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Política, políticos, partidos políticos, participar en política
20 febrero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
La política es el arte de lo posible, la búsqueda de una vida mejor para todos, la coordinación de esfuerzos en la construcción del bien común. Muchos ciudadanos no se interesan en ella e incluso les provoca rechazo porque en el último período ha mostrado solo uno de sus aspectos: escándalos, corrupción, enfrentamientos, descalificaciones mutuas… y sin embargo la política es un medio indispensable para construir el bien común.
La Gaudium et spes, 75, dice que «hay que prestar gran atención a la educación cívica y política… Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer ese arte tan difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella y procuren ejercitarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal». Sin embargo, muchos cristianos y hombres de buena voluntad no quieren asumir estas responsabilidades y dejan la política en manos de los «profesionales». Konrad Adenauer dijo que «la política es demasiado importante como para dejársela a los políticos».
Los partidos políticos y su trabajo deben servir para escuchar las demandas de los ciudadanos, para recoger y organizar los proyectos y propuestas que se elaboran en la sociedad civil y sintetizarlas en un programa político para colocarlas en relación con las diversas instituciones que conforman el Estado. Los partidos deben tener en su interior una estructura democrática, ser lugar de elaboración política y de construcción de proyectos, lugar de debates y de confrontación de ideas y de programas, tener contacto con las personas y las diversas instancias de la sociedad civil para no encerrarse en sí mismos. De esta manera, además de formar ciudadanos en y para la participación política y en las virtudes cívicas, serán medios capaces de formar...
Los políticos tienen muy mala prensa porque, en muchas ocasiones, se tiene la percepción de que lo que menos les interesa es ese bienestar de los ciudadanos y, por el contrario, solo parecen preocupados por su triunfo personal o por el fracaso del adversario. Y todo eso ocurre porque se ignora la frontera entre ambición y conciencia. Frontera que está, precisamente, en la fidelidad a la propia conciencia que debe seguirse, en cualquier caso, aún a costa de las propias y legítimas ambiciones.
Pocos pensadores católicos salen a la palestra a defender los valores y principios cristianos en circunstancias tan trascendentales como son las elecciones para un nuevo Parlamento. El caso es que hay gente muy bien pensante, incluso en los mismos partidos políticos. Pero pensamos que hay mucho respeto humano, demasiada prudencia, excesiva discreción. Se habla de todo, incluso en contra de la Iglesia católica, no por cierto contra otras confesiones religiosas. ¿Por qué será? Seguramente porque aún quedan prendidos de las alas de la inteligencia emocional de muchos el trasnochado anticlericalismo heredado de épocas históricas trasnochadas que no les deja volar. O tal vez sea porque es precisamente la Iglesia católica la que dice más claramente las verdades que a muchos no les interesa oír. Y los partidos políticos, en su inmensa mayoría, eluden el tema, o directamente lo denigran.
El Papa Francisco, en su tradicional encuentro de un principio de año con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, dijo: «Es oportuno que los políticos escuchen la voz de sus pueblos y busquen soluciones concretas para favorecer el bien mayor. Esto exige, sin embargo, el respeto del derecho y de la justicia, porque soluciones relativas, emotivas y apresuradas, puede que consigan acrecentar un consenso efímero, pero no contribuirán nunca a la solución de los problemas más profundos; al contrario, los aumentarán».
La buena política está al servicio de la paz, porque hay una íntima relación entre la buena política y la pacífica convivencia entre pueblos y naciones. La paz no es nunca un bien parcial, sino que abraza a todo el género humano. Un aspecto esencial, por tanto, de la buena política es perseguir el bien común de todos, en cuanto bien de todos los hombres y de todo el hombre.
A la política se le pide tener altura de miras y no limitarse a buscar soluciones de poco calado. El buen político no debe ocupar espacios, sino debe poner en marcha procesos; está llamado a hacer prevalecer la unidad sobre el conflicto, que tiene como base la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante. Esta se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad multiforme que engendra nueva vida.
En vez de solo criticar al gobierno de turno, de solo lamentar e inventar «memes» en las redes sociales, que solo son un desahogo, cada quien analicemos qué podemos hacer por mejorar algo de nuestro país, empezando por nuestra propia familia, barrio, pueblo, parroquia.
El Papa Francisco nos recuerda lo que siempre nos ha dicho la Iglesia: como católicos, debemos participar en la política. A primera vista parece muy difícil y por diversas razones. Pero la verdad es que hay muchas formas de participar en la política, es decir en las actividades ciudadanas de la sociedad, para el bien común.
En los partidos hay muchos tipos de personas, los que son realmente ciudadanos que buscan en su organización el bien común, la defensa de los derechos humanos y más, hasta los que simplemente los utilizan para beneficio personal.
Como miembros de un partido político, se pueden realizar muchas tareas a favor de la sociedad, y no solamente para hacer campañas electorales. Educación a la ciudadanía, labores comunitarias, participar en planes y programas y más.
Pero el trabajo a favor del bien común también se puede hacer como simple simpatizante de algún partido, sin ser su militante. Promoverlo, apoyarlo y votar por sus candidatos.
Y aquí hay un punto crítico: la principal participación política del ciudadano es votar. Votar en elecciones y en alguna otra forma de participación ciudadana prevista por la ley, como son la consulta ciudadana, el referendo y el plebiscito.
También se puede participar en política (fuera de las organizaciones políticas electorales) en actividades que ayuden a las autoridades a hacer un mejor papel, a sugerir, a proponer y hasta a exigir se haga lo mejor posible.
Y mucho de esto se puede hacer desde la llamada «sociedad civil organizada». En ella se puede participar sin meterse en política partidista o electorera. Toda actividad de la llamada «cívica» en favor de la sociedad, es un acto político.
Las organizaciones vecinales son excelentes formas de participar en política, en un reducido entorno, pero que funcionando bien ayudan al bien común. Colaboran a resolver problemas, auxilian a las autoridades (o las presionan), y en caso de desastres naturales, pueden ser un buen instrumento de ayuda a los necesitados.
Una forma de participar en política es la educación. Enseñar a la familia, a la sociedad, sobre todo a niños y jóvenes, la importancia de ser buen ciudadano, de respetar el Estado de Derecho, de luchar por la Justicia, de influir en los gobernantes para que hagan bien su trabajo, y de cumplir todas las obligaciones ciudadanas, sean por ley o por lo que se conoce como «deber cívico».
En fin, siempre hay manera, a nuestro alcance de relaciones personales, carácter, conocimiento y tiempo disponible. Participar en política no es difícil si contemplamos todo el abanico de posibilidades, y no conceptuamos la política como la sola militancia activa en un partido político o en una posición de gobierno.
La mayoría de la acción política, se puede y deber hacerse como ciudadano, de forma organizada o personalmente. La insistencia de la Iglesia de que el cristiano participe en política, vista así, no es ya tan difícil, hay mucho qué y mucho dónde.