Opinión

Holywins: la necesidad de otra mirada

 

 

Enrique Díaz-Barceló

Holywins en Valladolid.
Crédito: Twitter.

 

 

 

 

 

Volver a lo esencial en un mundo superficial no es una opción: es una necesidad imperativa.

Es 31 de octubre, víspera de Todos los Santos. Los niños, ya la tarde de ayer, se paseaban por las calles disfrazados de brujas, esqueletos, monstruos y calabazas pidiendo caramelos por los portales y comercios.

Es la noche de Halloween. ¿Debemos pararnos a reflexionar sobre ello? Creo que sí, sin duda.

El origen celta de Halloween queda muy lejos de la “fiesta” estadounidense que parece haber venido para quedarse. ¿Qué celebramos?

Casi parece que alabamos a la muerte. Los niños se disfrazan de personajes cargados de oscuridad. Se acercan a exigir un truco o un trato del que poco saben, más allá de que lo que desean es comer caramelos o chocolatinas. El dentista estará encantado, claro. ¿Pero cómo podemos haber caído en esta trampa? ¿Cómo hemos normalizado la veneración de una muerte oscura, olvidando la luz de la vida?

La muerte no es mala, no necesariamente. Gracias a Dios, las personas de fe la vemos como el paso a la Vida Eterna, el cruce necesario hacia la Gracia Divina del Padre. San Francisco de Asís ya hacía alabanza al Señor “por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar”.

Incluso el propio Dios, el Verbo encarnado en Cristo Jesús, vivió la propia muerte. Pero aquí radica la diferencia: lo hizo para resucitar al tercer día y acabar con la muerte para siempre. Nos dio la Vida, con mayúsculas. La vida ha vencido a la muerte con el sacrificio del Cordero de Dios.

No hay muerte que celebrar, la muerte ha perdido la batalla. La santidad ha vencido. Y por eso creo que debemos, desde las comunidades cristianas, tratar de alejarnos de esa ola consumista y materialista que llena los comercios de figuras de brujas y esqueletos, telarañas y murciélagos, vampiros y fantasmas, y regresar a la fuente de la vida. Regresar a la santidad. Por eso surgió Holywins.

En inglés, «holy» significa «santo». «Wins» significa «vence, gana». Lo santo vence. La santidad gana. Y esto es lo que considero que deberíamos celebrar: la victoria de la santidad contra la muerte y el pecado.

Hagámoslo con humildad, con reverencia y caridad. Con ese Amor de Jesús que dio su vida por cada uno de nosotros. Con esa fe en la Salvación. Con la esperanza de una Vida futura con el Padre, que es la máxima a la que podemos aspirar.

Me viene inevitablemente el recuerdo de las víctimas del reciente accidente de trenes en la provincia de Toledo. Decenas de personas que han perdido la vida en un instante. La desesperación de las familias, el profundo dolor de la pérdida, el desgarrador golpe de la muerte. Es inexplicable. Es terrible. Pero hay esperanza. Porque Dios nos llama sin que sepamos, en palabras de Jesús, el día ni la hora. Y aunque duela, aunque cueste hacerse a ello, aunque nos destroce por dentro lo más profundo de nuestro ser, Dios siempre está con nosotros.

Es en la comunión de los santos donde podemos acogernos al Padre en el Hijo a través del Espíritu. Y la comunión de los santos es precisamente lo que celebramos el 1 de noviembre. No solo a los santos que forman parte de las listas del canon, no. Todos los santos. También aquellos que estaban en el accidente. También nuestros seres queridos que han ido ya al Padre. Todos. Incluso aquellos que seguimos intentando vivir la santidad en este mundo terreno, con nuestras faltas y debilidades. Todos somos comunión. Todos estamos llamados a seguir un ejemplo de Vida, y no de muerte.

Por esto, esta tarde de Halloween yo celebraré Holywins. Celebraré que la santidad vence, disfrazándome de un santo. No quiero disfrazarme de ningún personaje de película de Tim Burton, sino de un santo de la Iglesia que sea verdadero ejemplo, alguien a quien imitar. Y tú también puedes hacerlo. Y pueden hacerlo todos los niños del mundo. Porque no debemos venerar la muerte, debemos mostrar que existen personas santas, que nos acompañan e interceden por nosotros.

Yo me disfrazaré de San Carlo Acutis, un santo con el que recientemente tengo mucha cercanía. Pero también podría disfrazarme de San Ignacio de Loyola, San Francisco de Asís, San Juan de la Cruz, San Antonio María Claret, San Juan Pablo II, San José, o cualquier otro. Hay tantos santos como carismas tiene la Iglesia, que es una comunidad diversa y que está viva. Invito a todos a celebrar esta fiesta de santidad, a recordar al mundo que la Vida ha vencido a la muerte.

Que se nos vea.