Colaboraciones
Fray Bartolomé de Las Casas. Leyenda Negra (y III)
24 diciembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez
Pío Moa
Según el historiador y escritor Pío Moa, la leyenda negra en su «origen procede de la chifladura y falta de escrúpulos de Bartolomé de las Casas. Después tomó un carácter religioso-político en cuanto que lo aprovechó masivamente la propaganda protestante, y solo político porque Francia también la utilizó a fondo. Lo peculiar de esa leyenda es que no solo continúa en la actualidad, sino que, sobre todo a partir del “desastre” del 98, se ha extendido extraordinariamente en medios intelectuales y de ahí populares, como señalaba Menéndez Pelayo al hablar de los “gárrulos sofistas” que embaucaban a tanta gente con sus grotescas falsificaciones históricas».
A Bartolomé de Las Casas, el mentado «apóstol de los indios», se le atribuye desde hace cuatro siglos la responsabilidad en la defensa de los nativos americanos, pasando a la fama por su conocida obra publicada en 1552 como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, fuente «inequívoca» del «genocidio» que los españoles habrían perpetrado en América durante los años de conquista y plomo…
Rómulo Carbia
Según el fraile, el conquistador era la encarnación del diablo: «Los españoles desean solo henchirse de riquezas en muy breves días […] más que hombres parecen lobos, leones y tigres crudelísimos de muchos días hambrientos […]. Cometían grandísimas crueldades, matando y quemando y asando y echando y asando y echando perros bravos» (Rómulo Carbia, Historia de la Leyenda Negra hispano-americana, Publicaciones del Consejo de la Hispanidad, Madrid 1944, 42).
Guillermo de Orange
El fraile español, Bartolomé de Las Casas, empleó cifras falsas para denunciar los abusos de los conquistadores, y Guillermo de Orange, el hombre que encabezaba en los Países Bajos la rebelión contra el Imperio español, que iba buscando la forma de debilitar a España a través de la propaganda, se valió de las exageradas cifras del dominico para criticar la conquista de América y pintar a los españoles como esclavistas crueles.
Revolución francesa y emancipación de las colonias en América
Así y todo, la Revolución francesa y la emancipación de las colonias en América elevaron a de Las Casas a la categoría de benefactor de la Humanidad e hicieron olvidar otra vez los trabajos de Voltaire. Asimismo, la emancipación de las colonias disparó la publicación de ejemplares de la Brevísima…
Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña y Leyenda Negra
«Cuando se aborda la historia de la Iglesia católica, tarde o temprano nos encontraremos con el fenómeno historiográfico que se ha dado en llamar leyenda negra. Esta consiste en una labor de propaganda, de desinformación, que, a través de la presentación tendenciosa de los hechos históricos, bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión pública, bien anticlerical, bien anticatólica. Por eso se aparta de lo que podría aceptarse como una simple crítica, una denuncia honesta y rigurosa de los errores cometidos por los miembros de la Iglesia, dando en cambio una imagen voluntariamente distorsionada del pasado de la Iglesia, para convertirla en una descalificación global de una misión milenaria, tanto antes como, sobre todo, en la actualidad.
»La leyenda negra de la Iglesia no es un asunto baladí que deba ser objeto de preocupación solo para los historiadores. Lo cierto es que todos los católicos nos jugamos mucho en la lucha contra sus manipulaciones […].
»En realidad, los ataques demagógicos y panfletarios contra el pasado y el presente de la Iglesia datan de muy antiguo. Pero la polémica anticatólica se acentuó y cobró una especial virulencia en la segunda mitad del siglo XVI, cuando las discusiones entre católicos y protestantes invadieron también el campo historiográfico y literario, surgiendo entonces todo un modelo de difamación sistemática de la Iglesia.
»Más en concreto, encontramos el origen del discurso anticatólico actual en la llamada leyenda negra, un conjunto de acusaciones contra la Iglesia y la monarquía hispánica que se generó y se desarrolló en Inglaterra y Holanda, en el curso de la lucha entre Felipe II y los protestantes.
