Cartas al Director
La cuerda tensada
Cuando alguien anuncia que gobernará "de una manera o de otra", el ciudadano haría bien en preguntarse qué significa exactamente esa otra manera, y si el precio de saberlo no será demasiado alto.
“La historia no se repite, pero rima.”
Atribuido a Mark Twain,
y nunca más oportuno que cuando
el poder habla de futuro mientras mira de reojo al pasado.

César Valdeolmillos Alonso | 21.10.2026
Hay palabras que, pronunciadas en público, deberían encender una luz roja en la conciencia de quien las escucha. No por lo que dicen, sino por lo que dejan entrever. Cuando un dirigente afirma que continuará gobernando "si no es de una manera, será de otra", está dibujando un mapa donde la urna aparece como una estación de paso, no como el destino. Y el viajero, que es usted, merece saber qué tren va a tomar. Porque los trenes, a veces, descarrilan.
Faltan semanas para unas elecciones que muchos contemplan con la sensación del que mira un cielo cargado de nubes sin saber si traerán lluvia o piedra. El presidente del PNV, Aitor Esteban, ha expresado su inquietud ante un eventual Gobierno de PP y Vox, advirtiendo que "gente que ahora no se está preocupando de algunos temas, se va a preocupar". La frase tiene miga. ¿Quiénes son esos que ahora no se preocupan? ¿Qué temas son esos? ¿Y en qué consiste exactamente esa preocupación que se anuncia como quien promete una visita incómoda?
Mientras tanto, en la Asamblea de Madrid, la portavoz de Más Madrid, Manuela Bergerot, dejó caer una sentencia que no admite muchos adornos: "En las calles de Madrid no va a haber paz". Al día siguiente, lejos de rectificar, confirmó que no se arrepentía y explicó que no amenazaba, sino que constataba lo que ya existe en las calles. La distinción entre amenazar y constatar es, en política, una frontera que a veces se cruza sin que nadie mire el mapa.
Y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha manifestado su convencimiento de que seguirá al frente del Ejecutivo cuatro años más "si no es de una manera, será de otra". La frase, pronunciada con la naturalidad del que comenta el tiempo, plantea una pregunta que el ciudadano tiene derecho a formular: ¿cuál es esa otra manera? Porque en democracia, las maneras importan. Importan tanto que son, en realidad, casi todo.
El espejo de la Historia
Hay un libro que conviene tener presente, no como arma arrojadiza sino como espejo. Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García publicaron en 2017 un estudio titulado 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular. Su tesis central sostiene que la victoria del Frente Popular en febrero de aquel año estuvo inseparablemente unida a prácticas fraudulentas y a un clima de intimidación, y que al menos cincuenta de los doscientos cuarenta escaños obtenidos por la coalición serían "dudosos", fruto de urnas con más votos que votantes y actas adulteradas. El libro no está exento de críticas académicas: González Calleja y Sánchez Pérez, en un ensayo significativamente titulado "Revisando el revisionismo", discuten con datos contrastados tanto la magnitud decisiva del fraude como el peso real de la violencia, y señalan un factor que consideran prácticamente ausente en la obra: la amenaza de un golpe militar que condicionó las decisiones de Portela Valladares. El debate historiográfico sigue abierto, como debe estarlo todo debate honesto.
Pero el valor del libro, más allá de sus conclusiones, reside en lo que documenta: la descomposición del orden público antes de unos comicios, la acumulación de irregularidades, la sensación de que las reglas del juego se estaban doblando hasta quebrarlas. Y aquí conviene detenerse, porque la historia no se invoca para señalar culpables del pasado, sino para afinar la mirada sobre el presente.
Francisco Largo Caballero, en campaña para las elecciones de febrero de 1936, pronunció una frase que hoy se lee con escalofrío: "Si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la guerra civil declarada". Y añadió, por si quedaba alguna duda: "Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos". La continuidad histórica no exige que las circunstancias sean idénticas; basta con que el gesto se repita. Cuando un dirigente anuncia que gobernará "de una manera o de otra", la memoria del oído entrenado evoca aquel "de una manera o de otra" que precedió a la ruptura de la convivencia.
¿Se está repitiendo el pasado?
Y hay un detalle que es preciso no pasar por alto, porque ilumina esa frase con una luz que incomoda. Pedro Sánchez no ha llegado a la secretaría general del PSOE una sola vez. Ha ganado primarias internas en tres ocasiones: en 2014, frente a Eduardo Madina y Antonio Pérez Tapias; en 2017, después de haber sido defenestrado por el Comité Federal y de recorrer el partido pueblo a pueblo para recuperar un liderazgo que le habían arrebatado, imponiéndose a Susana Díaz y a Patxi López; y en 2021, cuando fue ratificado sin rival al frente de la organización. Quien ha aprendido a sobrevivir políticamente atravesando tres veces el desierto de su propio partido, quien conoce el mecanismo de las primarias como el náufrago conoce las corrientes, sabe algo que el votante común tal vez no sospeche: que las reglas se pueden tensar hasta el límite sin romperlas, y que a veces basta con tensarlas lo justo para que el resultado cambie sin que nadie pueda señalar el momento exacto en que se quebró la cuerda. Cuando esa persona dice "de una manera o de otra", el ciudadano tiene motivos sobrados para preguntarse cuántas maneras ha ensayado ya, y cuántas le quedan por ensayar.
