Cartas al Director

 

Por un puñado de votos

 

Tiempos, costes y consecuencias de una medida que se presenta como humanitaria, pero cuyo calendario obliga a hacer preguntas incómodas

 

 

“La peor crueldad es prometer derechos sin ofrecer los medios para ejercerlos”

Michael Walzer

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 27.04.2026


 

 

 

 

Después de casi ocho años en el poder, el Gobierno ha aprobado la regularización de inmigrantes más ambiciosa desde 2005. La cifra oficial habla de 750.000 solicitudes previstas y hasta medio millón de beneficiarios. Es un número rotundo, tranquilizador en apariencia. Pero, como suele ocurrir en política, lo importante no es lo que se dice, sino lo que se deja fuera.

Porque esa cifra difícilmente será la final. Hay demasiados factores que empujan en sentido contrario: personas que ya están en España sin regularizar y no aparecen en los registros, inmigrantes que se encuentran en otros países europeos y ven aquí una vía más accesible, y, sobre todo, un efecto de atracción que no es una hipótesis futura, sino una realidad en marcha.

Porque esa cifra difícilmente será la final. Hay factores que empujan claramente al alza: la  ya anunciada llegada de inmigrantes en situación irregular procedentes de otros países europeos y ven en España una vía más accesible para regularizar su situación y, sobre todo, un efecto de atracción que no es una hipótesis futura, sino una realidad que ya está en marcha. Y, más adelante, la reagrupación familiar terminará de ampliar esa cifra, multiplicando el alcance real de la medida mucho más allá de lo anunciado.

Las propias fuerzas de seguridad llevan tiempo alertando de rutas activas y organizadas que se adaptan con rapidez a cualquier oportunidad. Cuando un país anuncia regularizaciones amplias, el mensaje se entiende con claridad mucho más allá de sus fronteras.

Uno de los puntos más delicados del proceso es la verificación de antecedentes. En teoría, se exige que el solicitante no tenga condenas penales relevantes. Pero el problema no es solo cómo se comprueba, sino cómo está planteado el requisito desde el origen.

El decreto no establece como condición estricta e inexcusable la acreditación fehaciente de la inexistencia de antecedentes, sino que permite que esa verificación dependa, en gran medida, de la documentación disponible y de la capacidad de las administraciones para contrastarla. Y ahí es donde el sistema se vuelve vulnerable.

No todos los países cuentan con registros fiables ni con mecanismos ágiles de cooperación. En otros casos, la identificación del solicitante puede no ser completamente segura. El resultado es evidente: en determinados supuestos, la ausencia de antecedentes no significa necesariamente que no existan, sino que no han podido ser comprobados.

Este no es un problema menor. Es una consecuencia directa del diseño del procedimiento. Podría haberse reducido si se hubiera exigido como condición efectiva —no solo formal— la acreditación verificable de la inexistencia de antecedentes, dentro de lo que permite la realidad administrativa. No hacerlo introduce un grado de incertidumbre que, en un proceso de esta magnitud, no debería aceptarse como algo secundario. Porque en cuestiones de seguridad, la incertidumbre no es un detalle técnico: es el problema.

Y ese riesgo se agrava cuando se traslada a una administración que ya estaba al límite. Oficinas desbordadas, colas desde la madrugada, plazos que se alargan. No es una imagen aislada, sino la consecuencia de poner en marcha una medida de gran impacto sin reforzar los medios necesarios para gestionarla. Al final ocurre lo de siempre: quien toma la decisión no es quien soporta el desgaste. El Gobierno marca el rumbo; otras administraciones —muchas en manos de la oposición— cargan con la ejecución.

Ese contraste no necesita demasiadas explicaciones. Basta con mirar quién decide… y quién paga las consecuencias.

En ese contexto, la cifra oficial deja de ser un límite claro para convertirse en un punto de partida. Cuando las condiciones se interpretan con amplitud y la demanda crece, el número final tiende a expandirse. Y eso obliga a hacerse una pregunta sencilla: si en otros ámbitos las cifras anunciadas han acabado muy lejos de la realidad o, directamente, no se han materializado, ¿por qué esta vez habría de ser distinto?

El problema ya no es solo una cifra concreta, sino la credibilidad de quien la ofrece. Cuando se acumulan decisiones y declaraciones que chocan con la experiencia cotidiana o con los resultados efectivos, la distancia entre el discurso y la realidad deja de percibirse como un desajuste puntual. Se convierte en una pauta.

Y cuando esa pauta se consolida, la confianza se erosiona de forma inevitable: no porque el lector adopte una posición previa, sino porque empieza a apoyarse más en lo que ve que en lo que se le dice. En ese contexto, cada nuevo anuncio —incluidas las cifras de esta regularización— ya no se interpreta como un dato fiable, sino como una afirmación que exige ser puesta en duda.

No es una cuestión de interpretación. Es una cuestión de pérdida de credibilidad.

