Colaboraciones

 

Los Padres de la Iglesia

 

 

 

11 noviembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Los Padres son testigos privilegiados de la Tradición de la Iglesia. Sus escritos ofrecen una riqueza cultural y apostólica, que hace de ellos los grandes maestros de la Iglesia de ayer, de hoy y de siempre.

Sabemos que la Iglesia tuvo un origen modesto: compuesta por un grupo de temerosos pescadores que recuperaron la confianza en El Maestro al verlo resucitado. En poco tiempo el Evangelio, la buena noticia, comenzó a ser predicado por el mundo romano. Pasado un tiempo, las distancias entre unos cristianos y otros comenzaron a agrandarse y las diferencias entre ellos comenzaron a acentuarse. Es entonces cuando la unidad de la doctrina cristiana comienza a peligrar, ya que había múltiples interpretaciones sobre algún tema teológico.

Ante este problema, algunas autoridades de la Iglesia comenzaron a resolver los problemas teológicos dándoles una interpretación acertada, basándose en las enseñanzas de los apóstoles. Varios textos fueron escritos y enviados a los cristianos de diferentes comunidades, de parte de autoridades de otros lugares. Estos primeros autores que comenzaron a definir el cuerpo doctrinal del cristianismo y a usar herramientas filosóficas para comprenderlo mejor fueron los Padres de la Iglesia.

«Padres de la Iglesia se llaman con toda razón —escribió Juan Pablo II en la carta apostólica Patres Ecclesiae (27/01/1980)— a aquellos santos que, con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos». Desde un punto de vista histórico y académico, los Padres de la Iglesia son los pensadores cristianos que han contribuido de forma determinante en la construcción del edificio doctrinal del cristianismo, aceptado y ratificado por la Iglesia.

Desde los comienzos de la Edad Media, se tuvo un listado de características que un autor cristiano antiguo debía tener para ser considerado Padre de la Iglesia. Hoy en día la tradición marca 4 características esenciales de los Padres. Las tres primeras son ya mencionadas en el Siglo V, época de oro de la Patrística, en que algunos pensadores más antiguos ya eran considerados como Padres: antigüedad (si un Padre antiguo la menciona, poco se duda de su autenticidad); ortodoxia universal de la doctrina (se excluye a los escritores abiertamente heréticos, cismáticos y a aquellos cuyas obras contienen graves y sistemáticos errores); consentimiento unánime (la aprobación por parte de la tradición del Magisterio de la Iglesia. Es decir, fama reconocida por los pastores. Este reconocimiento es tácito y de acuerdo a una tradición. No hay un documento que apruebe la paternidad doctrinal, sino la aceptación de las doctrinas), y santidad de vida (vida de rectitud, virtud y bondad. No es necesario el título de santo, pero sí la fama de santidad. Algunos escritores importantes como Orígenes o Tertuliano no tienen el título propio de Padres de la Iglesia, pues algunos aspectos de su vida son aún controversiales. Sin embargo, temáticamente se les considera dentro del grupo).

El cristianismo se originó en Judea, y sus primeros seguidores difundieron sus ideas en lengua aramea. Sin embargo, los cristianos que entraron en contacto con el mundo mediterráneo oriental, rápidamente cambiaron al griego como lengua de difusión. Este cambio tuvo consecuencias fructíferas, pues el griego era una de las lenguas comunes de entonces. Así el cristianismo tuvo una difusión sin obstáculos. Eventualmente, los cristianos que llegaron a Roma o a las regiones de fuerte influencia latina, comenzaron a usar el latín para difundir el cristianismo.

Esta división lingüística da, a grandes rasgos, la clasificación geográfica de los padres en griegos y latinos. Ambas vertientes se abocaron a resolver semejantes problemas teológicos que eran propuestos por grupos sectarios. Así, San Atanasio de Alejandría discutió con los arrianos, San Ireneo de Lyon con los gnósticos, San Agustín de Hipona con los maniqueos y Boecio con los nestorianos. De este modo, la doctrina católica se mantuvo recta en todos los ángulos geográficos del cristianismo.

En pleno siglo XXI, ¿por qué debemos leer a autores de hace 1400 años? Simplemente por la perennidad y valor de sus enseñanzas. Los Padres son clásicos: hombres universales que tratan de los problemas fundamentales del ser humano. Los Padres fueron, a la vez, hijos de su tiempo e hijos de Dios por medio de Cristo. Desde su cultura clásica supieron buscar el entendimiento de la fe con la plenificación (hacer pleno; confrontación, planificación) de las facultades humanas, sobre todo, de la intelectual.

Muchos Padres de la Iglesia hicieron una inculturación de las enseñanzas reveladas, vertiéndolas en un lenguaje que fuera inteligible para los neófitos y que no alterara el contenido doctrinal de aquellas enseñanzas. A decir de la mayoría de los Padres, la fe busca el entendimiento. Es decir, quien no trata de entender lo que cree, no cree bien del todo y no ha plenificado sus facultades intelectuales. Por tanto, hay que tratar de explicitar las doctrinas de Cristo, a fin de entenderlas y hacerlas vida de plenitud.

Debido a su formación clásica, los Padres aprendieron a discutir sobre temas de importancia radical para el ser humano: la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, la libertad del hombre, la felicidad eterna. Planteándose en la autoridad de Cristo y valiéndose de la filosofía, dieron valiosas interpretaciones sobre el mundo, el hombre y la naturaleza de Cristo. Por ejemplo, presentaron al hombre como un ser compuesto, integrado por cuerpo, alma y espíritu. Sin estos tres componentes, el hombre no existe en plenitud. Por tanto, la mayoría de ellos creyó que, para plenificar al hombre, hay que buscar la plenitud integral, tomando en cuenta cada uno de los componentes.

Algunos Padres de la Iglesia: san Ambrosio; san Agustín; san Juan Casiano; san Cornelio; san Cipriano; San Gregorio Magno; san Ireneo; san Isidoro; san Jerónimo; san Anastasio Sinaita; san Andrés de Creta; san Atanasio; san Basilio Magno; san Clemente de Alejandría, san Cirilo (Obispo de Jerusalén); san Cirilo (Patriarca de Alejandría); san Gregorio Nacianceno, san Gregorio de Nisa…