Colaboraciones
María, Corredentora de la humanidad (y II)
13 diciembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez
La Iglesia, al declarar solemnemente a María como Corredentora, sólo confirmaría con ello la divina declaración de esta verdad y, aplicaría a María de manera singular, lo que Dios mismo ha pronunciado claramente con Abraham: que en virtud del fiat voluntario (corredentor) de María, todo el mundo fue redimido. Porque María dijo «He aquí la esclava del Señor», y no sustrajo de Dios y de su plan amoroso ni su voluntad, o su vientre, o todo su ser, ni siquiera a su único hijo, todos hemos sido redimidos. En esta verdadera pero profundamente misteriosa dependencia del acto redentor de Dios en la humana y libre decisión de María, emerge con claridad en nuestras mentes, la total e inefable dignidad y misión de la persona humana.
El dogma de María como Corredentora, si se llega a declarar, enfatizaría también la función universal y la misión que tienen todos los seres humanos quienes, al cooperar con la gracia de Dios, están completando la obra redentora de Cristo.
Este dogma también enfatizaría de manera especial el rol corredentor que tienen los judíos, quienes son hasta cierto punto, copartícipes con María, del pueblo escogido por Dios. Existe una razón cristiana específica, por la que los judíos son la nación de entre las demás naciones: Dios envió a su Hijo a toda la humanidad, pero lo hizo no por medio de una acción exclusiva de su voluntad misericordiosa y omnipotente, sino también pidiendo y, presuponiendo, la cooperación voluntaria de ciertas personas humanas, una cooperación libre a la que está llamado cada ser humano, pero de manera única a aquellos que sin su libre cooperación, la encarnación y redención del mundo no se habría llevado a cabo, e incluso esta libre cooperación puede ser considerada como una mediación de la salvación, por medio de la libertad humana.
«María Corredentora» sería el “dogma personalista” más explícito de María y por lo tanto muy oportuno.
Un dogma que declare a María como Corredentora, ofrecería un testimonio único de la libertad plena con que cuenta el ser humano, y del respeto que Dios tiene por la libertad humana. Este dogma reconocería de manera determinante, que la libre decisión de la persona humana de María, quien no se convertiría en la Madre de Dios sin su fíat voluntario —una decisión que no fue causada exclusivamente por la gracia divina, sino que también fue el fruto de su decisión muy personal— fue necesaria para nuestra salvación, o que por lo menos jugó una parte indispensable en la manera concreta en que Dios escogió nuestra redención.
Un dogma como este sería bien recibido, confirmando en máximo grado la dignidad de la libertad humana.
María Corredentora, visto como un dogma mariano que implica una verdad universal que es verdadera para todos los cristianos.
Al mismo tiempo, el dogma sobre el carácter corredentor de María, no estaría únicamente vinculado a una prerrogativa especial de María (como es el caso de su Inmaculada Concepción, esto es, el estar libre de cualquier mancha del pecado original, por medio del singular efecto anticipante del acto redentor de Cristo), sino que sería una cualidad análoga a todos los cristianos y a las personas verdaderamente religiosas, que compartirían con María en menor grado, el formar parte activa del acto redentor y la dispensación de la gracia de la redención. Y ninguna criatura participó de manera tan activa y sublime en esta obra de la redención de Cristo, más que una Mujer y Madre: ¡María!
María Corredentora, una victoria para el auténtico feminismo católico y una respuesta oportuna a formas erróneas del feminismo.
María, de manera más perfecta que Abraham cuya acción el mismo Dios declaró ser cocausa de redención, debe ser proclamada como la Corredentora de todos nosotros.
Momento propicio para la declaración del dogma sobre María como Corredentora, como una formulación de la dignidad de la mujer y de la manera única en que María, como Mujer, participó del sacerdocio real conferido a todos los cristianos en el bautismo.
Este dogma complementaría de una manera importante, el veredicto irreversible de la Iglesia católica que va en contra de la ordenación de sacerdotisas. Este «No» de la Iglesia al sacerdocio de la mujer, tiene que verse a la luz del hecho de que la representación especial de Cristo a través del sacerdote, quien ofrece el sacrificio de la Misa renovando con ello de una manera no sangrienta el sacrificio de Cristo en la cruz, fue reservada, por la voluntad de Dios, únicamente para los hombres. Pero el dogma a proponerse de María como Corredentora, daría una magnífica defensa tanto del sacerdocio real de todos los cristianos, y de un único y sublime «sacerdocio femenino de María» (y de otras madres y mujeres de manera menos perfecta). Debemos recordar que: cada cristiano, hombres y mujeres, reciben en el bautismo el sacerdocio real, junto con la dignidad y vocación de reyes y profetas. Por lo tanto, el nuevo dogma a proponerse, pondría de relieve un verdadero carácter de María como única Mediadora de la gracia y así constituiría una importante verdad que vendría a complementar la insistencia de la Iglesia sobre la imposibilidad de que la mujer reciba el orden sacerdotal y que el sacerdocio especialmente ordenado, es aquél que Cristo ha reservado únicamente para los hombres.