La filosofía política ofrece una brújula útil. John Locke, en su “Segundo tratado sobre el gobierno civil”, sostuvo que el poder político legítimo se funda en la confianza de quienes lo otorgan, y que cuando esa confianza se traiciona, el pueblo tiene derecho a retirarla. La urna es el instrumento de esa retirada. Pero la urna solo funciona si quienes depositan el voto creen que el resultado será respetado. Cuando esa creencia se resquebraja, el edificio entero cruje. No hace falta ser un lince para advertir que un dirigente que anuncia su continuidad "de una manera o de otra" está poniendo a prueba la solidez de esa creencia.
La psicología social añade otra capa. El ser humano tiende a interpretar los hechos de manera que confirmen sus convicciones previas, un fenómeno que los investigadores llaman sesgo de confirmación. El votante de izquierdas leerá las palabras de Sánchez como la expresión de una voluntad firme de continuar un proyecto. El votante de derechas las leerá como la confesión de un propósito de aferrarse al poder por cualquier medio. Ambos tienen razones para sentir lo que sienten. Pero la democracia no se sostiene sobre la coherencia de nuestras lecturas, sino sobre la existencia de un árbitro aceptado por todos: la urna. Y la urna, como el péndulo, solo funciona si nadie lo empuja con la mano.
¿Hasta cuándo el soporte del franquismo?
Hay otro asunto que planea sobre estas elecciones con la gravedad de una losa. La llamada Ley de Nietos, que ha permitido la nacionalización de cientos de miles de descendientes de exiliados que salieran de España entre el 18 de julio de 1936 y el 31 de diciembre de 1955, está suspendida cautelarmente por el Tribunal Supremo en lo que respecta al derecho de voto de quienes se acogieron a una instrucción ampliatoria del Ministerio de Justicia. El Defensor del Pueblo ya ha presentado un recurso que los letrados del propio tribunal consideran prematuro, porque el Supremo aún no ha dictado sentencia firme sobre el fondo. El resultado de ese pulso judicial puede alterar el censo electoral a semanas de la cita con las urnas. Y cuando el censo se mueve, la confianza se tambalea. No se trata de que unos u otros tengan razón en el laberinto jurídico; se trata de que el ciudadano común, el que no distingue entre una disposición adicional y una instrucción ministerial, percibe que algo se está manipulando en la cocina del proceso. Y esa percepción, justificada o no, es el combustible de todas las hogueras.
No encendamos la mecha
Porque el fuego, cuando prende, no distingue de siglas. Lo que ocurre en Francia debería servir de aviso sin necesidad de subtítulos. Lo que comenzó como una protesta estudiantil en un instituto de París derivó en un movimiento nacional con edificios públicos incendiados, comercios saqueados y toques de queda parciales ordenados por el primer ministro. En Milán, una jornada de huelga terminó con la estación central asaltada, sesenta agentes heridos y veintitrés de ellos trasladados al hospital. La mecha puede ser cualquier cosa: una reforma educativa, un precio de la vivienda, una decisión judicial. Lo que importa no es la chispa, sino la sequedad del terreno. Y el terreno español, a fuerza de polarización, de descalificaciones y de un ruido que no cesa, está no seco: reseco.
Jonathan Swift, en su Modesta proposición, demostró que la ironía más corrosiva es la que se viste de lógica impecable. Hoy los anuncios de "preocupación" y las promesas de "paz en las calles" comparten esa cualidad: suenan razonables hasta que uno se pregunta qué significan exactamente. ¿Preocuparse por qué? ¿Paz para quién? La vaguedad no es un defecto de la comunicación política contemporánea; es su herramienta más eficaz. Una amenaza difusa es más poderosa que una explícita, porque el oyente la rellena con sus propios miedos.
Y si alguien, legitimado por un resultado ajustado o por una sospecha fundada, decide impugnar las elecciones ante los tribunales, el escenario que se abre no es el de una disputa jurídica serena. Es el de una ciudadanía que ya no sabe si el árbitro pitó falta o si le pagaron para no verla. La historia de 1936 enseña que la impugnación de unos comicios, legítima en su forma, puede convertirse en el pistoletazo de salida de algo mucho peor si el clima previo ha envenenado la confianza. La ley electoral española prevé mecanismos para recurrir ante la Junta Electoral y el Supremo. Lo que la ley no puede prever es que la mitad del país reciba el fallo como una prueba de que el sistema está amañado. Y cuando eso ocurre, la pelota no está en el tejado de los jueces. Está en la calle.
La sentencia final
El ciudadano que haya llegado hasta aquí no necesita que se le diga por quién votar. Sería una falta de respeto. Lo que necesita, y merece, es un recordatorio: en una democracia, el máximo juez es cada uno de los electores. No los tertulianos, no los historiadores, no los editoriales: usted, cuando entra en la cabina y deposita su papeleta dicta sentencia. Y ese voto no se emite en función de las palabras más o menos brillantes, ni de las pruebas que cada bando esgrime, sino de la percepción que usted tiene de los hechos. Una percepción que se forma con su experiencia, con lo que ha visto y vivido, con lo que le han prometido y lo que le han cumplido.
La exigencia para cada uno es esta: cuando alguien anuncia que gobernará de una manera o de otra, está diciendo que la urna es simplemente una estación de paso en el viaje de la elección, no la estación terminal. Y cuando la urna se convierte en medio, el ciudadano se convierte en comparsa. Lo que nos jugamos en las próximas elecciones no es solo un Gobierno. Es la posibilidad de que, dentro de cuatro años, la pregunta "¿de qué manera?" siga teniendo una respuesta que no dependa de la voluntad de quien ya está en el poder. Si esa posibilidad se cierra, puede que no vuelva a abrirse. La historia, cuando se quiebra, rara vez ofrece segunda función. Y los incendios que empiezan en las calles de otras capitales europeas tienen una costumbre muy poco respetuosa con las fronteras.
César Valdeolmillos Alonso