Colaboraciones

 

Sobre el hombre

 

 

 

25 noviembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Solamente el hombre puede preguntarse por sí mismo, ningún otro ser vivo puede hacerlo. Privilegio es este de un ser privilegiado. Detrás de esta pregunta se esconde un ser misterioso, hecho de luz y oscuridad. ¿Podremos algún día saber lo que es el hombre?  Difícilmente podremos despejar este interrogante si no trascendemos la condición humana, porque el misterio del hombre va inseparablemente unido al misterio de Dios, quien en un momento lejano de la historia le llamó al mundo de los seres vivos en una mañana radiante de sol, que se trocó en oscura tiniebla por voluntad humana y desde entonces comenzó a experimentar en sus carnes el cansancio, el dolor y el sabor amargo de sus lágrimas. El lento despertar de la conciencia humana le llevó a preguntarse, ¿quién soy yo?, y hasta el día de hoy no ha tenido respuesta satisfactoria. La respuesta a esta trascendental pregunta habría de ser una de las principales aspiraciones del género humano. En el frontispicio del templo de Apolo en Grecia, se colocó un enorme letrero que nos lo recuerda. Decía la inscripción: «Conócete a ti mismo». Por aquí hay que empezar, sin prisas, sin precipitaciones, «no corras, vete despacio, que a donde tienes que llegar es a ti mismo» (J. R. Jiménez). Llegar a conocernos es tarea de por vida. Aspiraciones humanas como esta nos imponen respeto. Alguien ha podido decir que cuando preguntamos por el hombre todo nuestro ser tiembla, cuando queremos saber lo que cada uno de nosotros somos, quedamos sobrecogidos y asombrados. No en vano pasa por ser la obra maestra del Creador, poniéndose a sí mismo como modelo.

Es por esto que la propia realidad humana se resiste a ser comprendida, ya que está por encima de nuestras posibilidades. Es por esto que la última verdad del hombre, la última verdad de la mujer, que viene a ser lo mismo, se nos escapa cada vez que queremos atraparla. Después de muchos siglos seguimos preguntándonos qué sea el hombre, ¿lo sabe alguien? Pero ya es mucho que podamos preguntarnos por nosotros mismos, a través de un ejercicio sorprendente de autorreflexión, porque si maravilloso es que los humanos razonemos, amemos, anhelemos, nos emocionemos, lo es mucho más que tengamos conciencia de ello y si llega el caso, aún nos cuestionemos nuestros mismos pensamientos, amores, deseos y emociones. Miles de libros se han escrito y la pregunta continúa aún en pie.

Ninguna época como la nuestra, nos dice Heidegger (filósofo existencialista alemán), acumuló tantos y tan ricos conocimientos sobre el hombre. Ninguna época consiguió ofrecer un saber acerca del hombre tan penetrante. Ninguna época, no obstante, supo menos qué sea el hombre, a ningún tiempo se le mostró el hombre tan misterioso.

El misterio ha sido y seguirá siendo eterno acompañante de nuestro destino, desde que nacemos hasta que morimos, porque Dios mismo, al que estamos vinculados, se nos muestra esencialmente como un Ser misterioso. Además de todo esto, cada uno de nosotros somos un mundo aparte. Seres únicos e irrepetibles somos las personas, por ello insustituibles, de modo que cuando cualquier ser humano muere, el mundo queda empobrecido.

Entramos en lo que la revelación nos enseña acerca de lo que es el hombre. Lo vamos a hacer con la ayuda del Catecismo de la Iglesia católica. Trataremos de resumirlo.

Es precisamente Cristo quien «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación». En consecuencia, «la persona humana es la ‘única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma’, GS, 24. Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna», n. 1703.

La persona está llamada a realizar su vocación, no en solitario, sino en comunión con otras personas, es decir, el hombre es por naturaleza un ser social. La imagen de Dios en el hombre «resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unión de las personas divinas entre sí» (n. 1702).

La persona humana está dotada de un alma espiritual y mediante su entendimiento y voluntad es capaz de conocer la verdad y de amar el bien.

«Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa ‘a hacer el bien y a evitar el mal’ (GS 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana» (n. 1706).

«El hombre no ha sido abandonado en su desgracia, sino que, por los méritos de Cristo, la imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios» (n. 1701). De este modo, el hombre «es hecho hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo» (n. 1709).