»El anticatolicismo llegó a ser, con el tiempo, parte integral de la cultura inglesa, holandesa o escandinava. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia papista, y difundieron por Europa la idea de que la Iglesia católica era la sede del Anticristo, de la ignorancia y del fanatismo. Tal idea se generalizó en el siglo XVIII, a lo largo y ancho de la Europa iluminista y petulante de la Ilustración, señalando a la Iglesia como causa principal de la degradación cultural de los países que habían permanecido católicos.
»En los prejuicios difundidos sobre la historia de la Iglesia se observan dos elementos básicos y, en no pocas ocasiones, íntimamente entremezclados: la visión de la Iglesia medieval y moderna como una institución oscurantista, reaccionaria y enemiga de todo progreso intelectual o social; y su caricaturización como una fuerza represiva e intolerante, enemiga de los derechos humanos y promotora de las Cruzadas y la Inquisición […].
»[…] Un ejemplo reciente de cómo la leyenda negra ha cobrado nuevos bríos últimamente lo hallamos en el Código Da Vinci. Su autor, Dan Brown, deja caer que la Iglesia habría quemado a cinco millones de brujas (p. 158), cuando todos los especialistas, con Brian Pavlac a la cabeza, limitan la cifra a 30.000, a lo sumo, para el período 1400-1800 (por cierto, el 90% víctimas de la Inquisición protestante, y no de la católica) […]» (Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña, profesor, “Leyendas negras de ayer, hoy y mañana”).
En el Código Da Vinci no solo hay errores garrafales sobre los hechos sino también mentiras descaradas, grandes y pequeñas, sobre prácticamente cada una de las materias que Brown toca en cuestiones de arte, historia y teología. Da a entender que documentos falsos, que equipara a sus cuestionables fuentes rechazadas, corresponden con los hechos.
Por ejemplo, culpa al «Vaticano» de varios complots y conspiraciones que supuestamente tuvieron lugar siglos antes de que existiera el Vaticano para poder conspirar.
Y, por supuesto, en la mayor mentira de todas, declara que todo el mundo antes del año 325 pensaba que Jesús no era más que un «profeta mortal» hasta que Constantino obligó al Concilio de Nicea a declararle Dios «por una diferencia escasa de votos».
Por supuesto, Brown no se para a preguntarse por qué, si Jesús fue solo un «profeta mortal», se molestó en fundar una Iglesia, ni qué fue de la Iglesia durante los 300 primeros años del cristianismo si nadie daba culto a Jesús como Dios.
El libro de Dan Brown es tan irrisoriamente malo y es muy fácil de demostrar que sus afirmaciones son falsas. Por eso, la mejor cura contra El Código da Vinci es, a fin de cuentas, un vendaval curativo de risa bien informada.
Otro ejemplo es la película de acción Assassin’s Creed: se basa en un videojuego, pero su ambientación repite la leyenda negra. El film repite los viejos bulos anticatólicos y antiespañoles nacidos en el s. XVI en la propaganda inglesa y holandesa, protestante, sobre una España oscura e inquisitorial, con datos, además, falsos.
Rodney Stark
«Puedo asegurar —dice Rodney Stark, autor de Levantando falso testimonio. Desmontando siglos de Historia anticatólica (Templeton Press, 2016)— que las Cruzadas fueron guerras legítimas de defensa y que la Inquisición no fue sangrienta. Pero no puedo explicar por qué la gran cantidad de investigaciones llevadas a cabo para apoyar estas correcciones no han tenido impacto entre los intelectualoides» (Preguntas planteadas por Carl E. Olson, editor de Catholic World Report).
Christian M. Valparaíso
«[…] La Inquisición española (con jurisdicción en España y América), ha sido usado por los países protestantes como el súmmum de todos los horrores […].
»[…] Los archivos de la Inquisición ya son públicos y nos muestran una realidad muy diferente de la que teníamos […].
»[…] La Inquisición española, aunque formada principalmente por funcionarios eclesiásticos, no dependía para nada del Papa, sino que dependía directamente de la corona, y por tanto era en realidad un organismo religioso al servicio del Estado, no de la Iglesia […].
