Colaboraciones

 

La muerte, un paso necesario para llegar al cielo

 

 

 

06 diciembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La muerte es un momento de dolor donde sólo la fe puede iluminar de esperanza ese momento de tristeza.

Los hombres que contemplan el sepulcro de Jesucristo viven en la esperanza de la Resurrección. La muerte nos revela lo que el hombre es: «polvo, ceniza, nada». Quien muere deja una luz y alcanza otra. La muerte es el paso a la eternidad. La muerte es fin e inicio. Morir en gracia de Dios significa conquistar la cumbre, la meta, el abrazo eterno del Padre.

La felicidad del hombre consiste en amar y ser amado. Cuando un alma parte a la casa del Padre ahí es amada por Dios y ama a Dios. Un día el hombre dejará de sonreír, de caminar y de cantar… pero nunca dejará de amar. En vez de recibir la muerte con lágrimas, deberíamos recibirla con una sonrisa porque nos conduce al encuentro, cara a cara, con nuestro Creador.

Lo capital para el hombre no es morir antes o después, sino bien o mal. San Agustín confesó: «Como es la vida, así es la muerte». Hay que tener presente que «cuando un padre muere es como si no muriese, pues deja tras de sí —algunas veces— un hijo semejante a él». (Si. 30, 4).

Santa Teresa no temía la muerte, al contrario, ella decía: «Muero porque no muero». Para desear la eternidad es necesario imaginar el abrazo del Padre.

¿Por qué existe la muerte? Porque el hombre quiere ver a Dios y para verlo es necesario morir. El hombre surgido del polvo debe retornar al polvo y el alma surgida de Dios debe volver a Dios. Las dos verdades absolutamente ciertas de la vida son nuestra existencia y lo inevitable de nuestra muerte.

No sabemos el día que vamos a morir. Si supiéramos el día de nuestra muerte no viviríamos cada día con la misma intensidad. Nadie sabe ni cómo ni cuándo morirá. Nadie por más que se esfuerce puede añadir una hora al tiempo de su vida. La muerte es lo más cierto, pero el día es lo más incierto. No olvidemos que no es necesario ser viejo para morir. No vale la pena indagar el cómo, el cuándo ni el dónde moriremos; pero sí vale estar preparados.

Para obtener misericordia para uno mismo, es necesario tener misericordia hacia los demás. «Al final de la vida sólo queda lo que hayamos hecho por Dios y los demás».

Cualquier sufrimiento, por muy agudo y grave que sea, tiene esperanza de tener solución o de poder desaparecer tarde o temprano. Ante la muerte, no hay ninguna solución posible. Puede llegar en cualquier momento a nuestras vidas o a la de nuestros seres queridos.

La muerte debe dar un sentido a nuestras vidas porque nos hace tomar conciencia que tenemos una sola vida aquí en la tierra y que hay que aprovecharla para poder alcanzar la vida eterna. Debemos vivir cada día como si fuera el último de nuestra vida para vivirla más positivamente y realizarla con más plenitud.

Cristo nos dice «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 15). Por medio de la muerte nosotros llegamos a la vida. No podemos estar en el cielo si no dejamos la vida terrena. Por lo tanto, es un paso necesario para llegar al cielo. En el capítulo 11 de san Juan tenemos el momento. Cuando Cristo resucita a Lázaro, dice «Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás» (Jn 11, 25).

La muerte a todos nos puede causar tristeza. Pero no nos debe abatir. ¡Cristo es la respuesta a la vida y a la muerte! La aceptación de la voluntad de Dios es lo que nos falta, como Cristo en el jardín de Getsemaní (Lc 22, 39 ss).

El sufrimiento y la muerte son realidades inevitables en la vida de todo hombre.

Al no aceptar el sufrimiento y la muerte caemos en la desesperación y angustia que sólo agravan nuestro dolor.

Tener una actitud positiva ante el sufrimiento y la muerte nos ayuda a superarnos y a alcanzar nuestra madurez como personas.

La muerte da sentido a nuestras vidas porque nos recuerda que sólo tenemos una vida en la tierra la que debemos aprovechar para alcanzar la vida eterna, con Dios.

Convirtamos el sufrimiento en sacrificio para alcanzar nuestra salvación y la de los demás. Unamos nuestro dolor al de Cristo.