La instrucción Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, de 22 de febrero de 1987, de la Congregación para la Doctrina de la Fe afirma explícitamente al comienzo del documento que los criterios sobre los que se va a apoyar «son el respeto, la defensa y la promoción del hombre, su ‘derecho primario y fundamental’ a la vida y su dignidad de persona, dotada de alma espiritual, de responsabilidad moral y llamada a la comunión beatífica con Dios». Si se añade que la vida humana empieza en la concepción y que el cuerpo es parte de la persona, tenemos ya los elementos fundamentales que componen la antropología revelada.

En su carta encíclica Veritatis splendor, Juan Pablo II se plantea esta cuestión: «Sería un error gravísimo concluir… que la norma enseñada por la Iglesia es en sí misma un ‘ideal’ que ha de ser luego adaptado, proporcionado, graduado a las —se dice— posibilidades concretas del hombre: según un ‘equilibrio de los varios bienes en cuestión’. Pero, ¿cuáles son las ‘posibilidades concretas del hombre’?, ¿y de qué hombre se habla?, ¿del hombre dominado por la concupiscencia, o del redimido por Cristo? Porque se trata de esto: de la realidad de la redención de Cristo. ¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que Él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia».

El hombre es un puente entre el mundo del espíritu y el de la materia (por supuesto, cuando nos referimos al «hombre» designamos a todos los componentes del género humano, varón y hembra).

El alma del hombre es espíritu, de naturaleza similar al ángel; su cuerpo es material similar en naturaleza a los animales. Pero el hombre no es ni ángel ni bestia; es un ser aparte por derecho propio, un ser con un pie en el tiempo y otro en la eternidad. Los filósofos definen al hombre corno «animal racional»; «racional» sería su alma espiritual, y «animal» connota su cuerpo físico.

Todos los órganos de nuestro cuerpo son un nuevo prodigio de diseño y precisión. De nuevo los científicos —el anatomista, el biólogo, el oculista— podrán decirnos cómo operan, pero ni el más dotado de ellos podrá jamás construir un ojo, hacer un oído o reproducir una simple papila del gusto.

Como los animales, el hombre tiene cuerpo, pero es más que un animal. Como los ángeles, el hombre tiene un espíritu inmortal, pero es menos que un ángel En el hombre se encuentran el mundo de la materia y el del espíritu. Alma y cuerpo se funden en una sustancia completa que es el ente humano.

El cuerpo y el alma no se unen de modo circunstancial. El cuerpo no es un instrumento del alma, algo así como un coche para su conductor. El alma y el cuerpo han sido hechos la una para el otro. Se funden, se compenetran tan íntimamente que, al menos en esta vida, una parte no puede ser sin la otra.

No hay que menospreciar al cuerpo humano como mero accesorio del alma, pero, al mismo tiempo, debemos reconocer que la parte más importante de la persona completa es el alma. El alma es la parte inmortal, y es esa inmortalidad del alma la que libera al cuerpo de la muerte que le es propia.

No sin fundamentos decimos que Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza. Mientras nuestro cuerpo, como todas sus obras, refleja el poder y la sabiduría divinos, nuestra alma es un retrato del Hacedor de modo especialísimo. Es un retrato en miniatura y bastante imperfecto. Pero ese espíritu que nos da vida y entidad es imagen del Espíritu infinitamente perfecto que es Dios. El poder de nuestra inteligencia, por el que conocemos y comprendemos verdades, razonamos y deducimos nuevas verdades y hacemos juicios sobre el bien y el mal, refleja al Dios que todo lo sabe y todo lo conoce. El poder de nuestra libre voluntad por la que deliberadamente decidimos hacer una cosa o no, es una semejanza de la libertad infinita que Dios posee; y, por supuesto, nuestra inmortalidad es un destello de la inmortalidad absoluta de Dios.

Aunque el bautismo nos devuelve el mayor de los dones que Dios dio a Adán, el don sobrenatural de la gracia santificante, no restaura los dones preternaturales, como es librarnos del sufrimiento y la muerte. Están perdidos para siempre en esta vida. Pero eso no debe inquietamos. Más bien debemos alegrarnos al considerar que Dios nos devolvió el don que realmente importa, el gran don de la vida sobrenatural.

Además de con el pecado original, bajo cuya sombra todos nacemos, hemos de enfrentarnos con otra clase de pecado: el que nosotros mismos cometemos. Este pecado, que no heredamos de Adán, sino que es nuestro, se llama «actual». El pecado actual puede ser mortal o venial, según su grado de malicia.