»[…] El Tribunal de la Inquisición no fue una traba para el progreso intelectual de España como lo demuestra el hecho contundente, ampliamente documentado y fuera de toda discusión, de que la época de su mayor acción coincidió con la del apogeo hispano en la política, economía, cultura y artes […].
»[…] La idea de que los protestantes defendían la libertad de expresión, eran tolerantes y pacifistas, y que fueron víctimas inocentes de los ataques de la Iglesia, es radicalmente falsa. Solo pidieron libertad de expresión hasta que se hicieron con el poder, para después perseguir con saña no solo a los católicos, sino a todos los «disidentes», o sea, otros protestantes que no pensaban igual. Su tolerancia fue nula, y en cuanto dominaban un territorio lo primero que hacían era eliminar el catolicismo, por presión, por expulsión o con el asesinato. Como sus territorios en un principio estaban llenos de católicos, sus persecuciones y matanzas harían palidecer a cualquier acto equivalente de los países católicos. Aunque ellos no tenían Inquisición, sí tuvieron tribunales eclesiásticos equivalentes, pero más dedicados a purgar y atormentar que a investigar. Sus métodos de tortura superaban con mucho a los de la Inquisición y las garantías procesales de los acusados eran mucho menores. Si la Inquisición buscaba salvar almas, los tribunales protestantes buscaban purificar la sociedad expulsando o matando a quienes no compartían sus mismas ideas. Suena duro decir todo esto pero es lo que pasó, especialmente durante el siglo XVI. Y sin embargo fueron ellos quienes crearon la actual leyenda sobre las crueldades de la Inquisición católica […]» (Christian M. Valparaíso, La Inquisición española: verdades y mitos, apologia21.com).
Fernando Ayllón
Veamos la opinión de Fernando Ayllón, en su libro El Tribunal de la Inquisición de la Leyenda a la Historia, pp. 578 y 579. Dice así:
«La Inquisición fue mucho más benigna que los tribunales de la época pues, entre otras cosas:
. Conmutó la pena de muerte por penitencias Canónicas cuando el reo se arrepentía… cosa que no ocurría ni ocurre en los tribunales civiles.
. Abolió la pena de azotes para las mujeres y los fugados de las cárceles.
. Suprimió la argolla para las mujeres.
. Limitó a cinco años la pena a galeras imponiéndola siempre dentro de un marco aceptable de edad (la pena a galera era perpetua en lo civil).
. Suavizó el tormento [mucho más] que los tribunales civiles. Mucho más sangrientas fueron en el siglo XX las Inquisiciones mejicanas de la revolución y la rusa de la era Staliniana [sic]».
La Inquisición juzgó, según un modo de pensar del pasado sobre la peligrosidad de algunas conductas en la vida social.
Para estudiar lo que fue este tribunal hemos de colocarnos en la mentalidad en la que nació y trabajó, si bien esto no significa justificar los procedimientos injustos que a veces fueron utilizados por los jueces.
El hispanista Stanley G. Payne
El hispanista Stanley G. Payne ha publicado «En defensa de España (Espasa, 2017), una obra en la que desmonta la leyenda negra que envuelve la historia de nuestro país» (Manuel P. Villatoro, “Stanley G. Payne: ‘Las críticas a este país han venido siempre de los españoles’”, ABC, 17/X/2017).
Está de moda atacar a la Iglesia acusándola de ser la causante de los mayores crímenes de la historia
Está de moda atacar a la Iglesia acusándola de ser la causante de los mayores crímenes de la historia. La Inquisición y Las Cruzadas suelen ser temas favoritos. Es verdad que estas cosas ocurrieron y se deben examinar como parte de la historia sin justificarlas. Pero es totalmente falso e injusto concluir que estos hechos constituyen los mayores crímenes de la historia. Esas acusaciones reflejan el prejuicio anticatólico que prevalece en nuestro mundo actual.
El ataque incesante contra la Iglesia católica ha creado una radical distorsión de la realidad. Los pecados de la Inquisición se han explotado sin análisis crítico con el fin de atacar a la Iglesia. Al escuchar los comentarios de estos modernos inquisitores, parecería que la Iglesia no ha sido más que una gigante inquisición causante de todos los crímenes de la historia. Esta es la gran mentira que no debemos aceptar.
