Colaboraciones
Iglesia y democracia
28 febrero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
La Iglesia por su parte se ha manifestado en infinidad de ocasiones favorable a la democracia, en cuanto que favorece la separación de poderes, garantiza una convivencia pacífica y posibilita la participación ciudadana; pero ojo también nos advierte que es susceptible de perversión y que existen democracias que no pueden ser asumidas desde la perspectiva cristiana. Una democracia que se cree fin en sí misma, que pospone la defensa de la dignidad de la persona, que legitima el pluralismo en clave de relativismo moral, una democracia para la que no hay verdades absolutas sino sólo opiniones, que no admite la existencia de principios absolutos innegociables que están por encima de la voluntad popular, no es una buena democracia.
«Después de la caída, en muchos países, de las ideologías que condicionaban la política a una concepción totalitaria del mundo —la primera entre ellas el marxismo—, existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana y a la absorción en la política de la misma inquietud religiosa que habita en el corazón de todo ser humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad. En efecto, “si no existe una verdad última —que guíe y oriente la acción política—, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”» (Juan Pablo II, carta encíclica Veritatis splendor, 6-VIII-1993).
Para monseñor Antonio Cañizares (lección de clausura del curso académico de la Universidad de Mayores José Saramago): «La Iglesia apuesta por la democracia sencillamente porque está completamente a favor de lo que esta sociedad democrática comporta. La Iglesia reconoce y estima el modo democrático de organización de la sociedad según el principio de la división de poderes que configura el estado de derecho». «La Iglesia —recalca— es consciente de que la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, solo se hace posible en la medida en que se funda en una recta concepción de la persona». «La dignidad de la persona humana y su reconocimiento pleno es piedra angular del Estado y de todo ordenamiento jurídico. Afecta por ello a los fundamentos mismos de la comunidad política que necesita de una ética fundante», explica.
Don Antonio Cañizares afirma que «no podemos negar la evidencia de que existe actualmente la tentación de fundar la democracia en un relativismo ético que pretende rechazar toda certeza sobre el sentido de la vida, la dignidad del hombre y sus derechos y deberes fundamentales; cuando semejante mentalidad toma cuerpo, tarde o temprano, se produce una crisis moral de las democracias».
Según Cañizares, «el relativismo impide poner en práctica el discernimiento necesario entre las diferentes exigencias que se manifiestan en el entramado de la sociedad, entre el bien y el mal. La vida de la sociedad se basa en decisiones que suponen una firme convicción ética; cuando ya no se tiene confianza en el valor mismo de la persona humana se pierde de vista lo que constituye la nobleza de la democracia, esta cede ante las diversas formas de corrupción y manipulación de sus instituciones».
Don Antonio Cañizares insiste que «solo así la democracia volverá a encontrar su sustrato moral. La democracia no puede convertirse en un sustitutivo o sucedáneo de la moralidad o no ser que la prostituyamos en su entraña más propia».
Sin duda la Iglesia reclama que la democracia se asiente en unos fundamentos y valores insoslayables, que están por encima de la voluntad de los hombres; pero, ¿qué sucede cuando esto no es así? Difícil situación para aquellos ciudadanos que piensan todavía que la verdad y el bien existen. ¿Qué se puede hacer frente a un Estado supeditado a las opiniones humanas que varían según los tiempos y circunstancias, según las latitudes e intereses colectivos o personales? Porque una cosa está clara, las cosas no dejan de ser lo que son, aunque la mayoría opine lo contrario. Como bien decía Erich Fromm: «El hecho de que miles de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes, el hecho de que compartan muchos errores no convierte estos en verdades».