Y cuando la credibilidad se debilita, la atención se desplaza inevitablemente hacia los hechos. La respuesta empieza a vislumbrarse cuando se observa el momento elegido. Esta medida no se aprobó cuando el Gobierno tenía mayor margen político ni cuando podía gestionar directamente sus efectos. Llega ahora, con un mapa territorial adverso y unas elecciones en el horizonte. Y eso no es un detalle menor. En política, el cuándo es tan importante como el qué.

El Ejecutivo habla de justicia social y coherencia ética. Son argumentos legítimos. Pero el momento en que se invocan también forma parte del análisis. Cabe preguntarse por qué esa urgencia moral no apareció antes, cuando el coste político era menor. Porque cuando la ética coincide de forma tan exacta con la conveniencia, la sospecha deja de ser una exageración para convertirse en una pregunta razonable.

Ahora bien, más allá de las intenciones, hay una cuestión de fondo que no puede ignorarse. Regularizar a quienes llevan años viviendo en la irregularidad tiene un fundamento humanitario evidente. Negarlo sería absurdo. Pero gobernar no consiste solo en invocar principios; consiste en hacerlos posibles. Un país tiene una capacidad real de integración, y esa capacidad es limitada. Ampliarla exige recursos, tiempo y planificación. No basta con aprobar un decreto.

Si esos recursos no existen o no se ponen a disposición del sistema, los derechos dejan de ser una solución para convertirse en una promesa incierta. Y las promesas incumplidas tienen un efecto corrosivo: generan frustración, agravio comparativo y, en último término, conflicto.

Y cuando ese conflicto se instala, sus efectos no se quedan solo en lo social. A partir de ahí, el análisis entra en un terreno más incómodo. No se trata de afirmar que una medida como esta altere de inmediato el resultado de unas elecciones. Pero sí de reconocer que tiene efectos en el tiempo. Amplía el número de personas que, en el futuro, podrán participar en ellas. Y es razonable suponer que quienes se benefician de una decisión política tienden a valorarla positivamente. No es conspiración. Es comportamiento humano.

Pero más allá de ese efecto a medio plazo, hay otro inmediato. En el corto plazo, la medida responde a una lógica política sencilla: moviliza a la base propia y coloca a la oposición ante un dilema del que es difícil salir indemne. Critique o apoye, pierde algo. Y en ese terreno, el desgaste político se vuelve inevitable, porque las consecuencias empiezan a hacerse visibles.

A eso se suma otro elemento que no conviene ignorar: la reacción de quienes operan al margen de la ley. Las mafias que trafican con personas no se mueven por discursos, sino por incentivos. Cuando perciben que un país abre procesos de regularización amplios, adaptan su actividad. Aumentan los flujos porque aumenta la expectativa. Es un mecanismo conocido, documentado y, en la práctica, muy difícil de contener.

Esto no invalida el fundamento humanitario de la medida, pero sí obliga a mirar sus efectos de frente. Y esos efectos no son solo económicos o administrativos, sino también sociales. En barrios donde los servicios ya están tensionados —a menudo los de menor renta y mayor fragilidad social—, la percepción de competencia por recursos escasos puede convertirse en malestar.

Llegados a este punto, el problema deja de ser técnico y se vuelve político en el sentido más pleno. Ampliar derechos es una decisión legítima. Sostenerlos es una obligación material. Entre ambas cosas hay algo que no puede sustituirse con discurso: capacidad real.

Gobernar no es solo querer el bien, sino hacerlo posible sin romper los equilibrios que lo sostienen. Cuando ese principio se ignora, las decisiones bienintencionadas pueden acabar produciendo efectos contrarios a los buscados.

Y es ahí donde esta medida muestra su verdadera dimensión: no por lo que promete, sino por las consecuencias que puede desencadenar.

Porque cuando el sistema no puede absorber la presión, los servicios se degradan y el malestar acaba encontrando una salida política. Y entonces, la decisión que hoy se presenta como solución empieza a formar parte del problema.

La experiencia es clara: cuando la supervivencia política se impone a la estabilidad, el resultado suele ser el mismo: más conflicto que solución.

La cuestión ya no es si la regularización es justa en abstracto. Es si está bien diseñada, en el momento adecuado y con los medios necesarios. Y, sobre todo, si responde al interés general o a una lógica de corto plazo.

Porque gobernar no consiste en sumar gestos, sino en asumir consecuencias. Y cuando esas consecuencias se trasladan a otros, el problema deja de ser una medida concreta para convertirse en una forma de ejercer el poder: concentrar el aplauso, repartir el coste y tener siempre a mano a quien culpar cuando las cosas se tuercen.

Fuera de los despachos, la realidad sigue su curso. Los flujos no esperan, los servicios no se expanden por decreto y las tensiones no se disuelven con discursos. La política puede ignorarlo durante un tiempo. Pero la realidad no.

Porque al final, más allá de cifras y relatos, queda una verdad elemental: no hay decisión sin consecuencias.

Y cuando esas consecuencias afectan a la cohesión social, a la calidad de los servicios y a la confianza de los ciudadanos, el precio no lo paga quien decide. Lo paga el país entero.

Por un puñado de votos.

 

 

César Valdeolmillos Alonso