta banalizar el mensaje. La Iglesia tiene una tradición, una doctrina y unos ritos cuya profundidad merece ser preservada.

Pero solemnidad no significa tristeza. Tradición no significa inmovilismo. Y recogimiento no debería significar aburrimiento.

Quizá una parte del problema esté precisamente ahí.

Durante décadas hemos escuchado hablar de secularización, pérdida de fieles, envejecimiento de las parroquias y escasez de vocaciones. La realidad vocacional española sigue ofreciendo luces, pero también motivos evidentes para la preocupación: en el último año contabilizado se produjeron apenas 58 ordenaciones sacerdotales en toda España.

Mientras tanto, nuestras iglesias envejecen.

Y, sin embargo, esta mañana había algo que llamaba poderosamente la atención: la presencia de numerosos fieles procedentes de Latinoamérica y de otros países.

No es un fenómeno menor.

Quienes llegan a España desde Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador, República Dominicana, Filipinas, África o tantos otros lugares se están incorporando a nuestras comunidades cristianas algo que quizá nosotros hemos ido perdiendo poco a poco: naturalidad para expresar la fe, participación, alegría, sentimiento comunitario y ausencia de complejos.

No vienen a sustituir a nadie. Vienen, muchas veces sin pretenderlo, a recordarnos algo.

Y probablemente serán una parte fundamental del futuro del catolicismo español.

También entre las vocaciones sacerdotales y religiosas la presencia de personas nacidas fuera de España es ya considerable. Es uno de esos fenómenos silenciosos que van transformando una sociedad mucho antes de que esta sea plenamente consciente de ello.

Tal vez dentro de veinte años muchas parroquias españolas tengan sacerdotes latinoamericanos, africanos o asiáticos. Y no habría nada extraño en ello. La Iglesia, por definición, es universal. Durante siglos España envió sacerdotes y religiosos por medio mundo; ahora puede ser España quien necesite recibirlos.

Pero el verdadero problema no es de nacionalidades.

La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿por qué nuestros hijos y nuestros jóvenes encuentran tan difícil sentirse atraídos por la Iglesia?

Sería demasiado cómodo responder que la sociedad ha perdido los valores, que los jóvenes ya no creen en nada o que vivimos instalados en el materialismo. Seguramente haya algo de todo eso. Pero quizá la Iglesia también tenga que preguntarse qué responsabilidad le corresponde.

No basta con lamentar que las iglesias se vacían. Hay que preguntarse por qué.

No basta con reclamar vocaciones. Hay que crear comunidades en las que pueda nacer una vocación.

No basta con pedir a los jóvenes que se acerquen. También habrá que preguntarse qué encuentran cuando finalmente entran por la puerta.

Hace apenas unos meses, durante la visita de León XIV a España, vimos algo muy diferente. Miles de personas —y particularmente muchos jóvenes— participando, celebrando y expresando públicamente su fe. Había solemnidad, pero también emoción. Había oración, pero también alegría. Había tradición, pero estaba viva.

Eso demuestra que el problema quizá no sea exclusivamente la falta de fe.

Puede ser también nuestra forma de transmitirla.

Una Iglesia del siglo XXI no necesita renunciar a sus principios para ser acogedora, luminosa y cercana. No necesita rebajar su mensaje. Probablemente necesite precisamente lo contrario: recuperar su esencia.

Porque el mensaje cristiano, antes que una colección de prohibiciones y penitencias, es una extraordinaria proclamación de esperanza.

Esta mañana, mientras portábamos la imagen de San Francisco por las calles de Santander, pensaba precisamente en ello. San Francisco de Asís consiguió hace ocho siglos transmitir el cristianismo desde la sencillez, la fraternidad, la cercanía a los pobres, el amor a la naturaleza y una alegría contagiosa.

Ocho siglos después, quizá continúe siendo una magnífica receta.

No sé cuál será el futuro de la Iglesia católica en España. Nadie puede saberlo. Pero sí tengo la sensación de que su futuro dependerá menos de conservar estructuras y mucho más de recuperar capacidad para emocionar, acoger e ilusionar.

Y en ese camino tendremos mucho que agradecer a quienes han llegado desde otros países y hoy llenan nuestras parroquias, participan en nuestras celebraciones y aportan a ellas una vitalidad que nosotros parecemos haber ido perdiendo.

Quizá no necesitemos una Iglesia menos profunda.

Quizá necesitemos una Iglesia menos triste.

Una Iglesia capaz de recordar que acercarse a Dios también debería ser motivo de alegría.

 

 

Sancho Michell
Abogado y Diplomático