Si al menos uno de los elementos esenciales del sacerdocio es el de la «mediación» entre Dios y el hombre y una «mediación de la gracia», María, por medio de este dogma, también sería declarada como la más sublime Mediadora de Dios quien, por medio de su libre actuación, nos alcanza las gracias divinas y la propia salvación para toda la humanidad. Su acción no solamente actualiza el sacrificio y la gracia de Cristo después de su obra redentora, como lo hacen los sacerdotes, sino que, de alguna manera, a través de su precedente fiat, hizo posible la obra redentora de Dios mismo. Situación semejante es también verdadera para cualquier madre que pueda interceder, en cierto sentido, para que sus hijos reciban todas las gracias y, por lo tanto, también puede convertirse en cocausa de todos sus bienes temporales y eternos, incluyendo su redención.
El hecho de que el acto redentor divino dependiera de la libre elección y el fíat de María, es sólo la manifestación más sublime de un fenómeno mucho más universal que ilustra la esencia y la dignidad de las personas. Con frecuencia, Dios vincula su actividad divina con la libertad humana, como es el caso de la procreación de los seres humanos, la acción sacerdotal de celebrar la Santa Eucaristía, e inclusive con la propia redención.
Un nuevo dogma sobre María como Corredentora también vertería una nueva luz sobre el rol de la familia en la Iglesia y sobre los aspectos metafísico y teológico de la procreación.
La creación divina de personas humanas es mediada por la acción libre y la cooperación humana. Esta constituye una de las principales razones por las que la anticoncepción resulta inmoral. A este respecto, el que se pronunciara el nuevo dogma de María como Corredentora a través de nuestro Papa, constituiría una hermosa continuación de la misión especial del Papa actual, de extender las razones internas y los fundamentos metafísicos de la enseñanza de la Iglesia sobre la transmisión de la vida humana, que es en cierto sentido una cocreación —un ministerio que es sólo para y es cocausa de la creación divina—. De una manera sobrenatural pero verdaderamente semejante, el fíat de María y toda su vida y pasión espiritual al pie de la cruz, es un servicio a una cocausa de nuestra redención.
El nuevo dogma propuesto, de ninguna manera podría borrar el abismo que existe entre Dios y la persona creada de María, y tampoco la parte de María en la redención se asemejaría, y mucho menos se igualaría, al acto redentor de Dios.
Este dogma también arrojaría nueva luz en los otros dogmas marianos y en particular, explicaría de mejor manera el dogma de la Concepción Inmaculada y la razón por la que la Corredentora fue, debido a un singular privilegio de Dios, preservada de toda mancha de pecado original y personal, en virtud de que este hecho se presenta como muy adecuado para su función de Mediadora de la salvación como segunda Eva. Lo mismo se podría decir con certeza de su asunción corporal a los cielos y que es propio de la dignidad de aquella que, no sólo fue el vaso de la gracia de Dios, sino que, a través de su libre cooperación, es Corredentora. Incluso el primer y más importante dogma mariano, que ella es verdaderamente la Madre de Dios, recibe un nuevo significado cuando uno contempla el activo rol de cooperación que desempeñó por lograr nuestra salvación y redención, el mismo que era necesario para convertirse en la Madre de Dios. El nuevo dogma, como culminación de los dogmas marianos que le anteceden, los complementaría y completaría, explicando porqué no sólo adoramos y rendimos culto a Dios, quien ha creado y se ha servido de María como un vaso singular de su gracia, sino también la razón por la cual veneramos (y por supuesto nunca adoramos) a la persona de María como la Madre de Dios, que ciertamente lo es por la gracia de Dios, pero no sin ella misma, no sin su libre y heroica participación, por haber creído en la palabra del ángel y por la concepción de Jesús y la aceptación de las profecías de Simeón y lo que siguió, hasta el calvario.
Es claro que cualquier dogma de María como Corredentora, tendría que excluir de manera absoluta, cualquier confusión que pudiera surgir de la distinción que se debe hacer entre la obra redentora de Cristo y la manera puramente humana de María de participar en la redención y de convertirse en Corredentora. María por su propia cuenta, no es más capaz de redimir al mundo, que los padres son de crear el alma de sus hijos de la nada. En este sentido, María no es Corredentora y nunca podrá ser nuestra redentora. Sin embargo, y al mismo tiempo, un dogma como este, debería enfatizar también el carácter único del lazo que existe entre el Dios-hombre y su acto redentor, y la libertad de María de ser cocausa de la redención —en unión con y recibiendo la fuerza de— la redención de Cristo.