Ningún católico o persona de buena voluntad debe permitir semejantes ataques. Los eventos de la historia solo se pueden entender en su contexto y utilizando fuentes auténticas. Pero las exageraciones absurdas y las mentiras se han repetido tanto, que la mayoría las cree como hechos históricos.
Cuando se juzga hay que ser objetivo, honesto y mesurado, de lo contrario se cae en el mismo error que se pretende delatar. Hoy no faltan los inquisidores contra la Iglesia católica.
En principio la macabra leyenda se forjó como reacción de los países protestantes europeos contra una hegemónica España católica que amenazaba su política y su religión, odio político y religioso lisa y llanamente. La inercia hace que sea más fácil mantener la misma imagen que cambiarla, pues pocos están dispuestos a cambiar «verdades asentadas» a menos que tengan un buen motivo para ello, y lo cierto es que ocurre al contrario, también hoy sigue interesando mantener la verdad distorsionada. España no es ya una amenaza política, pero la Iglesia católica sigue siendo para muchos protestantes el enemigo a batir, y no están dispuestos a renunciar a una de sus mejores armas para denigrar al catolicismo. La Inquisición, especialmente la española, es aún hoy una de las principales «pruebas» que ellos presentan para fundamentar su idea de que el catolicismo es oscurantista y la Iglesia católica es en esencia maligna. A ellos se unen ahora los ateos, que consideran que toda religión es esencialmente destructiva y dañina, y también encuentran en la Inquisición una de sus mejores pruebas. También sirve de prueba a los americanos que quieren presentar la colonización europea como el origen de todos sus males. Demasiados intereses como para poder hacer una revisión serena del pasado.
Puesto que la imagen de una Inquisición diabólica y sádica está hoy tan arraigada, los historiadores que se esfuerzan por sacar a la luz la verdad son irónicamente vistos como gente que se esfuerza en distorsionar la historia para apoyar a una institución diabólica, en otras palabras, son considerados exactamente igual que aquellos pseudohistoriadores que se esfuerzan hoy en limpiar la imagen de Hitler y el III Reich, en negar el Holocausto y presentar el nazismo como una ideología virtuosa. Ante semejante panorama no es nada fácil alzar la voz contra la falsedad, pero la verdad está ahí para quien la quiera encontrar. Afortunadamente los archivos españoles están llenos de datos de primera mano, y poco a poco algunos osados investigadores están acabando definitivamente con todas las mentiras que durante siglos germánicos y anglosajones supieron extender hasta el punto de que hoy en día incluso los españoles y los hispanoamericanos las toman como verdades indiscutibles.
Hay que recordar que Emil Ludwig, en su biografía de Bismarck, recogía unas curiosas palabras del Canciller: «Hay dos clases de historiadores. Los unos hacen claras y transparentes las aguas del pasado; los otros las enturbian». En el caso de la leyenda negra de la Inquisición, había y hay muchos intereses para que esas aguas bajasen turbias.
Solo España tiene leyenda negra y no la tiene, en cambio, ninguna nación del ámbito protestante; ¿por qué? Sólo existe una posible respuesta. La importancia española en el mundo llegó a ser enorme durante los siglos XVI al XVIII. Su influencia cultural, política y militar fue universal y benéfica para el Orbe porque todas sus acciones estuvieron inspiradas y movidas por la doctrina y el espíritu católico.
Juan Pablo II el más reciente aliento, en ese «¡Gracias, España!, porque la parcela más numerosa de la Iglesia de hoy, cuando se dirige a Dios, lo hace en español». Y entre las mil cosas grandes, dio vida a las Universidades más antiguas del continente americano.
Casi todos los Papas han hecho, en algún momento, un gran elogio de la epopeya y de la gloriosa misión realizada por España en América. Pío XII fue el más infatigable debelador de las calumnias que arrojara contra España el mito de la leyenda negra. De su pluma salieron 129 textos acerca del «espíritu universal y católico de la gran epopeya misionera [...]. La epopeya gigante con que España rompió los viejos límites del mundo conocido, descubrió un continente nuevo y lo evangelizó para Cristo». Se ha dicho que la calumnia entra como ingrediente necesario en toda gloria verdadera. Y él mismo fue uno de los Pontífices más calumniados de la Historia.
