Colaboraciones

 

Lo que la revelación nos enseña acerca de lo que es el hombre

 

 

 

27 enero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Lo vamos a hacer con la ayuda del Catecismo de la Iglesia católica. Trataremos de resumirlo en los siguientes puntos:

El hombre ha sido creado a imagen y semejanza del Creador. «En Cristo, redentor y salvador, la imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios» (1701). Es precisamente Cristo quien «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación». En consecuencia, «la persona humana es la ‘única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma’ (Gaudium et spes, Gs, 24). Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna» (1703). En estos densos textos se nos transmiten verdades tan importantes como que el concebido es persona humana con un destino eterno desde su concepción y que está llamada por el amor infinito de Dios a una vida eterna de comunión con Él. Y esto también en la dimensión corporal del hombre: lo que haga o se haga en su cuerpo se hace en o con la persona misma, que es una ‘totalidad unificada’, corporal y espiritual.

La persona está llamada a realizar su vocación, no en solitario, sino en comunión con otras personas, es decir, el hombre es por naturaleza un ser social. La imagen de Dios en el hombre «resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unión de las personas divinas entre sí» (1702).

La persona humana está dotada de un alma espiritual y mediante su entendimiento y voluntad es capaz de conocer la verdad y de amar el bien. «Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero» (1704). Puede conocer la ley natural —incluida en lo que la revelación nos enseña acerca de lo que es el hombre el orden de las cosas establecido por el Creador’— y amar el bien conocido. Esto no sólo en abstracto sino también cuando se refiere a su propio bien conocido por el juicio de conciencia: en esto reside la libertad. «Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa ‘a hacer el bien y a evitar el mal’ (Gs 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana» (1706).

Toda esta maravilla que es el hombre estuvo a punto de perderse por el pecado. En efecto, «‘El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia’ (Gs 13). […]Ha quedado inclinado al mal y sujeto al error» (1707). De este hecho se derivan importantes consecuencias para la vida social, para la educación y la vida política, como señala el mismo Catecismo: «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres» (407), entre otros el peligro de olvidar que la vida del hombre es un combate (cfr. 409).

Por último, el hombre no ha sido abandonado en su desgracia, sino que, por los méritos de Cristo, «la imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios» (1701). De este modo, el hombre «es hecho hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo» (1709). Esta realidad no puede olvidarse nunca, sobre todo cuando nos enfrentamos con problemas éticos que pueden parecer imposibles de resolver rectamente. Las dificultades pueden ser grandes, pero nunca imposibles de resolver. En su carta encíclica Veritatis splendor, Juan Pablo II se plantea esta cuestión: «Sería un error gravísimo concluir… que la norma enseñada por la Iglesia es en sí misma un ‘ideal’ que ha de ser luego adaptado, proporcionado, graduado a las —se dice— posibilidades concretas del hombre: según un ‘equilibrio de los varios bienes en cuestión’. Pero, ¿cuáles son las ‘posibilidades concretas del hombre’? ¿Y de qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia, o del redimido por Cristo? Porque se trata de esto: de la realidad de la redención de Cristo. ¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que Él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia».

Las consecuencias de esta antropología en el dominio de la bioética son claras y han sido explicitadas en diversos documentos del Magisterio, que han abordado los grandes problemas éticos con los que se enfrenta la vida humana: aborto, procreación, investigación clínica y eutanasia. Los documentos principales que abordan esta temática, con posterioridad al Concilio Vaticano II, son los siguientes:

- Congregación para la Doctrina de la Fe: Declaración sobre el aborto provocado, 18 de noviembre de 1974.

- Congregación para la Doctrina de la Fe: Declaración sobre la Eutanasia, 5 de mayo de 1980.

- Congregación para la Doctrina de la Fe: Instrucción Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, 22 de febrero de 1987.

- Juan Pablo II, encíclica Evangelium vitae, sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana, 25 de marzo de 1995.

Todos ellos se apoyan en criterios morales inmediatamente derivados de la antropología revelada. Así, por ejemplo, la instrucción Donum vitae, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, afirma explícitamente al comienzo del documento que los criterios sobre los que se va a apoyar «son el respeto, la defensa y la promoción del hombre, su ‘derecho primario y fundamental’ a la vida y su dignidad de persona, dotada de alma espiritual, de responsabilidad moral y llamada a la comunión beatífica con Dios». Si se añade que la vida humana empieza en la concepción y que el cuerpo es parte de la persona, tenemos ya los elementos fundamentales que componen la antropología revelada.