COMPARTIENDO DIÁLOGOS CONMIGO MISMO

 

EL SEGUIMIENTO LIBERADOR DE JESÚS

 

 

“LA TENTACIÓN DE LO MUNDANO: Uno tiene que negarse, descentrarse de intereses y centrarse en el sentimiento, bajarse del pedestal para situarse junto a Dios, revolviéndose contra sí y volviéndose próximo con el prójimo. Romper con el egoísmo ha de ser nuestro desvelo; y, el afán, esforzarse por coexistir en la verdad y en la bondad, en la justicia y en el querer. Alabemos al Señor y restablezcamos nuestra fortaleza en el donarse, no en un mundo roto por el pecado.”

 

 

 

Víctor Corcoba Herrero, Escritor | 29.08.2026


 

 

 

I.- EL CHOQUE DE RAZONES:
LA DEIDAD FRENTE A LO HUMANO

El plan redentor es un boceto augusto,
un diseño de lámpara que nos redime,
una necesidad divina que nos rescata;
no es un rumbo brutal que nos aplana,
sino la ejecución de un sutil propósito.

Todo desciende de la pasión de Cristo,
que nos asciende a la luz de Evangelio,
el único modo de comprender el dolor,
y de entender el nuevo sello guardián,
pues tras el sufrimiento brota el laurel.

El fin último es postrarse ante la savia,
como don sagrado y llevarlo a la cima;
pues nos nombraste a vivir en plenitud,
antes de que Satanás nos aleje de Dios,
y nos impida retornar a la estela eterna.

 

 

II.- LAS MARAÑAS DEL DISCIPULADO:
DEL NONES A CARGAR CON LA CRUZ

Negarse a sí mismo no es anonadarse,
sino levantarse de todos los tropiezos,
destronar al distintivo ego de su trono,
colocando a Dios en la médula de uno,
para expulsar lo inicuo de nuestro ser.

No hay mayor pena que atormentarse;
ni mayor tormento, que no reverenciar
lo que uno es para nuestro Libertador,
cuyo hálito reside dentro de nosotros,
unido al espíritu trinitario de ser todo.

Porque es el penitente en su penitencia,
el que no deja de alcanzar al Redentor,
pues al depositar en Cristo su proceder,
pierde el miedo y recupera el consuelo,
pues el alma está fervorosa de ti Señor.

 

 

III.- LA FEHACIENTE QUERENCIA:
NO EXISTE SIN SACRIFICIO

En esta caminata todo exige esfuerzo,
dedicación y entrega, hacer renuncias,
soportar sacrificios y abrir cautiverios,
pues como hijos del amor que somos,
sólo el amor da valor y gozo a la vida.

Vivamos para el Señor y reviviremos,
resurgiremos inscritos sobre su apego;
podremos saborear la alegría verídica,
al ver que nuestro peregrinar por estas
bajuras, no será estéril y será fecundo.

La viveza del crucificado y resucitado,
está ahí por siempre en la Santa Misa,
como alimento de pan y aliento de luz;
que María nos acompañe y nos ayude,
a no tener recelo en evocar el misterio.

 

 

Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
29 de agosto de 2026