No menos sectarios y falsos son los juicios que la historiografía protestante, marxista… ha hecho con frecuencia sobre la Inquisición española.
El historiador germano Schaëfer opinaba que Fray Bartolomé no era precisamente un testigo fidedigno, ni siquiera de las cosas que pretende haber presenciado personalmente.
Como «el alma humana es de tantos modos esclava» (según la sentencia de Aristóteles) el fraile, aunque oponiéndose a los malos tratos que los indios recibían, sugerirá la esclavitud de los negros traídos del África para reemplazar a los nativos de América… Es que «hay negros de todos los colores…», como decía el gran Ramón Doll.
Las Casas siempre engloba sus dichos diciendo «los españoles», como si uno dijese hoy «los judíos» o «los nazis» o «los musulmanes». La obsesión de Las Casas es una idea: España y deseando que la Conquista sea lo más «pura» posible denuncia muchas veces sin fundamento ni precisión.
Para Las Casas el indio era un ser que carecía del pecado original.
Aquí nuestro dominico surgirá como el predecesor del «buen salvaje» rousseauniano, publicitado por los iluministas del siglo XVIII y los charlatanes de hoy.
Hay una constante en los escritos de Fray Bartolomé, como señalan los estudiosos de sus escritos: Las Casas siempre habla en vago y en impreciso. Nunca dice ni cuándo ni dónde se consumaron tales horrores, ni se cuida de establecer que —en caso de haber existido— se trataron de una excepción a la regla. Por el contrario, deja entrever, que lo descrito por él era el único y habitual modo de conquista y que las ferocidades destacadas en su librito debían tenerse por las que comúnmente emplearon los españoles en los 40 años a los que su relato se refiere.
Como señala el gran estudioso Rómulo Carbia, en la obra del fraile dominico «nada se concreta, ni geográfica ni cronológicamente» (Rómulo Carbia, Historia de la Leyenda Negra hispano-americana, Publicaciones del Consejo de la Hispanidad, Madrid 1944, 46).
Una sola vez aparece en el relato el nombre de uno de los responsables de las supuestas atrocidades. En los otros casos el «tirano» (es decir, «el español») queda como cubierto por una penumbra imposible de descubrir. Todo es más y lo mismo: las fechas, las cantidades, los nombres, los lugares; todo es confuso y sin precisión. No se priva de ninguna opinión: hasta de la conquista del Río de la Plata, en donde dice, desconociendo los pormenores y no habiendo estado jamás allí, que en estas tierras australes se habían «ejecutado las mismas obras que en todas partes…» (Ídem.).
En su Historia de las Indias manifiesta que vio, «con sus propios ojos», más de 30.000 ríos en la isla Española, que nunca nadie los ha vuelto a ver. En su tristemente famosa Brevísima… inventa el «genocidio» indígena. Primero son 12.000.000 de muertos, luego eleva la cifra a 15.000.000 y termina redondeándola en 24.000.000. Pero aun conformándonos con los 15.000.000 —nota el estudioso Levillier— los españoles deberían haber matado 375.000 indios por año, es decir bastante más de 1.000 diarios y sin descansar ni un día en los años bisiestos… Todas estas cifras son imposibles, aun después de haberse inventado las cámaras de gas y demás prácticas del genocidio moderno. Sin embargo, las leyendas de Fray Bartolomé darán lugar a que hasta el día de hoy varios propagandistas de la Leyenda Negra sigan afirmando que la demografía americana se desplomó ante la llegada de los españoles.
Hoy por hoy ha pasado mucha agua bajo el puente y de los estudios realizados, se sabe claramente que la población nativa cayó a raíz de diversos motivos, uno de los cuales fueron las enfermedades contraídas a partir de su contacto con los europeos, ante las cuales carecían de anticuerpos, como señala Díaz Araujo en un reciente trabajo: «Los principales problemas demográficos no fueron causados por la vesania de los encomenderos o la brutalidad de los conquistadores, sino que fueron de carácter patológico, bacteriológico e inmunológico».
Pero él no solo infla los números y da falsos diagnósticos. ¡Más aun! Muchas veces mutila y cambia los textos de documentos públicos conocidos, como la Bula de Alejandro VI, en la que se donan las tierras del Nuevo Mundo a la Corona de Castilla. Aquí Las Casas, al traducir el texto de la bula lo adultera con adiciones arbitrarias, pero además también con muy importantes supresiones. Atento a ello, el historiador germano Schaëfer opinaba que Fray Bartolomé no era precisamente un testigo fidedigno, ni siquiera de las cosas que pretende haber presenciado personalmente.
Algunos biógrafos, para disculparlo, alegan su sangre andaluza, tan proclive a las exageraciones, pero aclara Menéndez Pidal de ser así, se trataría de «una andaluzada en grado patológico» pues todo en sus obras lo lleva a multiplicar por cien, por mil y hasta por un millón.
Y hay más: Las Casas, que había sentado como tesis principal que todo dinero proveniente de Indias era un robo a los indios y que aceptar dinero robado obliga en conciencia a «reparar in solidum», no vaciló cuando debió ser remunerado con ese «dinero sucio». En efecto, en 1516 recibió 100 pesos oro anuales como procurador de indios; como obispo, en 1524, 500.000 maravedíes anuales; en 1551, cuando renunció al obispado, se le fijó una pensión de 300.000 maravedíes, renta que en 1563 se le aumentó a 350.000 maravedíes… ¡nunca discutió por el origen de esa paga!
Ejemplo de tales desatinos es la descripción de la destrucción de la ciudad de Guatemala en 1541, producida por el rompimiento eruptivo del lago volcánico que la dominaba, y que Las Casas atribuye a la acción de «tres diluvios». Fue por esto que Lewis Hanke, ferviente lascasiano debió admitir que «la historia de la exageración humana tiene pocos ejemplos más interesantes que la Apologética de la Historia» (Lewis Hanke, La lucha por la justicia en la conquista de América, Editorial Suramericana, Buenos Aires 1949, 338).
Menéndez Pidal señala la incoherencia: «Las Casas se contradecía. Vive del dinero robado, para predicar que no se robase… estos contrasentidos indican que ese ultrarigorismo estaba en pugna con la realidad como parte de una mente anómala que los sicólogos habrán de estudiar» (Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas. Su doble personalidad, 336-337).
Ni se distinguió por su acción caritativa, como decía su impugnador, el padre Motolinía (Fray Toribio de Benavente), en carta a Carlos V: «Ni aprendió la lengua de los indios, ni se aplicó ni se humilló a enseñarles […]
Como señala Díaz Araujo, no era la caridad sino la publicidad la meta que lo desvelaba. Y esto, hay que convenir que lo obtuvo ampliamente. Primero los flamencos en 1579, y luego los hugonotes ginebrinos, los italianos, los catalanes separatistas, los franceses, los norteamericanos cuando la guerra de Cuba, los nazis alemanes para perseguir al cristianismo y los stalinistas rusos y socialistas mexicanos, han reeditado una y mil veces sus hispanófobas obras. «Este es el hecho capital en la exaltación póstuma de Las Casas», afirma Menéndez Pidal. «Cuando en España el Obispo tras su larga vejez de ineficacia, había caído en un respetuoso olvido, en el extranjero los bucaneros y los filibusteros que ambicionaban las riquezas de América, los holandeses que luchaban por su independencia, y todos los combatientes frente a la contrarreforma católica, levantaron sobre sus hombros al “Reverendo Obispo Don Fray Bartolomé de Las Casas o Casaus” y le dieron una internacional fama de difamación que no tiene otra igual en la historia. La ansiosa apetencia de publicidad que aquejaba al Obispo-fraile podía estar satisfecha» (Ramón Menéndez Pidal, op. cit., 323).
El juicio sobre las realidades temporales nunca puede ser verdadero si un paisaje se pinta solo en blanco y negro. La vida (y la historia) tiene muchos matices; ignorarlos es un crimen contra la verdad.
(Las palabras en negrita son obra del autor de este escrito).